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Escuchá, mirá: Así luchaba Roca contra el barro, antes de la defensa aluvional

Hoy se cumplen 49 años de la inauguración de la obra en Roca que trajo algo de tranquilidad a los vecinos de la ciudad. Hasta ese momento, cada vez que llovía la angustia y el miedo crecían junto con el agua, que incluso se cobró vidas.





“¡Llévelo nomás al pueblo a donde usted quiere. Las avenidas de las bardas se lo van a arrasar!”, dijo el padre Alejandro Stefenelli. La frase fue rescatada en su biografía y perteneció a una discusión que el referente religioso mantuvo con el coronel Jorge Rodhe. Por aquel entonces, en la incipiente comunidad roquense se levantaba el debate sobre dónde reedificar el pueblo que sucumbió ante la histórica inundación de 1899.

La polémica se resolvió contra los deseos del sacerdote, y el nuevo asentamiento, con sus mil habitantes, se alejó del río Negro. Lo corrieron unos 8 kilómetros, “hacia la falda de la barranca que limita el valle” (Informe Tello 1901).

En cinco meses ya habían levantado 130 nuevas construcciones de material cocido o zinc, pero como si todo formara parte de un destino inevitable, la nueva localización sólo trajo más daños y hasta muertes.

Es que la comuna de Roca volvió a apostar, pero en medio del torrente donde desembocaban las aguas que bajaban de la barda, cuando llovía con fuerza. Y el desastre no tardó en volver a pasar por las calles, sin pedir permiso.

Desde aquella crecida a fines del siglo XIX hasta que se habilitó la defensa aluvional, pasaron 70 años. Desde 1915 a esa misma fecha, hubo 23 incidentes.

Por eso fue una fiesta aquel día inaugural de 1969 y nadie se lo quiso perder. “Frescas están aún las tremendas consecuencias de la avalancha de 1966, que destruyó viviendas, segó vidas y sembró desolación en nuestro pueblo”, dijo Ángel Barda, el poblador elegido para hablar en nombre de los vecinos durante el acto.

En vehículos, bicicletas y a pie, a pesar del calor de la tarde, las familias caminaron los cinco kilómetros que los separaban de la obra, para ver el corte de cintas.

¡Se viene el aluvión!

El barro que bajaba por las calles Maipú, Don Bosco y Santa Cruz se llevaba todo.

Hasta ese esperado día, trabajadores rurales y comerciantes, amas de casa y funcionarios, todos miraban de reojo al cielo cuando las nubes empezaban a agruparse. Febrero y marzo se consideraban “el período crítico”.

Que no lloviera en la zona urbana no era garantía de nada, al contrario, era peor. Porque si la cortina de agua caía sobre las bardas, el barro los podía rodear en menos de dos horas.

Una sirena y todos “paraban la oreja”. Dos, cuatro, cinco, y empezaban las corridas. El cuartel de bomberos anunciaba que se venía el aluvión. La prioridad era salir del trabajo, retirar a los niños de la escuela, volver del mercado y llegar al hogar.

Veloces, los brazos trabajan a la par para tapar las puertas con bolsas de arena, abrir con una pala canaletas en las calles de tierra, para que el vaivén del agua no entrara al patio.

Había que acopiar alimentos y velas, bajar las persianas de las despensas y las tiendas para evitar que el barro que bajaba por las calles Maipú, Don Bosco y Santa Cruz se llevara todo o embadurnara muebles y personas hasta la rodilla.

La tragedia obligó a actuar

1966 fue el año donde las consecuencias llegaron demasiado lejos. El martes 29 de marzo de ese año se cumplió el peor de los pronósticos, y el lodo impetuoso, sorpresivo, insolente, se llevó la vida de varios vecinos. Muchos de los que sobrevivieron terminaron en sus casas con barro hasta en los dormitorios y debieron ser evacuados.

Instituciones como el club Argentinos del Norte, el colegio María Auxiliadora, la Escuela 133, Italia Unida, la iglesia Evangelista Bautista, el Club del Progreso, el colegio Domingo Savio, el Tiro Federal, la Sociedad Española, sirvieron de albergue. Muchas fueron las muestras de solidaridad y la asistencia estatal para ayudar a los afectados.

Así y todo, con la ciudad paralizada y la organización de la Fiesta de la Manzana suspendida, los vecinos tuvieron que organizarse en reuniones diarias para que el desastre no se volviera a repetir.

Tras varias postergaciones los trabajos comenzaron en 1967.

Soñar con la defensa

Proyectos e iniciativas se habían ideado en esos años de preocupación, previos al trágico 1966, pero ninguno había visto la luz. Ahora el empuje era distinto. Sin embargo, la naturaleza que no entiende de gestiones, volvió a golpear. En tan solo 12 días el lodo volvió a bajar por las bardas hacia el centro. Esta vez, los daños fueron un golpe bajo para la empresa Agua y Energía, cuando parte del puente de calle Maipú cayó sobre el canal de riego, con pérdidas millonarias.

Para mayo, con la solución elegida por los vecinos y la maqueta sobre la mesa, las gestiones tomaban consistencia. Pero el golpe militar de Onganía destituyó la presidencia de Arturo Illia y el cimbronazo fue decantando hacia el interior del país, como lo hacían las aguas que llegaban a Roca, desde el norte.

Frustrados por las trabas, los integrantes de la comisión vecinal, con Leocadio Sánchez a la cabeza, decidieron ya no insistir con los trámites para la defensa aluvional.

La incertidumbre los acompañó hasta que el comisionado de facto, Próspero Saint Martin, confirmó que la empresa Carlos A. Bacigalupo SA, de Capital Federal, empezaría las tareas. Era la misma que construía por entonces el Puente Paso Córdoba.

Si no se hizo antes, aseguró, “fue porque era costosa y no se contaba con recursos suficientes, ni siquiera para intentar su iniciación”.

No hizo falta esperar demasiado para ponerla a prueba, con el aluvión de abril de 1969. Aunque se inundaron igualmente las calles Maipú, Don Bosco y 9 de Julio, no hubo daños graves como en los episodios anteriores.

Así era la fuerza del aluvión

El barro que circuló el 30 de marzo de 1966 arrastró aproximadamente 2000 metros una máquina cargadora de arena de dos toneladas, propiedad de la Arenera Alto Valle.

La dejó completamente destrozada en las proximidades del puente de calle Maipú, indicaba la edición de “Río Negro”.

La usina ubicada a la vera del canal, sobre calle Belgrano, también sintió los daños. El torrente elevó el caudal habitual de 25 metros cúbicos por segundo a 80, dejando depositado 1,70 metros de tierra y arena en la estructura.

Con ese panorama, la sala de máquinas quedó momentáneamente inhabilitada. Tardaron 15 días en limpiarla.

El terraplén en datos

Comenzó la obra el 17 de enero de 1967 y terminó el 31 de enero de 1969.

Ubicada a 5 kilómetros al noroeste de la ciudad, se trata de un terraplén de 18 metros de altura, de planta circular con casi 766 metros de radio, que provocaba un embalse con el agua que descendía, para luego derivarla por dos tomas de hormigón, hacia un zanjón natural.

– Tuvo un presupuesto inicial de 247.090.000 pesos, pero terminó costando 365.000.000, por obras adicionales no previstas.

La otra empresa que se había presentado a la licitación era José Cartellone Construcciones Civiles AS, la misma que estaba construyendo la central térmica en Neuquén.

Demandó un plazo de 18 meses, ampliado a 24.

Trabajaron, en promedio, unos 50 obreros locales.

La muralla norte está protegida por miles de toneladas de piedra colocadas en “rip-rap”.

Sobre el terraplén habilitaron una calzada estabilizada de 10 metros de ancho para el paso de vehículos, bordeada por 600 pilares de hormigón.

Excepto el hierro y el cemento, se usaron materiales existentes en la zona.


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