Espejo
Columna semanal
EL DISPARADOR
Atardecer de un miércoles. La avenida Álvarez Thomas está colapsada. Un taxi pasa pegado a mi espejo retrovisor. Por enésima vez en el día, casi me chocan. Me irrito, con el taxista y, cinco segundos después, conmigo por enojarme. Insulto al aire, con la ventanilla cerrada. El taxi continúa su marcha. Mi mujer contempla la situación en silencio. Nuestro auto se carga de mala energía.
“No te enojes”, me dice ella. Pero no puedo evitarlo. Hay algo de mí que se está llevando ese taxista. Es un energúmeno. Nos podría haber llevado puestos.
-Ni vos ni yo estamos en ese taxi. Es más, va solo.
-Es un descerebrado, mirá lo que hace.
Mi mujer frunce el ceño. Sé que se pone mal. Está contrariada.
-Qué pesado que sos.
Ahora el taxista le cruza el auto a una camioneta negra. No conforme con eso, baja la ventanilla y empieza a gritarle a la conductora. Abre grande la boca, gesticula. “Mirá, es un demente”, insisto.
Quedo atrapado detrás de la discusión. Miro por los espejos retrovisores y vienen manadas de autos por todos lados. Toco bocina, golpeo el volante con las palmas de las manos. Bajo la ventanilla, pero no digo nada, a ver si todavía la ligo de rebote.
La camioneta queda estacionada delante mío, no me deja pasar. Se baja una mina, a los gritos. Tiene unos 40 años. No sé si me estará gritando a mí, pero no recuerdo haber hecho nada para provocar esa ira. Encara al taxista, lo insulta.
Se insultan. Manifiestan el lenguaje universal de la ofensa. “Pe-lo-tu-do”, dice ella. “Histérica”, responde él. “Sos poco hombre”.
Ella está a quince centímetros de la cara del taxista. Él es un tipo grandote, casi toca el techo del auto con su cabeza. No se baja. Nosotros seguimos clavados detrás de la camioneta, con las balizas activadas. Toco un poquito de bocina. Veo que los autos que vienen detrás mío casi que me acarician la nuca. Hago sonar un poquito más la bocina, pero sin hacer mucho quilombo. No quiero que la mina se me venga encima.
Empiezo a maniobrar para esquivar la camioneta y salir de una vez. Avanzo unos centímetros. Creo que ya se diluyó la situación y que no me pierdo nada más.
Avanzo lento. La mina está por entrar a su camioneta. El taxista lanza un grito: “¡¿Pero por qué no te vas a hacer romper el orto?!”. Ella vuelve sobre sus pasos. Primero vocifera algo que no entiendo y después es muy clara: “La puta que te parió, ¿¡vos te pensás que me vas a gritar delante de mi hija?!”. Miro la camioneta y veo que en el asiento trasero hay una sillita con un bebé.
Me alejo, dejo la situación. Quedo alterado. No puedo dejar de pensar en la mujer, su hija sola, el taxista, los gritos. La violencia. ¿Por qué se puede estar tan enfurecido? Por el espejo veo que ella va hasta la ventanilla del taxista. Le tira un manotazo. Me parece que dio en su blanco. Yo sigo, apurado por la bocina de un auto que aparece detrás. También me gritan algo. Así que avanzo. Me sumo a la marea de autos. El taxista y la mujer se van alejando. Dejo de mirar por el espejo retrovisor. Todavía aturdido, presto atención al camino y acelero.
Juan Ignacio Pereyra
EL DISPARADOR
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora