Esperanzas brasileñas

Redacción

Por Redacción

Toda vez que surge una nueva potencia cuyos dirigentes insisten en que sus aspiraciones no se limitan a su propia región, los líderes de las ya establecidas tienen que preguntarse si estará dispuesta a fortalecer el statu quo internacional existente o si querrá modificarlo. En la fase final de su gestión, el entonces presidente brasileño Luiz Inácio “Lula” da Silva actuó como si se hubiera propuesto dinamitarlo al acercarse ostentosamente al régimen teocrático de Irán, pero parecería que su sucesora, Dilma Rousseff, no tiene la intención de emularlo. Con todo, si bien Rousseff quiere que la relación de Brasil con Estados Unidos sea más constructiva que conflictiva y se manifiesta más preocupada de lo que estaba Lula por el desprecio del régimen iraní por los derechos básicos de sus compatriotas, en el transcurso de la visita breve del mandatario norteamericano Barack Obama a su país se hizo evidente que los roces continuarán. Para decepción de su anfitriona, Obama se abstuvo de respaldar con la firmeza esperada la pretensión brasileña de conseguir un lugar permanente, con derecho a veto, en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Desde el punto de vista de los brasileños, se trataría de la oficialización, por decirlo así, de la incorporación de su país a la elite mundial. Aunque la actitud de Obama no se habrá debido a la decisión brasileña de abstenerse cuando se votó a favor de medidas militares destinadas a impedir que el dictador libio Muammar Gaddafi siguiera atacando a la población civil de su país, la postura que fue asumida hace un par de días por la “potencia emergente” sirvió para confirmar las sospechas norteamericanas de que, en el caso de integrarse al Consejo, Brasil procuraría diferenciarse de los miembros netamente occidentales que, si bien a veces discrepan con Estados Unidos, últimamente han compartido la misma posición frente a temas de importancia estratégica. Asimismo, los responsables de la política exterior de la superpotencia son conscientes de que la eventual inclusión del Brasil en la elite mundial no caería del todo bien en el resto de América Latina donde muchos gobiernos, entre ellos el nuestro, son reacios a resignarse a lo que para muchos sería la formalización de la hegemonía regional brasileña. Por sus dimensiones geográficas y demográficas, Brasil es por un margen significante el país más poderoso de América del Sur y, siempre y cuando la Argentina no logre sorprender a los escépticos protagonizando un auténtico “milagro” socioeconómico, seguirá siéndolo, pero en el escenario internacional le sería difícil competir con otros “emergentes” tan gigantescos como China y la India cuyas poblaciones son seis veces mayores. Es comprensible, pues, que Obama haya apoyado con más entusiasmo la voluntad de la India de contar con una silla propia como miembro permanente del Consejo de Seguridad por tratarse de un país que en los años próximos podría tener aún más habitantes que China y que parece haber emprendido un proceso de crecimiento equiparable con el de su gran vecino, pero también lo es que haya tenido sus dudas acerca de las ambiciones similares de Brasil. En cuanto a las aspiraciones de otros países, como el Japón y Alemania, que se basan en su importancia económica, los norteamericanos parecen entender que es reducida la posibilidad de que las concreten. Sucede que, de reformarse radicalmente el Consejo de Seguridad, una institución que se creó después de la Segunda Guerra Mundial pero que a pesar de todo todavía cuenta con cierto prestigio, lo lógico sería que lo integraran representantes de las regiones principales, pero puesto que, por razones lógicas, los británicos y franceses están resueltos a aferrarse a un esquema que a su manera refleja la presunta realidad geopolítica de 1945, mientras que en Estados Unidos escasean los atraídos por la idea de que en ocasiones Washington debiera subordinarse a los dictados de una “comunidad internacional” en que dictaduras como China o países tan corruptos como Rusia ocuparían posiciones de privilegio, sorprendería que se consolidara pronto un consenso sobre una reforma destinada a hacer del Consejo de Seguridad de la ONU un organismo más representativo del mundo actual tal y como efectivamente es.


Toda vez que surge una nueva potencia cuyos dirigentes insisten en que sus aspiraciones no se limitan a su propia región, los líderes de las ya establecidas tienen que preguntarse si estará dispuesta a fortalecer el statu quo internacional existente o si querrá modificarlo. En la fase final de su gestión, el entonces presidente brasileño Luiz Inácio “Lula” da Silva actuó como si se hubiera propuesto dinamitarlo al acercarse ostentosamente al régimen teocrático de Irán, pero parecería que su sucesora, Dilma Rousseff, no tiene la intención de emularlo. Con todo, si bien Rousseff quiere que la relación de Brasil con Estados Unidos sea más constructiva que conflictiva y se manifiesta más preocupada de lo que estaba Lula por el desprecio del régimen iraní por los derechos básicos de sus compatriotas, en el transcurso de la visita breve del mandatario norteamericano Barack Obama a su país se hizo evidente que los roces continuarán. Para decepción de su anfitriona, Obama se abstuvo de respaldar con la firmeza esperada la pretensión brasileña de conseguir un lugar permanente, con derecho a veto, en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Desde el punto de vista de los brasileños, se trataría de la oficialización, por decirlo así, de la incorporación de su país a la elite mundial. Aunque la actitud de Obama no se habrá debido a la decisión brasileña de abstenerse cuando se votó a favor de medidas militares destinadas a impedir que el dictador libio Muammar Gaddafi siguiera atacando a la población civil de su país, la postura que fue asumida hace un par de días por la “potencia emergente” sirvió para confirmar las sospechas norteamericanas de que, en el caso de integrarse al Consejo, Brasil procuraría diferenciarse de los miembros netamente occidentales que, si bien a veces discrepan con Estados Unidos, últimamente han compartido la misma posición frente a temas de importancia estratégica. Asimismo, los responsables de la política exterior de la superpotencia son conscientes de que la eventual inclusión del Brasil en la elite mundial no caería del todo bien en el resto de América Latina donde muchos gobiernos, entre ellos el nuestro, son reacios a resignarse a lo que para muchos sería la formalización de la hegemonía regional brasileña. Por sus dimensiones geográficas y demográficas, Brasil es por un margen significante el país más poderoso de América del Sur y, siempre y cuando la Argentina no logre sorprender a los escépticos protagonizando un auténtico “milagro” socioeconómico, seguirá siéndolo, pero en el escenario internacional le sería difícil competir con otros “emergentes” tan gigantescos como China y la India cuyas poblaciones son seis veces mayores. Es comprensible, pues, que Obama haya apoyado con más entusiasmo la voluntad de la India de contar con una silla propia como miembro permanente del Consejo de Seguridad por tratarse de un país que en los años próximos podría tener aún más habitantes que China y que parece haber emprendido un proceso de crecimiento equiparable con el de su gran vecino, pero también lo es que haya tenido sus dudas acerca de las ambiciones similares de Brasil. En cuanto a las aspiraciones de otros países, como el Japón y Alemania, que se basan en su importancia económica, los norteamericanos parecen entender que es reducida la posibilidad de que las concreten. Sucede que, de reformarse radicalmente el Consejo de Seguridad, una institución que se creó después de la Segunda Guerra Mundial pero que a pesar de todo todavía cuenta con cierto prestigio, lo lógico sería que lo integraran representantes de las regiones principales, pero puesto que, por razones lógicas, los británicos y franceses están resueltos a aferrarse a un esquema que a su manera refleja la presunta realidad geopolítica de 1945, mientras que en Estados Unidos escasean los atraídos por la idea de que en ocasiones Washington debiera subordinarse a los dictados de una “comunidad internacional” en que dictaduras como China o países tan corruptos como Rusia ocuparían posiciones de privilegio, sorprendería que se consolidara pronto un consenso sobre una reforma destinada a hacer del Consejo de Seguridad de la ONU un organismo más representativo del mundo actual tal y como efectivamente es.

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