Esperanzas frustradas
Hace poco más de un año, el suicidio a lo bonzo de un joven tunecino harto de ser hostigado por la policía desató una revuelta no sólo en su propio país sino en todos los árabes con la única excepción de Irak. En Túnez y Egipto cayeron dictadores que se habían supuesto vitalicios y lo mismo sucedió en Libia luego de una guerra civil brutal en la que la aviación británica y francesa apoyaron a los rebeldes. En Siria, miles de personas ya han muerto al procurar el régimen poner fin a las protestas multitudinarias. Desde el primer día, la primavera árabe fue respaldada con entusiasmo por occidentales que la tomaron por evidencia de que lo que realmente quieren los pueblos del Gran Oriente Medio es vivir en democracia y que, para más señas, serían perfectamente capaces de liberarse por sí mismos sin necesitar la ayuda de Estados Unidos o la Unión Europea, lo que, entre otras cosas, serviría para desacreditar la postura de quienes algunos años antes habían reivindicado la invasión de Irak basados en el argumento de que no habría otra forma de derrocar a un dictador tan sanguinario como Saddam Hussein. Por desgracia, la esperanza de que el mundo árabe no tardaría en democratizarse parece cada vez más ingenua. En los países en que los rebeldes lograron desalojar al dictador local, los jóvenes relativamente bien instruidos y occidentalizados que protagonizaron las fases iniciales de la insurrección ya han sido marginados por islamistas, presuntamente moderados en el caso de Túnez pero, en el de Egipto, divididos entre la Hermandad Musulmana que prefiere avanzar con cierta cautela y los salafistas que, lo mismo que los talibanes de Afganistán y Pakistán, insisten en subordinar absolutamente todo a su propia interpretación de la ley islámica. Por ser Egipto un país de 83 millones de habitantes, de los que una proporción muy grande es analfabeta y sumamente pobre, el que en las elecciones recientes los islamistas, tanto los de la Hermandad Musulmana como los salafistas, hayan conseguido más del 60% de los votos hace pensar que es virtualmente nula la posibilidad de que se transforme pronto en una democracia cabal. Es lo que sienten los coptos cristianos que conforman aproximadamente el 10% –tal vez mucho más– de la población; saben que los islamistas repudian a la democracia por “blasfema” y que se oponen por principio a la tolerancia religiosa, razón por la que muchos ya han huido y otros quisieran acompañarlos antes de que sea demasiado tarde. No son los únicos que tienen motivos para temer ser víctimas de una marejada de persecución religiosa; en todos los países musulmanes las minorías religiosas, sean cristianas, judías, budistas, hindúes o de sectas islámicas consideradas heréticas por sus vecinos, están bajo ataque. He aquí una razón por la que la dictadura siria de Bashar al Assad está dispuesta a ir a cualquier extremo para aplastar la revuelta. El régimen, y por lo tanto la elite dominante, es alauita, miembros de una secta musulmana minoritaria incluso en Siria donde constituye apenas el 15% de la población. Si cae la dictadura, los alauitas, que por razones geopolíticas cuentan con el apoyo de los chiitas iraníes, serían con toda probabilidad blancos de la hostilidad despiadada de la mayoría sunnita, de suerte que es comprensible que sean reacios a abandonar el poder. Para los occidentales, horrorizados por la ferocidad indiscriminada del régimen, el dilema que se ha planteado es el mismo que enfrentan desde hace mucho tiempo. Por un lado, a pocos les gusta tratar a personajes brutales como Ben Ali, Mubarak, Gaddafi, Al Assad y tantos otros como si fueran integrantes respetables de la comunidad internacional; por el otro, les ha sido necesario reconocer que su eventual caída no significaría forzosamente su reemplazo por gobernantes más benignos. En Libia, optaron por una intervención militar mucho menos ambiciosa que la de Estados Unidos y el Reino Unido en Irak, pero aún no saben si los sucesores de Gaddafi resultarán ser tan “moderados” como previeron. En Siria y, de manera menos directa, en Egipto apuestan a que el poder de las exhortaciones bien intencionadas y presiones económicas sea suficiente como para producir cambios a su juicio positivos, pero ya se habrán dado cuenta de que en el Oriente Medio el llamado “poder blando” no sirve para mucho.