Este verde objeto del deseo
Antes de terminar los festejos por el rotundo triunfo electoral de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner el gobierno que encabeza se ve frente a una crisis de confianza que amenaza con cobrar proporciones peligrosas. Aunque acaba de recibir el apoyo de más de la mitad del electorado, de suerte que lo último que le falta es capital político, entre muchos la confirmación de su “hegemonía” sólo ha ocasionado más incertidumbre que está manifestándose de la manera tradicional con la compra de cantidades crecientes de dólares norteamericanos. Como tantos gobiernos anteriores, el de Cristina quiere que la gente compre menos, pero no puede sino entender que los intentos de obligarla a conformarse con pesos llenando de inspectores el distrito financiero de Buenos Aires y tomando medidas cada vez más drásticas para impresionar a quienes manejan montos multimillonarios resultarán contraproducentes. Lejos de apagar la fiebre del dólar, tales iniciativas sólo han servido para calentarla todavía más. Como resultado, en los días que siguieron a la reelección de la presidenta un tema que apenas figuró en la campaña ha comenzado a preocupar no sólo a los especialistas sino también a sectores significantes de la población. En la raíz del problema está la distorsión provocada por la negativa del gobierno a permitir que el valor del peso en los mercados cambiarios acompañe la tasa de inflación que, para todos salvo los que confían más en Guillermo Moreno que en lo que ven en los comercios, es de aproximadamente el 25% anual. Como consecuencia, muchos prevén que tarde o temprano el gobierno se verá constreñido a acelerar el ritmo de devaluación del peso a pesar de que sea reacio a hacerlo por temor a aumentar todavía más las presiones inflacionarias. Por desgracia, no se da ninguna solución fácil al dilema así planteado, de ahí la decisión oficial de recurrir a métodos policíacos, además de multiplicar las restricciones para las empresas más pudientes. Aunque la contraofensiva actual contra la dolarización cuenta con el apoyo de muchos opositores que comparten la hostilidad kirchnerista hacia la “patria financiera” –o sea, las finanzas–, la rica experiencia del país en la materia debería haberles enseñado a los encargados de la economía nacional que, si bien combatirla es políticamente popular, el mero hecho de que crean que es necesario hacerlo propenderá a socavar la confianza de la ciudadanía en las perspectivas futuras del modelo económico coyunturalmente vigente. Por lo demás, si las medidas que se han tomado resultan ser inadecuadas, tendrán que suplementarlas con otras aún más rigurosas. En la mayoría de los países, la vicisitudes de la moneda local y el atractivo de otras foráneas son de interés minoritario, ya que pocos están acostumbrados a defenderse de una eventual devaluación invirtiendo en divisas extranjeras. Aquí, en cambio, pueden llegar a obsesionar a todos, incluso a los virtualmente analfabetos, como ocurrió durante años antes de la puesta en marcha del plan de convertibilidad que por algunos años pareció garantizar la estabilidad al hacer del peso el equivalente del dólar. Aunque el colapso de aquel esquema dio lugar a un período sumamente agitado, hasta hace relativamente poco persistió la impresión de que el gobierno kirchnerista había ganado la batalla contra la dolarización, pero a juzgar por lo que está ocurriendo se trató de una ilusión. Para impedir que se repitan las convulsiones financieras que una y otra vez se han producido al agotarse el modelo voluntarista de turno, el gobierno de Cristina tendría que hacer un esfuerzo auténtico por frenar la inflación con medidas un tanto más promisorias que las que se han aplicado hasta ahora. Aunque casi todos los economistas, los ortodoxos al igual que los heterodoxos, insisten en que el riesgo de un estallido es mínimo, ni sus análisis tranquilizadores ni las declaraciones optimistas del gobierno han sido suficientes para convencer a quienes creen que el tan vapuleado dólar estadounidense es en última instancia más seguro que el peso. El escepticismo así manifestado dista de ser irracional, ya que tanto aquí como en el exterior es habitual que las grandes crisis financieras estallen sin que los presuntos expertos las hayan previsto.
Antes de terminar los festejos por el rotundo triunfo electoral de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner el gobierno que encabeza se ve frente a una crisis de confianza que amenaza con cobrar proporciones peligrosas. Aunque acaba de recibir el apoyo de más de la mitad del electorado, de suerte que lo último que le falta es capital político, entre muchos la confirmación de su “hegemonía” sólo ha ocasionado más incertidumbre que está manifestándose de la manera tradicional con la compra de cantidades crecientes de dólares norteamericanos. Como tantos gobiernos anteriores, el de Cristina quiere que la gente compre menos, pero no puede sino entender que los intentos de obligarla a conformarse con pesos llenando de inspectores el distrito financiero de Buenos Aires y tomando medidas cada vez más drásticas para impresionar a quienes manejan montos multimillonarios resultarán contraproducentes. Lejos de apagar la fiebre del dólar, tales iniciativas sólo han servido para calentarla todavía más. Como resultado, en los días que siguieron a la reelección de la presidenta un tema que apenas figuró en la campaña ha comenzado a preocupar no sólo a los especialistas sino también a sectores significantes de la población. En la raíz del problema está la distorsión provocada por la negativa del gobierno a permitir que el valor del peso en los mercados cambiarios acompañe la tasa de inflación que, para todos salvo los que confían más en Guillermo Moreno que en lo que ven en los comercios, es de aproximadamente el 25% anual. Como consecuencia, muchos prevén que tarde o temprano el gobierno se verá constreñido a acelerar el ritmo de devaluación del peso a pesar de que sea reacio a hacerlo por temor a aumentar todavía más las presiones inflacionarias. Por desgracia, no se da ninguna solución fácil al dilema así planteado, de ahí la decisión oficial de recurrir a métodos policíacos, además de multiplicar las restricciones para las empresas más pudientes. Aunque la contraofensiva actual contra la dolarización cuenta con el apoyo de muchos opositores que comparten la hostilidad kirchnerista hacia la “patria financiera” –o sea, las finanzas–, la rica experiencia del país en la materia debería haberles enseñado a los encargados de la economía nacional que, si bien combatirla es políticamente popular, el mero hecho de que crean que es necesario hacerlo propenderá a socavar la confianza de la ciudadanía en las perspectivas futuras del modelo económico coyunturalmente vigente. Por lo demás, si las medidas que se han tomado resultan ser inadecuadas, tendrán que suplementarlas con otras aún más rigurosas. En la mayoría de los países, la vicisitudes de la moneda local y el atractivo de otras foráneas son de interés minoritario, ya que pocos están acostumbrados a defenderse de una eventual devaluación invirtiendo en divisas extranjeras. Aquí, en cambio, pueden llegar a obsesionar a todos, incluso a los virtualmente analfabetos, como ocurrió durante años antes de la puesta en marcha del plan de convertibilidad que por algunos años pareció garantizar la estabilidad al hacer del peso el equivalente del dólar. Aunque el colapso de aquel esquema dio lugar a un período sumamente agitado, hasta hace relativamente poco persistió la impresión de que el gobierno kirchnerista había ganado la batalla contra la dolarización, pero a juzgar por lo que está ocurriendo se trató de una ilusión. Para impedir que se repitan las convulsiones financieras que una y otra vez se han producido al agotarse el modelo voluntarista de turno, el gobierno de Cristina tendría que hacer un esfuerzo auténtico por frenar la inflación con medidas un tanto más promisorias que las que se han aplicado hasta ahora. Aunque casi todos los economistas, los ortodoxos al igual que los heterodoxos, insisten en que el riesgo de un estallido es mínimo, ni sus análisis tranquilizadores ni las declaraciones optimistas del gobierno han sido suficientes para convencer a quienes creen que el tan vapuleado dólar estadounidense es en última instancia más seguro que el peso. El escepticismo así manifestado dista de ser irracional, ya que tanto aquí como en el exterior es habitual que las grandes crisis financieras estallen sin que los presuntos expertos las hayan previsto.
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