Estupidez innata

Por Redacción

La manía burocrática de atribuir más importancia a los papeles debidamente llenados, firmados, avalados, sellados y archivados que a las personas mismas siempre ha sido una de las características menos admirables de los países de tradiciones hispanas. La actitud que refleja es una de las causas de su atraso en comparación con pueblos de costumbres más flexibles y por lo tanto de lo miserables que son los salarios que tantos burócratas perciben, pero aunque muchos son conscientes de esta realidad, no está resultando nada fácil cambiar la mentalidad de los consustanciados con el sistema. Si bien con cierta frecuencia voceros gubernamentales afirman que en adelante todo será menos complicado, que trámites antes considerados fundamentales serían eliminados por completo y otros, los presuntamente esenciales, serían simplificados hasta tal punto que ocupen un par de minutos en lugar de meses o años, en el fondo muy poco se ha modificado. Ni siquiera la llegada de la informática, la cual debería haber transformado de manera dramática todo lo relacionado con documentos como el DNI, ha tenido los resultados previstos por los optimistas.

Por eso, la situación digna de una novela de Franz Kafka o una ficción de Jorge Luis Borges en que se encuentra Miguel Abraham, el cipoleño que no ha podido casarse porque otro individuo ha usurpado su «identidad» legal al apropiarse de su DNI, dista de ser único. Aunque Abraham -el original, no la copia- está en condiciones de probar que efectivamente existe y que siempre ha vivido aquí, a juicio de los encargados de mantener los registros, los que sin duda los consideran no meramente un sustituto por la vida real sino una realidad superior a ella, sólo se trata de una sombra molesta.

Lo cual, huelga decirlo, es absurdo. Frente a casos básicamente sencillos como el protagonizado involuntariamente por Abraham, las autoridades deberían limitarse a tomar en cuenta las denuncias que se han formulado sobre la utilización de un DNI usurpado y, a fin de evitar malentendidos, entregar a la víctima un documento especial que le permita aclarar cualquier problema que pueda surgir. Al fin y al cabo, una vez que haya sido registrada como corresponde la pérdida del documento original, el problema es de la policía y de los burócratas, no del ya ex dueño. En cuanto a los usurpadores de documentos, si los usan para delinquir deberían ser castigados con severidad. Sin embargo, como es notorio desde que el mundo es mundo, a los burócratas les horroriza cualquier anomalía que pueda producirse, razón por la cual se aferran con tanta pasión a sus formularios, resistiéndose a permitir que lo que pasa en el mundo exterior los obligue a corregir datos ya consagrados. Algunos están tan resueltos a probar que un error o un traspié, aunque sólo fuera cuestión de un nombre mal escrito, les fue ajeno, que suelen ir a extremos realmente aberrantes a fin de defenderse contra críticos hipotéticos. Si la realidad no se adecua a sus papeles, tanto peor para la realidad.

La combinación del temor a equivocarse con la falta de confianza en la honestidad del ciudadano común está en la raíz del autoritarismo burocrático que es típico del mundo hispanohablante y no sólo sirve para que millones de personas despilfarren tiempo valioso cumpliendo trámites que a menudo son superfluos y en consecuencia inútiles. También constituye un freno al progreso que se hará cada vez más evidente en los próximos años. Mal que les pese a los tradicionalistas, el orden socioeconómico presupuesto por la «globalización» de signo liberal que está consolidándose no tiene nada que ver con el ideal hispánico de un mundo totalmente controlado por funcionarios. Hoy en día, lo que cuenta son la rapidez y la voluntad de innovar, cualidades que son incompatibles con la existencia misma de una cultura burocrática a su modo perfeccionista, según la cual el deber principal de todo funcionario que se precie consiste en demorar toda iniciativa -como la supuesta por la creación de una nueva empresa- y en castigar con mezquindad a cualquier persona que por los motivos que fueran no tiene todos sus papeles en regla.