Europa cierra las puertas
Al iniciarse, hace más de dos años, la guerra civil en Siria con marchas de protesta callejeras contra la dictadura de Bashar al Assad, muchos dirigentes occidentales creyeron que los rebeldes no tardarían en imponerse para entonces formar un gobierno pluralista y nada sectario. La noción de que los sirios, lo mismo que los egipcios y libios, sólo querrían importar instituciones políticas y sistemas económicos occidentales siempre fue una ilusión, un producto de la costumbre de simplificar situaciones complejas en países exóticos exagerando las virtudes de los dirigentes presuntamente buenos, pero sucede que, como habían advertido los familiarizados con la dura realidad de Oriente Medio, escasean los demócratas auténticos en una región en que suelen ser decisivas las pasiones religiosas, las lealtades tribales y la solidaridad con la etnia propia. Aunque todavía hay algunos políticos norteamericanos y europeos influyentes que insisten en que, por ser tan sanguinario el régimen, sus países respectivos deberían brindar apoyo a quienes están luchando por derrocarlo, la mayoría abrumadora de sus compatriotas, horrorizada por las atrocidades que a diario perpetran tanto las fuerzas de la dictadura como las de sus enemigos en Siria, se opone a cualquier forma de intervencionismo. Tal actitud es comprensible; lejos de ser demócratas que sueñan con un país en que todos puedan convivir en un clima de respeto mutuo, los protagonistas actuales de la rebelión contra la dictadura alauita son islamistas vinculados con Al Qaeda o grupos afines que son aún más brutales que los soldados oficialistas. Aliarse con ellos no tendría sentido. Por lo demás, Al Assad no sólo ha sobrevivido a la ofensiva mayormente sunnita con la ayuda de sus aliados iraníes y rusos, sino que parece estar en condiciones de mantenerse en el poder por mucho tiempo más. Además de temer arriesgarse militarmente en un país infestado de extremistas que no vacilarían en suicidarse atacando a intrusos occidentales, los europeos son reacios a permitir el ingreso de muchos refugiados sirios, cuyo número ya supera los dos millones, lo que ha motivado fuertes críticas por parte del papa Francisco y ciertos referentes progresistas. La razón por la que la mayoría de los europeos no quiere dejarlos entrar tiene menos que ver con los graves problemas económicos y sociales de la franja mediterránea del Viejo Continente que con la voluntad creciente de impedir que la Unión Europea termine como casi todos los países del mundo musulmán. Por desgracia los inmigrantes, sean refugiados económicos o, en el caso de algunos, exiliados políticos o religiosos, por lo común llevan consigo tradiciones culturales que son incompatibles con la convivencia pacífica. Hasta hace relativamente poco, los políticos europeos suponían que, andando el tiempo, casi todos los recién venidos adoptarían la cultura de los países anfitriones, pero la experiencia les ha enseñado que demasiados parecen querer recrear en su nuevo hogar las condiciones de los países que habían abandonado en busca de una vida mejor. Según funcionarios de la ONU, la crisis humanitaria provocada por la guerra civil en Siria es la peor que enfrenta la comunidad internacional. No lo es, ya que las que sufren distintos países de África son aún mayores, pero por motivos geográficos su impacto ha sido más fuerte. Sea como fuere, para atenuarla, los gobiernos del mundo desarrollado coinciden en que sería mejor limitarse a enviar ayuda material y técnica a países musulmanes, como Jordania, Irak y Turquía, en que se han establecido campos de refugiados muy grandes, para que las víctimas de la violencia permanezcan entre sus correligionarios. Como solución, dista de ser satisfactoria, ya que ni siquiera Turquía es ajena a los conflictos sectarios que están desangrando tantos países musulmanes, pero en vista de los problemas causados por extremistas islámicos en Europa, sería poco razonable pedirles a gobiernos que dependen del voto popular abrir las puertas para que ingresen centenares de miles, quizás millones, de personas que incluirían a contingentes de fanáticos de organizaciones ferozmente antioccidentales como Al Qaeda que, con toda seguridad, tratarían de aprovechar lo que habrán aprendido en Siria para continuar la guerra santa contra los infieles en los países en que algunos nacieron.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Jueves 2 de enero de 2014
Al iniciarse, hace más de dos años, la guerra civil en Siria con marchas de protesta callejeras contra la dictadura de Bashar al Assad, muchos dirigentes occidentales creyeron que los rebeldes no tardarían en imponerse para entonces formar un gobierno pluralista y nada sectario. La noción de que los sirios, lo mismo que los egipcios y libios, sólo querrían importar instituciones políticas y sistemas económicos occidentales siempre fue una ilusión, un producto de la costumbre de simplificar situaciones complejas en países exóticos exagerando las virtudes de los dirigentes presuntamente buenos, pero sucede que, como habían advertido los familiarizados con la dura realidad de Oriente Medio, escasean los demócratas auténticos en una región en que suelen ser decisivas las pasiones religiosas, las lealtades tribales y la solidaridad con la etnia propia. Aunque todavía hay algunos políticos norteamericanos y europeos influyentes que insisten en que, por ser tan sanguinario el régimen, sus países respectivos deberían brindar apoyo a quienes están luchando por derrocarlo, la mayoría abrumadora de sus compatriotas, horrorizada por las atrocidades que a diario perpetran tanto las fuerzas de la dictadura como las de sus enemigos en Siria, se opone a cualquier forma de intervencionismo. Tal actitud es comprensible; lejos de ser demócratas que sueñan con un país en que todos puedan convivir en un clima de respeto mutuo, los protagonistas actuales de la rebelión contra la dictadura alauita son islamistas vinculados con Al Qaeda o grupos afines que son aún más brutales que los soldados oficialistas. Aliarse con ellos no tendría sentido. Por lo demás, Al Assad no sólo ha sobrevivido a la ofensiva mayormente sunnita con la ayuda de sus aliados iraníes y rusos, sino que parece estar en condiciones de mantenerse en el poder por mucho tiempo más. Además de temer arriesgarse militarmente en un país infestado de extremistas que no vacilarían en suicidarse atacando a intrusos occidentales, los europeos son reacios a permitir el ingreso de muchos refugiados sirios, cuyo número ya supera los dos millones, lo que ha motivado fuertes críticas por parte del papa Francisco y ciertos referentes progresistas. La razón por la que la mayoría de los europeos no quiere dejarlos entrar tiene menos que ver con los graves problemas económicos y sociales de la franja mediterránea del Viejo Continente que con la voluntad creciente de impedir que la Unión Europea termine como casi todos los países del mundo musulmán. Por desgracia los inmigrantes, sean refugiados económicos o, en el caso de algunos, exiliados políticos o religiosos, por lo común llevan consigo tradiciones culturales que son incompatibles con la convivencia pacífica. Hasta hace relativamente poco, los políticos europeos suponían que, andando el tiempo, casi todos los recién venidos adoptarían la cultura de los países anfitriones, pero la experiencia les ha enseñado que demasiados parecen querer recrear en su nuevo hogar las condiciones de los países que habían abandonado en busca de una vida mejor. Según funcionarios de la ONU, la crisis humanitaria provocada por la guerra civil en Siria es la peor que enfrenta la comunidad internacional. No lo es, ya que las que sufren distintos países de África son aún mayores, pero por motivos geográficos su impacto ha sido más fuerte. Sea como fuere, para atenuarla, los gobiernos del mundo desarrollado coinciden en que sería mejor limitarse a enviar ayuda material y técnica a países musulmanes, como Jordania, Irak y Turquía, en que se han establecido campos de refugiados muy grandes, para que las víctimas de la violencia permanezcan entre sus correligionarios. Como solución, dista de ser satisfactoria, ya que ni siquiera Turquía es ajena a los conflictos sectarios que están desangrando tantos países musulmanes, pero en vista de los problemas causados por extremistas islámicos en Europa, sería poco razonable pedirles a gobiernos que dependen del voto popular abrir las puertas para que ingresen centenares de miles, quizás millones, de personas que incluirían a contingentes de fanáticos de organizaciones ferozmente antioccidentales como Al Qaeda que, con toda seguridad, tratarían de aprovechar lo que habrán aprendido en Siria para continuar la guerra santa contra los infieles en los países en que algunos nacieron.
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