Europa contra las sogas
JAMES NEILSON
Tal vez por haberse sentido ofendida por aquellos dibujantes griegos que la caricaturaban como una versión femenina de Adolf Hitler, la mandamás alemana Angela Merkel decidió reinventarse. Eligió transformarse en Madre Teresa. Para gratificación de muchos compatriotas que estaban hartos de pedir perdón a sus vecinos por los crímenes perpetrados por sus abuelos y bisabuelos nazis, invitó a todos los refugiados sirios a mudarse a Alemania, de tal modo asumiendo, a juicio de los impresionados por el gesto, el liderazgo no sólo político sino también moral de la Unión Europea. Pero, como tantos pacifistas han aprendido a través de los años, las políticas motivadas por intenciones presuntamente buenas no siempre producen buenos resultados. A menudo, sólo sirven para que haya más miseria. Puede que no se lo haya propuesto, pero la señora Merkel dio un impulso tremendo a un movimiento migratorio que ya era apenas controlable. Al enterarse de que había dicho que todos los refugiados de las guerras civiles sirias serían acogidos por Alemania sin tener que someterse a trámites engorrosos, millones de personas de distintos países africanos, además de árabes, iraníes, afganos, pakistaníes, bangladeshíes e incluso chinos, de las zonas colindantes con el mundo musulmán, se unirían a las columnas cada vez más nutridas de esperanzados que, luego de arriesgarse en embarcaciones precarias, caminaban hacia la tierra de promisión teutona. Desafortunadamente para todos salvo aquellos que tenían los papeles en regla y dinero suficiente para tomar el avión, a “mamá Merkel” no se le había ocurrido brindarles medios de transporte más cómodos que los disponibles desde que el mundo es mundo; para alcanzar Alemania, tendrían que depender de sus propios esfuerzos físicos. Tampoco se dio el trabajo de solicitar la colaboración de las autoridades griegas, macedonias, serbias, croatas, checas, eslovenas y húngaras para que facilitaran el viaje hacia el norte de quienes había convocado. Aunque pronto se haría evidente que ningún refugiado o migrante económico que se precie soñaría con quedarse en países balcánicos a su juicio pobres, con servicios sociales casi tan espartanos como los uruguayos y que, por razones que pueden calificarse de históricas, además de las noticias preocupantes que les llegaban desde Francia, el Reino Unido y Suecia, no querían contar con minorías musulmanas importantes, la irrupción repentina de centenares de miles de hombres jóvenes, acompañados por algunas mujeres y niños fotogénicos, no tardó en ocasionarles una multitud de problemas desagradables. Y, para colmo, el invierno les pisaba los talones. Merkel no lo dirá nunca, pero su intento de convertirse en un icono ético mundialmente célebre ya ha tenido consecuencias aciagas y pronto tendrá muchas más. Aun cuando todos los deseosos de trasladarse a Alemania fueran buenas personas, de nivel educativo altísimo y una cultura de trabajo que envidiarían los coreanos y japoneses, lo que por desgracia dista de ser el caso, decirles que podrían entrar con tal que lograran llegar a la frontera de su país garantizaba que más lo intentarían y que miles, quizás decenas de miles, morirían en el camino, víctimas del mar, del clima inhóspito de los Balcanes o de delincuentes, entre ellos sujetos vinculados con el Estado Islámico, que están aprovechando una oportunidad espléndida para conseguir muchísimo dinero. La jugada de Angela, una dama que, según los mal pensantes, quería agregar el premio Nobel de la Paz a su colección ya imponente de trofeos, también tendrá secuelas políticas nada deseables. Hasta ahora, el más beneficiado ha sido el dictatorial presidente turco, Tayyip Recep Erdogan, un islamista fervoroso al que le encantaría inundar de correligionarios a la Unión Europea. A cambio de promesas poco convincentes según las cuales trataría de ayudar a frenar el éxodo, la canciller alemana dice que recibirá miles de millones de euros y, tal vez, la incorporación exprés de Turquía al club. Se trata de una eventualidad que, en vista de la actitud de Grecia, Chipre, los países excomunistas del Este europeo y la mayoría de los alemanes, franceses y británicos de a pie, parece menos probable que la desintegración del super-Estado incipiente que Angela cree suyo. Erdogan no es el único político que tiene buenos motivos para festejar lo que está sucediendo. En todos los países europeos, agrupaciones derechistas están preparándose para sacar provecho de los episodios truculentos que con toda seguridad se multiplicarán en los meses venideros. Ciudadanos tranquilos que se habían acostumbrado a tolerar la proximidad de minorías agresivas que los despreciaban, atribuyendo los ataques y los insultos a lo difícil que les resultaba adaptarse a las modalidades occidentales, han comenzado a votar por candidatos que antes repudiaban en Francia, Alemania y Suecia, para no hablar de los formados en sociedades centroeuropeas de tradiciones más autoritarias que ya lo estaban haciendo. Últimamente, ha dejado de ser fantasioso suponer que, gracias en buena medida a la ayuda que le está proporcionando Angela Merkel, Marine Le Pen podría ser presidenta de Francia. Frente a la situación catastrófica en la que se encuentran tantos países mayormente musulmanes, el “poder blando” de Europa vale muy poco. Antes bien, sin poder auténtico, del tipo que hace posible la defensa de la soberanía nacional, es contraproducente. Por ser tan atractiva la idea de vivir como un alemán o sueco de la clase media acomodada, una proporción creciente de los habitantes de lo que en otros tiempos se llamaba el “tercer mundo” quisiera sacar ventaja de la oportunidad imprevista que le dio Merkel antes de que le sea demasiado tarde. Entienden que las puertas de Alemania no se mantendrán abiertas por mucho tiempo más. Lo mismo que los húngaros, los alemanes mismos, sin excluir legisladores del partido encabezado por Merkel, se han puesto a hablar de la necesidad urgente de construir barreras para detener el torrente migratorio. Un tanto tardíamente, se han dado cuenta de que, después del primer millón, vendrá otro, y entonces otro más, hasta que su propio país haya dejado de pertenecerles. Se trata de una perspectiva que alarma no sólo a los xenófobos sino también a muchos partidarios del multiculturalismo, un credo que, huelga decirlo, fuera de las partes más prósperas de Europa y América del Norte no tiene muchos adeptos.
SEGÚN LO VEO