Fanáticos peligrosísimos
Algunos regímenes totalitarios procuran ocultar su auténtico rostro detrás de un velo atractivo por entender que es de su interés contar con el apoyo de “idiotas útiles” –el calificativo es de Lenin– en los países occidentales. Otros, como el nazi, apenas intentan hacerlo; no quieren seducir a los demás sino aterrorizarlos. En esta segunda categoría se encuentra la tiranía islamista de Irán. Sus líderes están tan convencidos de que las elites occidentales son irremediablemente decadentes que les importa poco la reacción de la llamada comunidad internacional ante sus frecuentes manifestaciones de barbarie, de las que la condena a sufrir latigazos repetidos, seguidos por muerte por lapidación, de una mujer acusada de adulterio es sólo la más reciente. Ha sido tanta la indignación provocada por el caso que incluso el papa Benedicto XVI, el que a partir de los ataques que recibió por un discurso en que citó a un emperador bizantino que se preguntaba “¿Qué ha traído de nuevo Mahoma, salvo cosas malvadas e inhumanas, como su directiva a difundir por medio de la espada la fe que él predicaba?” se ha cuidado de pronunciar palabras que podrían ofender a los musulmanes más iracundos, se sintió constreñido a criticar la brutalidad de las autoridades iraníes. Con todo, si bien los líderes del régimen islámico suelen mostrarse indiferentes hacia la opinión ajena, parecen haber llegado a la conclusión de que les convendría intentar frenar las protestas de dirigentes políticos extranjeros y militantes de los derechos humanos suspendiendo, aunque sólo fuera por un rato, la ejecución de Sakineh Ashtiani. Desde el punto de vista de los habituados a matar a quienes decretan son “enemigos de Dios”, la decisión es polémica. A su juicio, la idea de que haya derechos humanos y que sea forzoso respetarlos carece de significado porque todo depende de la voluntad divina, algo que ellos, y sólo ellos, saben interpretar. Son fanáticos en el sentido original de la palabra y por lo tanto son sumamente peligrosos, ya que se suponen obligados a confirmar la intensidad de su fe en su “verdad” particular actuando en consecuencia. Así, pues, hay que tomar al pie de la letra lo que dicen personajes como el presidente Mahmoud Ahmadinejad cuando, luego de negar que el Holocausto nazi tuviera lugar, se comprometen a ir más lejos aniquilando al “ente sionista”, Israel. En Europa, América del Norte y, por supuesto, América Latina, la mayoría quisiera creer que las declaraciones de los líderes iraníes son “para el consumo interno” y que en realidad son personas racionales que nunca soñarían con correr riesgos excesivos, razón por la que tratan con ecuanimidad los esfuerzos del régimen teocrático por adquirir armas nucleares. Tal actitud puede entenderse, ya que si sólo fuera cuestión del alarmismo de ciertos sectores norteamericanos e israelíes, no habría motivos para preocuparse, pero la resistencia a reconocer que los iraníes, y sus muchos simpatizantes en el mundo islámico, no piensan como occidentales modernos sino como los de épocas mucho más crueles y violentas plantea muchos riesgos. Sujetos que se han acostumbrado a mofarse de la sensibilidad occidental, a torturar y matar con ferocidad medieval por motivos políticos y religiosos y a festejar las matanzas perpetradas por las “bombas humanas” que el régimen apoya no se guían por las pautas que rigen en otras sociedades. Así las cosas, cuesta creer que mandatarios latinoamericanos como Hugo Chávez y Evo Morales puedan afirmarse aliados de los teócratas iraníes sólo porque comparten el mismo odio hacia Estados Unidos –de tener la oportunidad, sus “amigos” los liquidarían como hicieron con los izquierdistas que los ayudaron a derrocar al cha Reza Pahlevi–, pero parecería que tanto en nuestra región como en el resto del mundo la hostilidad hacia el “imperio” es tan virulenta que muchos que en otras circunstancias encabezarían la lucha contra un régimen represivo ultraderechista y clericalista, sexista y homófobo, que se caracteriza por su salvajismo, optan por solidarizarse con ellos. Es posible que a raíz del escándalo ocasionado por la condena a ser lapidada por adulterio de una mujer algunos propensos a minimizar el peligro planteado por el programa nuclear de Irán cambien de opinión, pero lo más probable es que el grueso de los izquierdistas siga reivindicándolo.
Algunos regímenes totalitarios procuran ocultar su auténtico rostro detrás de un velo atractivo por entender que es de su interés contar con el apoyo de “idiotas útiles” –el calificativo es de Lenin– en los países occidentales. Otros, como el nazi, apenas intentan hacerlo; no quieren seducir a los demás sino aterrorizarlos. En esta segunda categoría se encuentra la tiranía islamista de Irán. Sus líderes están tan convencidos de que las elites occidentales son irremediablemente decadentes que les importa poco la reacción de la llamada comunidad internacional ante sus frecuentes manifestaciones de barbarie, de las que la condena a sufrir latigazos repetidos, seguidos por muerte por lapidación, de una mujer acusada de adulterio es sólo la más reciente. Ha sido tanta la indignación provocada por el caso que incluso el papa Benedicto XVI, el que a partir de los ataques que recibió por un discurso en que citó a un emperador bizantino que se preguntaba “¿Qué ha traído de nuevo Mahoma, salvo cosas malvadas e inhumanas, como su directiva a difundir por medio de la espada la fe que él predicaba?” se ha cuidado de pronunciar palabras que podrían ofender a los musulmanes más iracundos, se sintió constreñido a criticar la brutalidad de las autoridades iraníes. Con todo, si bien los líderes del régimen islámico suelen mostrarse indiferentes hacia la opinión ajena, parecen haber llegado a la conclusión de que les convendría intentar frenar las protestas de dirigentes políticos extranjeros y militantes de los derechos humanos suspendiendo, aunque sólo fuera por un rato, la ejecución de Sakineh Ashtiani. Desde el punto de vista de los habituados a matar a quienes decretan son “enemigos de Dios”, la decisión es polémica. A su juicio, la idea de que haya derechos humanos y que sea forzoso respetarlos carece de significado porque todo depende de la voluntad divina, algo que ellos, y sólo ellos, saben interpretar. Son fanáticos en el sentido original de la palabra y por lo tanto son sumamente peligrosos, ya que se suponen obligados a confirmar la intensidad de su fe en su “verdad” particular actuando en consecuencia. Así, pues, hay que tomar al pie de la letra lo que dicen personajes como el presidente Mahmoud Ahmadinejad cuando, luego de negar que el Holocausto nazi tuviera lugar, se comprometen a ir más lejos aniquilando al “ente sionista”, Israel. En Europa, América del Norte y, por supuesto, América Latina, la mayoría quisiera creer que las declaraciones de los líderes iraníes son “para el consumo interno” y que en realidad son personas racionales que nunca soñarían con correr riesgos excesivos, razón por la que tratan con ecuanimidad los esfuerzos del régimen teocrático por adquirir armas nucleares. Tal actitud puede entenderse, ya que si sólo fuera cuestión del alarmismo de ciertos sectores norteamericanos e israelíes, no habría motivos para preocuparse, pero la resistencia a reconocer que los iraníes, y sus muchos simpatizantes en el mundo islámico, no piensan como occidentales modernos sino como los de épocas mucho más crueles y violentas plantea muchos riesgos. Sujetos que se han acostumbrado a mofarse de la sensibilidad occidental, a torturar y matar con ferocidad medieval por motivos políticos y religiosos y a festejar las matanzas perpetradas por las “bombas humanas” que el régimen apoya no se guían por las pautas que rigen en otras sociedades. Así las cosas, cuesta creer que mandatarios latinoamericanos como Hugo Chávez y Evo Morales puedan afirmarse aliados de los teócratas iraníes sólo porque comparten el mismo odio hacia Estados Unidos –de tener la oportunidad, sus “amigos” los liquidarían como hicieron con los izquierdistas que los ayudaron a derrocar al cha Reza Pahlevi–, pero parecería que tanto en nuestra región como en el resto del mundo la hostilidad hacia el “imperio” es tan virulenta que muchos que en otras circunstancias encabezarían la lucha contra un régimen represivo ultraderechista y clericalista, sexista y homófobo, que se caracteriza por su salvajismo, optan por solidarizarse con ellos. Es posible que a raíz del escándalo ocasionado por la condena a ser lapidada por adulterio de una mujer algunos propensos a minimizar el peligro planteado por el programa nuclear de Irán cambien de opinión, pero lo más probable es que el grueso de los izquierdistas siga reivindicándolo.
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