Fantasías ideológicas
De los gobiernos que ha tenido la Argentina desde mediados del siglo XIX, muchos se han creído convocados para construir un nuevo país sobre los escombros del anterior, aspiración que los ha obligado a procurar improvisar una ideología propia. El “relato” kirchnerista es sólo el más reciente de una larga serie que incluye los confeccionados por mandatarios como Hipólito Yrigoyen, Juan Domingo Perón y, de manera menos ambiciosa, Raúl Alfonsín, además de los responsables de suministrar ideas a dictadores militares como Juan Carlos Onganía, Jorge Rafael Videla y Leopoldo Fortunato Galtieri. Aunque el “relato” kirchnerista ha fracasado de manera tan catastrófica como los demás, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y sus militantes están resueltos a aferrarse a él porque a su entender les sirve para justificar todas las irregularidades que han cometido en el transcurso de una gestión que ya ha durado más de once años. Desde su punto de vista, temas como los supuestos por la corrupción, la inflación, la recesión y la depauperación de millones de personas deberían ser considerados meramente anecdóticos por los impresionados por la grandeza de la epopeya oficial, razón por la que quieren que la campaña electoral que está por calentarse se vea dominada no por argumentos en torno a asuntos concretos sino por una competencia entre antinomias ideológicas. Es en buena medida por este motivo que Cristina no quiere que Daniel Scioli lleve la bandera oficialista en las próximas elecciones. Sabe que, por mucho que jure lealtad eterna al “proyecto”, el gobernador bonaerense es un centrista pragmático que, en un orden político un tanto mejor estructurado que el existente en el país, militaría en la misma agrupación que hombres como Mauricio Macri, los disidentes peronistas más destacados y el grueso de los radicales. El que a Scioli no le interesen en absoluto las lucubraciones ideológicas que tanto fascinan a la presidenta, los sociólogos K y los militantes de La Cámpora, la hace sospechar que, si triunfara en las elecciones presidenciales, sería reacio a brindarle toda la protección que necesitaría para mantener a raya a los resueltos a impulsar un operativo mani pulite –manos limpias– local en que le tocaría desempeñar un papel estelar. No es demasiado sorprendente, pues, que la presidenta haya ordenado a sus subordinados intentar hundir al exmotonauta, una tarea que muchos han emprendido con entusiasmo desbordante. Coinciden en que sería mejor que un opositor declarado se instalara en la Casa Rosada el 11 de diciembre, puesto que, entre otras cosas, un sucesor oficialista no vacilaría en apoderarse de pedazos del aparato político que Cristina ha improvisado, dejándola en la intemperie. Por cierto, lo que está sucediendo en el kirchnerismo ya no parece ser sólo cuestión de otra interna preelectoral feroz, del tipo que suelen celebrar casi todos los partidos políticos antes de decidir quién será el candidato presidencial. Los ultra-K están esforzándose por convencer a la ciudadanía de que en las elecciones estará en juego mucho más que la identidad del próximo presidente, que los votantes tendrán que decidir el destino de un país que se ve obligado a elegir entre someterse a “poderes concentrados” supuestamente capitaneados por los medios del Grupo Clarín por un lado y, por el otro, un modelo nacional y popular afín al chavista. O sea, por tratarse de una lucha entre alternativas muy distintas, no habrá lugar para “la continuidad y cambio” que pregona Scioli. Aunque es poco probable que políticos profesionales como Jorge Capitanich, Florencio Randazzo, Sergio Urribarri, Julián Domínguez y otros tomen en serio el esquema maniqueo adoptado por Cristina y los militantes de La Cámpora, supondrán que es de su interés brindar la impresión de creer que la Argentina es escenario de una lucha a muerte entre ideologías radicalmente incompatibles. Felizmente para ellos, la ciudadanía está tan acostumbrada a las mutaciones políticas que suelen experimentar los oficialistas seriales, personajes que a través de los años se las han arreglado para ser primero menemistas, después duhaldistas y, a partir de mayo del 2003, kirchneristas, que nadie tomaría mal su eventual evolución en sciolistas o massistas, ya que, en el maremágnum peronista por lo menos, la incoherencia es normal.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Miércoles 14 de enero de 2015
De los gobiernos que ha tenido la Argentina desde mediados del siglo XIX, muchos se han creído convocados para construir un nuevo país sobre los escombros del anterior, aspiración que los ha obligado a procurar improvisar una ideología propia. El “relato” kirchnerista es sólo el más reciente de una larga serie que incluye los confeccionados por mandatarios como Hipólito Yrigoyen, Juan Domingo Perón y, de manera menos ambiciosa, Raúl Alfonsín, además de los responsables de suministrar ideas a dictadores militares como Juan Carlos Onganía, Jorge Rafael Videla y Leopoldo Fortunato Galtieri. Aunque el “relato” kirchnerista ha fracasado de manera tan catastrófica como los demás, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y sus militantes están resueltos a aferrarse a él porque a su entender les sirve para justificar todas las irregularidades que han cometido en el transcurso de una gestión que ya ha durado más de once años. Desde su punto de vista, temas como los supuestos por la corrupción, la inflación, la recesión y la depauperación de millones de personas deberían ser considerados meramente anecdóticos por los impresionados por la grandeza de la epopeya oficial, razón por la que quieren que la campaña electoral que está por calentarse se vea dominada no por argumentos en torno a asuntos concretos sino por una competencia entre antinomias ideológicas. Es en buena medida por este motivo que Cristina no quiere que Daniel Scioli lleve la bandera oficialista en las próximas elecciones. Sabe que, por mucho que jure lealtad eterna al “proyecto”, el gobernador bonaerense es un centrista pragmático que, en un orden político un tanto mejor estructurado que el existente en el país, militaría en la misma agrupación que hombres como Mauricio Macri, los disidentes peronistas más destacados y el grueso de los radicales. El que a Scioli no le interesen en absoluto las lucubraciones ideológicas que tanto fascinan a la presidenta, los sociólogos K y los militantes de La Cámpora, la hace sospechar que, si triunfara en las elecciones presidenciales, sería reacio a brindarle toda la protección que necesitaría para mantener a raya a los resueltos a impulsar un operativo mani pulite –manos limpias– local en que le tocaría desempeñar un papel estelar. No es demasiado sorprendente, pues, que la presidenta haya ordenado a sus subordinados intentar hundir al exmotonauta, una tarea que muchos han emprendido con entusiasmo desbordante. Coinciden en que sería mejor que un opositor declarado se instalara en la Casa Rosada el 11 de diciembre, puesto que, entre otras cosas, un sucesor oficialista no vacilaría en apoderarse de pedazos del aparato político que Cristina ha improvisado, dejándola en la intemperie. Por cierto, lo que está sucediendo en el kirchnerismo ya no parece ser sólo cuestión de otra interna preelectoral feroz, del tipo que suelen celebrar casi todos los partidos políticos antes de decidir quién será el candidato presidencial. Los ultra-K están esforzándose por convencer a la ciudadanía de que en las elecciones estará en juego mucho más que la identidad del próximo presidente, que los votantes tendrán que decidir el destino de un país que se ve obligado a elegir entre someterse a “poderes concentrados” supuestamente capitaneados por los medios del Grupo Clarín por un lado y, por el otro, un modelo nacional y popular afín al chavista. O sea, por tratarse de una lucha entre alternativas muy distintas, no habrá lugar para “la continuidad y cambio” que pregona Scioli. Aunque es poco probable que políticos profesionales como Jorge Capitanich, Florencio Randazzo, Sergio Urribarri, Julián Domínguez y otros tomen en serio el esquema maniqueo adoptado por Cristina y los militantes de La Cámpora, supondrán que es de su interés brindar la impresión de creer que la Argentina es escenario de una lucha a muerte entre ideologías radicalmente incompatibles. Felizmente para ellos, la ciudadanía está tan acostumbrada a las mutaciones políticas que suelen experimentar los oficialistas seriales, personajes que a través de los años se las han arreglado para ser primero menemistas, después duhaldistas y, a partir de mayo del 2003, kirchneristas, que nadie tomaría mal su eventual evolución en sciolistas o massistas, ya que, en el maremágnum peronista por lo menos, la incoherencia es normal.
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