Farsa preelectoral
De haberse propuesto la «clase política» nacional mantener desorientada a la ciudadanía con la finalidad de que, luego de haber hecho uso de su derecho al pataleo, termine resignándose a dejar las cosas como están, tendría buenos motivos para felicitarse, pero si bien es verdad que los habitantes del país difícilmente podrían sentirse más desconcertados por la conducta de los dirigentes, parecería que la confusión resultante es consecuencia de su ineptitud realmente extraordinaria, no de una maniobra conjunta genial destinada a defender las conquistas de una corporación que es reacia a evolucionar. De todas maneras, a ocho meses del colapso del gobierno del presidente Fernando de la Rúa de resultas de una protesta espontánea seguida por una ola de saqueos que han sido atribuidos por muchos a matones vinculados con el aparato duhaldista del conurbano bonaerense, el panorama político apenas se ha modificado e incluso los cambios que sí se han hecho notar podrían resultar meramente pasajeros. Aunque el radicalismo parece haberse suicidado, no es inconcebible que en los próximos meses Rodolfo Terragno comience a recuperar un poco del terreno perdido. Tampoco lo es que el gobernador chaqueño, Angel Rozas, logre levantar vuelo. Al fin y al cabo, otros personajes típicos de la vieja politiquería criolla, entre ellos casi todos los precandidatos peronistas, ya han conseguido hacerlo, de suerte que sus equivalentes radicales podrían emularlos.
El revés más reciente, de una serie que está haciéndose cada vez más larga, que han experimentado los que quisieran que se produjeran algunos cambios, por modestos que ellos fueran, para que la clase política reflejara mejor el sentir del resto del país, ha consistido en la decisión del gobierno de abandonar la idea de abrir por completo las internas partidarias. Puede que su planteo original se hubiera basado en nada más honorable que la voluntad personal de Eduardo Duhalde de hacer tropezar al ex presidente Carlos Menem, el político que a pesar de ser el más repudiado del país por un margen muy amplio es, según parece, bastante popular en el microuniverso peronista, pero aun así, de haberse concretado, el plan oficial hubiera ayudado a debilitar el dominio absoluto de los aparatos partidarios sobre la política nacional, razón por la que se le opuso con tanta vehemencia el grueso de los operadores del PJ y de la UCR. Aun más alarmante que la imposibilidad supuestamente jurídica de celebrar primarias abiertas, empero, es la convicción generalizada de que las internas serán tramposas: conforme al mismísimo jefe de Gabinete, Alfredo Atanasof, dadas las circunstancias no habrá mucho lugar para la transparencia.
Al hablar de este modo, el gobierno virtualmente invitó a los operadores políticos a estafar al electorado. Por cierto, no carecerán de los instrumentos que les permitirían hacerlo. Para empezar, podrán aprovechar los padrones partidarios groseramente inflados que fueron confeccionados casi veinte años atrás según los que los afiliados peronistas y radicales se cuentan por millones: la hipotética incidencia de los extrapartidarios en internas abiertas hubiera sido apenas perceptible en comparación con aquella del ejército de militantes fantasma que es de suponer querrán brindar un servicio póstumo a su partido favorito. Asimismo, la falta de interés de los ciudadanos independientes en participar de lo que ya se ha previsto que será una parodia de elecciones internas libres significará que los políticos profesionales tendrán las manos libres. Al fin y al cabo, si el propio gobierno se confiesa incapaz de garantizar la transparencia, sería absurdo esperar que lo hagan los demás. Por lo demás, de difundirse la idea de que por lo menos algunos operadores procurarán dibujar los resultados, los simpatizantes de sus adversarios no pueden sino prepararse para obrar de igual modo: en el mundo entero, la transparencia de los procesos electorales depende en buena medida de la seguridad de que las infracciones serán tan poco frecuentes que será muy fácil detectarlas. Por lo tanto, no sorprendería del todo que las primarias peronistas resulten ser aun más sucias, y más violentas, que las celebradas en los años setenta, y que por lo tanto amplios sectores cuestionarán la legitimidad del eventual triunfador.
De haberse propuesto la "clase política" nacional mantener desorientada a la ciudadanía con la finalidad de que, luego de haber hecho uso de su derecho al pataleo, termine resignándose a dejar las cosas como están, tendría buenos motivos para felicitarse, pero si bien es verdad que los habitantes del país difícilmente podrían sentirse más desconcertados por la conducta de los dirigentes, parecería que la confusión resultante es consecuencia de su ineptitud realmente extraordinaria, no de una maniobra conjunta genial destinada a defender las conquistas de una corporación que es reacia a evolucionar. De todas maneras, a ocho meses del colapso del gobierno del presidente Fernando de la Rúa de resultas de una protesta espontánea seguida por una ola de saqueos que han sido atribuidos por muchos a matones vinculados con el aparato duhaldista del conurbano bonaerense, el panorama político apenas se ha modificado e incluso los cambios que sí se han hecho notar podrían resultar meramente pasajeros. Aunque el radicalismo parece haberse suicidado, no es inconcebible que en los próximos meses Rodolfo Terragno comience a recuperar un poco del terreno perdido. Tampoco lo es que el gobernador chaqueño, Angel Rozas, logre levantar vuelo. Al fin y al cabo, otros personajes típicos de la vieja politiquería criolla, entre ellos casi todos los precandidatos peronistas, ya han conseguido hacerlo, de suerte que sus equivalentes radicales podrían emularlos.
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