Farsa radical



Aunque por razones que tenían más que ver con el deporte que con la política -a los medios de comunicación les encantan las contiendas de cualquier tipo-, las elecciones internas radicales motivaron cierto interés en el resto del país, el desenlace confuso, con abundantes acusaciones de fraude, del mano a mano entre Rodolfo Terragno y Leopoldo Moreau ya habrá privado a la UCR de la posibilidad de aprovechar la publicidad resultante. Si bien Terragno no se habrá equivocado al opinar que algo bastante raro sucedió en el Chaco, provincia chica en términos demográficos que dio a su rival una cantidad imponente de votos, es probable que nunca haya forma de saber si la avalancha moreauista se debió a las “mañas radicales” o al poder de convocatoria del cacique local Angel Rozas.

Sea como fuere, la reacción de Terragno frente al presunto resultado supone que en adelante a los radicales no les será nada fácil mantener unido lo que todavía queda de su partido. Pase lo que pasare, siempre existirá la sospecha de que, lejos de ser un dechado de transparencia, las elecciones internas que acaban de celebrarse fueron un ejemplo vergonzoso de las peores prácticas populistas. Puesto que casi la única carta en manos de los radicales consiste precisamente en la suposición de que, cuando de las internas se trata, suelen ser menos corruptos que los peronistas, el resultado extraño del duelo entre Terragno, hombre que cree encarnar la renovación, y Moreau, un representante cabal del viejo aparato partidario alfonsinista, puede considerarse un desastre más. Por lo demás, el que no quepa duda de que de los dos Terragno cuenta con mucho más apoyo fuera del mundillo de los afiliados hace pensar que, lo mismo que tantas sectas izquierdistas, la UCR se ha ensimismado, privilegiando sus propias disputas por encima de cualquier proyecto que le permitiría intentar acercarse al electorado independiente cuyo voto es decisivo.

Siempre y cuando los peronistas respeten el cronograma que fue confeccionado por el presidente Eduardo Duhalde y sus colaboradores, dentro de apenas cuatro meses el país celebrará elecciones presidenciales, desafío con el que, por motivos comprensibles, los radicales preferirían no tener que enfrentarse pero que, mal que les pese, no podrán soslayar. Para ellos ya no es meramente cuestión de su escaso interés por experimentar otra derrota humillante como la protagonizada por el rionegrino Horacio Massaccesi, sino de conseguir más del cinco por ciento de los votos. Es factible que Terragno lo hubiera logrado, a pesar de su condición de radical, gracias a su trayectoria personal. En cambio, por popular que Moreau parezca ser en el Chaco, a juzgar por las encuestas de opinión nacionales son nulas sus perspectivas de hacer una elección que sea calificable de digna.

A los jefes actuales del aparato radical les gusta atribuir el estado lamentable de su partido al fracaso del gobierno del presidente Fernando de la Rúa, insistiendo en que de haberse aferrado a sus principios vagamente progresistas en vez de comulgar con el “neoliberalismo” seguirían mereciendo la simpatía de amplios sectores de la población del país. Sin embargo, aunque es factible que en tal caso el presidente hubiera conservado el apoyo de una proporción mayor de sus correligionarios, no lo es que se las arreglara para gobernar con un mínimo de coherencia. Por el contrario, con toda probabilidad, a una primera etapa “principista” le habría seguido otra “pragmática” muy similar a la vinculada con el nombre de De la Rúa, porque en el fondo la decadencia de la UCR es fruto de su negativa obstinada, reivindicada como fidelidad a sus “doctrinas”, a adaptarse a las circunstancias. Los ex radicales Ricardo López Murphy y Elisa Carrió aparte, el único líder significante de los años últimos que ha procurado renovar el ideario ha sido precisamente Terragno, de suerte que si a raíz de la interna opta por separarse del partido, siguiendo el camino trazado por todos los correligionarios pensantes, la UCR se verá reducida a ser una especie de club para nostálgicos que, incapaces de hacer frente a los problemas planteados por la realidad actual, se consuelen hablando solemnemente, en un lenguaje privado, de los protagonistas de “epopeyas” de un pasado cada vez más remoto.


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