Fascismo en acción
Para muchos, la cara más representativa del fascismo europeo es la de Joerg Haider. Si así fuera, nadie tendría que preocuparse mucho porque en comparación con los fascistas de antes el político austríaco sea un moderado de actitudes casi pacifistas. Sin embargo, el que por ahora Haider y otros como él no planteen una amenaza muy seria a la convivencia civilizada en Europa no quiere decir que el fascismo no pueda volver. En distintas partes del continente existen agrupaciones pequeñas, que disfrutan del apoyo de amplios sectores, que dan por descontado que su ideología nacionalista -y en cierto modo socialista, porque no les gusta para nada el liberalismo- les otorga el derecho de matar a quienes no comparten sus opiniones. De éstas, la más activa en la actualidad es ETA que, al parecer harta de asesinar a políticos conservadores, ha decidido sembrar el terror entre los intelectuales de ideas independientes.
La razón por la cual un comando de ETA mató a José Luis López de Lacalle era sencilla. Se trataba de un periodista que a través de su columna en el diario madrileño «El Mundo» criticaba sin ambigüedades a los etarras, señalando que lo que aspiraban a hacer era imponer su propio esquema fascista a un pueblo mayormente reacio a recluirse dentro de la cárcel que los violentos le estaban preparando, y los terroristas, puesto que no lograron contestarle con argumentos mejores, optaron por acribillarlo a balazos frente a su casa en la localidad vasca de Andaoin. Desde el punto de vista de los etarras y de quienes los respaldan, asesinar a periodistas influyentes puede considerarse muy lógico; para ellos, un intelectual como Lacalle silenciado les reportará más dividendos que la muerte de media docena de concejales del Partido Popular. En la guerra que los terroristas están librando contra España las ideas son fundamentales, de suerte que una crítica contundente puede ocasionarles más perjuicios que un voto adverso en una asamblea, la captura de los integrantes de un comando o el descubrimiento de un arsenal clandestino. Quieren que en el País Vasco las únicas voces que se oigan sean aquéllas de los complacientes y de los intimidados que se autocensuren por miedo a llamar la atención de los violentos. En ciertas circunstancias, tal estrategia puede funcionar: en la Argentina, la cautela, acaso comprensible, de los medios más poderosos frente al terrorismo «de izquierda» antes de marzo de 1976 y después, frente a la violación sistemática de los derechos humanos por la dictadura, permitió que el país se precipitara por una espiral de crueldad que no llegaría a su fin hasta que el régimen militar, totalmente desacreditado, se desplomara.
Lo mismo que los terroristas y, más tarde, los militares en la Argentina, ETA espera hacer creer que sus enemigos son los del pueblo en su conjunto, pero no es nada probable que tenga éxito en esta empresa. A lo sumo, podrían lograr horrorizar tanto al resto de España que la población termine reaccionando como la inglesa, que estaría más que dispuesta a celebrar la incorporación del Ulster en el estado de Irlanda pero no puede hacerlo porque los protestantes insisten en seguir siendo británicos. En cierta manera, la situación en el País Vasco es comparable, aunque la división entre los independentistas y los otros no tiene nada que ver con un conflicto entre confesiones religiosas. Los comprometidos con la independencia aparte, los vascos no viven aislados de los demás españoles y, lo mismo que los moderados norirlandeses, entienden muy bien que el terrorismo está devastando su sociedad, empobreciéndola no sólo materialmente sino también espiritualmente. Aunque muchos sí preferirían un grado mayor de independencia, siempre y cuando un hipotético estado vasco no se viera expulsado de la Unión Europea, no constituyen una mayoría y, a pesar de la voluntad de dirigentes moderados a seguir relacionándose con ETA, en parte por temor y en parte por no querer perder votos afirmándose totalmente contrarios a la independencia, no hay demasiados motivos para creer que dicha situación esté por modificarse.