FCP y Edersa, unidos por el arte

La empresa eléctrica reafirmó su padrinazgo.

Por Redacción

“La energía que ilumina el arte” es el lema de la unión estratégica entre Fundación Cultural Patagonia (FCP) y la empresa Edersa, un proyecto cultural muy importante para Río Negro, que soltará amarras a partir del desarrollo de las giras del Teatro de Títeres de FCP, que recorrerán las escuelas de toda la provincia a lo largo de este 2016 y serán visto por unos 10.000 niños. La iniciativa se materializó el jueves pasado cuando, en el edificio roquense de la FCP, firmaron un convenio el presidente de dicha institución, el arquitecto Norberto Rajneri; el titular de Edersa, Matías Bourdieu; y el gerente Comercial de la distribuidora eléctrica, Fernando Sánchez. El Teatro de Títeres de FCP, dirigido por Manuel Vera, inició sus actividades en el 2004, siendo sus primeros directores Carmen Loguercio y el propio Vera. Desde su génesis mantuvo la actividad con diferentes actores, músicos y titiriteros, que son solicitados de acuerdo a las necesidades de las obras a representar (la tendencia siempre fue mantener un elenco consolidado a lo largo del tiempo). El objetivo fundamental de la agrupación es acercar el teatro de títeres a las escuelas más alejadas de los principales centros urbanos, labor que se concreta anualmente con un promedio de 90 representaciones ante aproximadamente 10.000 niños. El accionar del grupo está orientado a la interrelación de las disciplinas de teatro y títeres con el resto de las expresiones artísticas. La compañía teatral ha recorrido innumerable cantidad de ciudades y parajes de la provincia desde sus inicios y este trabajo continúa sin cesar, y a partir de este año, con el padrinazgo de Edersa, que mediante un ambicioso programa de Responsabilidad Social Empresaria colaboró con la adquisición de un vehículo perfectamente equipado para las giras, el traslado de escenografía y títeres y la solidez para el tránsito por caminos de tierra. Además, apoyará la iniciativa con un aporte mensual para que las giras del Teatro de Títeres puedan continuar acercando el arte a niños de todas las edades para los que, muchas veces, es su primer contacto con el arte. Para Fundación Cultural Patagonia este es un paso más que suma a la renovación ininterrumpida de sus propuestas, a su apertura constante a la sociedad y a la colaboración con otras entidades. Como bien expresaron los directivos del ente artístico: “Es un honor sumar a Edersa a esta propuesta que venimos realizando desde hace muchos años y que nos enorgullece por la cualidad social y educativa de la misma, que permite compartir el arte con públicos que rara vez tienen ocasión de asistir a espectáculos culturales. Esto demuestra también el compromiso de Edersa con la cultura y la educación”. Por su parte, el presidente de Edersa expresó su alegría por la nueva alianza y el objetivo fundamental de que las obras “sirvan como vehículo para educar a los niños sobre el uso racional y el cuidado de la energía, y concientizar acerca de sus grandes beneficios y riesgos que conlleva”. Así, ambas instituciones se fusionan con una meta en común que permitirá llevar la propuesta a mayor cantidad de lugares de la provincia, ya que la demanda es muy alta y el cronograma del Teatro de Títeres rápidamente agota sus funciones para todo el año. El elenco presenta, en la actualidad, la obra “Un viajecito medio largo”, que relata la travesía de una compañía, integrada por músicos, bailarines, titiriteros y actores, que cuenta las diferentes historias y momentos vividos en su recorrido por las regiones del país. Acompañan el relato con la música y danzas folclóricas típicas de cada lugar.

Cultura y espectáculos

El disparador Clip Por Juan Ignacio Pereyra pereyrajuanignacio@gmail.com Volví a casa después de jugar al fútbol y me dolía mucho el dedo medio del pie. Tanto, que creía que estaba fracturado. Pero era de noche y estaba cansado, así que no fui a la guardia. Tomé un antiinflamatorio y me puse hielo. En Internet leí que los problemas en los pies están relacionados con el miedo a los detalles del futuro, al porvenir. Me eché en el sofá a leer un cuento de Truman Capote que había impreso a la tarde. Liberé las tres hojas que estaban enganchadas por un clip, el cual automáticamente me lleve a la boca como para tenerlo a mano y no perderlo. Ahí quedó, apenas sobresaliendo entre los labios. El cuento trata de una señora mayor, viuda, que vive sola y que, de pronto, conoce a una niña que se llama Miriam, igual que ella. Me enganchó desde la primera línea; pero estaba fundido y me dormí al cuarto párrafo. Creo que fueron dos minutos. Al abrir los ojos sentí que habían sido revitalizadores. El clip seguía en mi boca y pensé qué era una suerte no habérmelo tragado. El living estaba en silencio. Los tres gatos dormían uno sobre el otro. Retomé el cuento. Avancé rápido pero el envión duró poco. Después de leer “… de pronto sintió que necesitaba ayuda…”, se me nubló la vista y se fueron mezclando los párrafos, hasta que se me cerraron los ojos, de nuevo. Y tuve un sueño, del que tomé nota en el celular apenas me desperté. Al bajar de un ascensor, a un enano se le quedaba enganchado el sobretodo en la puerta automática. Cuando el ascensor subía le arrancaba el sobretodo. La gente a su alrededor lo miraba, tomándole fotos y filmándolo con sus celulares. Ya estaba más despabilado que la siesta anterior. Y seguía con el clip entre los labios. Otra vez pensé qué era raro que no se me hubiese caído. Retomé el cuento con la intención de llegar al final de un tirón. Estaba algo incómodo, con la sensación de que iba a tener que volver a leerlo todo otra vez. “… al fin de cuentas uno nunca podía ser testigo infalible…”, fue la última frase que leí antes volver a quedarme dormido. Unos minutos después me despertó el silbido de mi mujer, que abría la reja de entrada de casa. De mal humor, me intenté poner de pie y tuve que sostenerme con las manos para no caerme: ya tenía el dedo del pie hinchado y morado. Me apoyé sobre el talón y mantuve el equilibrio. El clip, noté entonces, no lo tenía más entre los labios. Lo busqué en la silla y en el piso, pero no estaba. Los gatos seguían dormidos. Mi mujer entró sonriente al living, ajena a mi dolor y, más que nada, a mi creciente malestar. Ella estaba contenta, había tenido un buen día. Le había ido bien en el primer encuentro de un curso de escritura pero, sobre todo, aún le duraba la alegría de la tarde, cuando dos amigos le contaron que la habían elegido madrina de su hijito. Estaba emocionada. Me dijo que esa sorpresa la había sacudido y que le había cambiado la perspectiva a todo el resto del día. “Casi que me olvidé que tengo que entregar un trabajo… Bah, ya no me preocupa tanto como esta mañana”, comentó. Entonces le conté que no encontraba el clip. Le causó gracia, parece, porque sonrió y después me dijo: “No te preocupes, ¿qué puede pasar? En todo caso, mañana te hacés una radiografía. Y si está el clip, hacemos un video y contamos la historia del hombre que se quedó dormido y se comió un clip”.

La bici de Teófilo Jorge Vergara jvergara@rionegro.com.ar Ninguno había tenido hasta ese día la brillante idea. Todos en el barrio discutían quién andaba más rápido, quién se animaba a más, quién podría competir cuando se hiciera la gran carrera a Belén. Pero Teófilo no era del palo, no se distinguía por su afecto a la bici, aunque estaba claro que la utilizaba porque a diario se lo veía pasar por las calles del pueblo. Teófilo era así, cuando hacía algo se distinguía del resto por los golpes de efecto. Desde la zapatilla llamativa que usaba, hasta la ropa colorida, no tan frecuente hace algunas décadas, eran distintas al resto. Es que no concebía la vida como una simple manera de copiar al resto. Si decidía ir a la peluquería, ya en esos tiempos, aparecía con un corte diferente. Lo que menos pensaron todos fue que el golpe de efecto vendría del lado de su gastada y desteñida bici de mujer. Claro, Teófilo hasta se distinguió con eso, cuando todos usaban bicis con cuadro alto para hombre, él tenía una de mujer. Pero no fue este detalle el que lo instaló en el centro de la admiración. Un día nos dijo que en cualquier momento nos daría una sorpresa. Ni a sus más allegados les dio detalles. Una tarde de verano Teófilo apareció con su bici de mujer y en ella se podía apreciar con claridad que estaba su sello. La bici, pintada de un extraño color marrón, no tenía manubrio, tenía volante de camioneta, colocado perfectamente de manera que quien anduviera en la bici la conducía como si estuviera al frente de un vehículo de cuatro ruedas. Acostumbrados a las bicis tradicionales, era bastante complicado conducirla. Pero claro, el freno que habitualmente va en el manubrio, esta vez tenía otro lugar. Estaba puesto en el caño que baja en las bicis de mujer y se accionaba con el pie. Es decir, no sólo en el volante la bici se parecía a un auto, sino también en los frenos. Si Teófilo buscaba repercusión hay que admitir que la logró con creces. El barrio entero hacía cola para admirar su bici, para cuestionarle alguna cosa, pero sobre todo para dar una vuelta. Más de uno por hacerse el canchero cayó al piso sin escala, pero el grueso se la pedía para dar una vueltita y sentir la extraña sensación de andar en bici, pero sentir que andaba en auto. El ingenio esa vez se llevó todos los aplausos.


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