Flujos migratorios descontrolados
GUSTAVO CHOPITEA (*)
Con la teoría de la “patria grande” latinoamericana –que conforma la esencia misma de la Unasur, que procura una ciudadanía común– los flujos migratorios en la región parecen estar bastante descontrolados, particularmente cuando el tradicional atractivo del norte del continente –ahora sumido en lo que luce será una larga recesión– se ha desdibujado para quienes emigrando procuran huir de la miseria que aún es una triste realidad en algunos rincones de Latinoamérica como sucede, por ejemplo, en Cuba y Haití, los dos países con condiciones sociales más precarias de la región. Prueba de ello es, por ejemplo, lo que sucede ahora con los haitianos que, cual ola creciente, procuran entrar a Brasil a través de la frontera peruano-ecuatoriana. Cientos de ellos están varados en la zona de Puerto Maldonado en Iñapari, Madre de Dios. Muchos acampan como pueden, abarrotando el pequeño poblado de frontera, a la espera de obtener la autorización necesaria para el ingreso reglamentario a Brasil. Todos subsisten apenas. Viven entonces en condiciones sumamente precarias, sin techo. Casi sin medicinas y hasta con hambre. Como si ello fuera poco, en la fragilidad en que están sumidos son presa fácil –especialmente las mujeres– para las mafias especializadas en la trata de personas. Muchos están cansados y algunos hasta agotados. Comparten la ansiedad –y el sueño– de poder salir pronto de la desesperanza y comenzar a tener un futuro mejor para ellos y para sus familias, por ahora con apenas el apoyo precario del párroco local y el aparente olvido de la región. Por esto es hora de salir de la retórica y la declamación fácil y pomposa que caracterizan nuestras excesivas reuniones regionales y tomar efectivamente este toro por las astas, de manera de saber primero lo que sucede y tratar de ordenar, al menos mínimamente, los actuales flujos humanos. La realidad, entonces. Pocos temas como éste afectan tan directamente a los más pobres en una región que parece haberlos olvidado. Se trata de gente que, desesperada, huye de la miseria y camina desamparada en busca de la dignidad que muchos aún no han encontrado en lo que va de sus vidas. La urgencia descripta debe reconocerse y atenderse sin más demoras, con los recursos del caso y con toda la seriedad que la delicada cuestión requiere. Sin discursos y con hechos, entonces. (*) Analista del Grupo Agenda Internacional
GUSTAVO CHOPITEA (*)
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