Francia y la ultraderecha
Para sorpresa de nadie, el electorado francés aprovechó la oportunidad brindada por los comicios del domingo pasado para manifestar su desaprobación del gobierno del presidente François Hollande que, de acuerdo común, se las ha arreglado para decepcionar a quienes lo llevaron al poder hace dos años. Aunque los socialistas lograron triunfar en París, donde Anne Hidalgo, de origen andaluz, se anotó una victoria fácil, en otros distritos sus candidatos se vieron superados por sus rivales de la conservadora Unión por un Movimiento Popular del expresidente Nicolas Sarkozy. Con todo, a ojos de muchos el principal ganador de la jornada resultó ser el Frente Nacional liderado por Marine Le Pen. Aunque el desempeño de su partido en las urnas no fue tan bueno como algunos habían previsto, los observadores coinciden en que se ha consolidado como una tercera fuerza. Pues bien, si la francesa Marine Le Pen fuera una política argentina, su fervor nacionalista no sería considerado del todo excepcional. Tampoco motivarían inquietud sus ideas acerca de la realidad económica ya que, en términos generales, se asemejan mucho a las que suelen reivindicar peronistas, radicales e izquierdistas. Pero en Europa tanto el nacionalismo como el populismo económico están mal vistos, de ahí la alarma que ha provocado el avance del Frente Nacional que, en la segunda vuelta de las elecciones municipales que se celebraron el domingo pasado, logró apoderarse de 14 alcaldías, desplazando a socialistas o conservadores del partido de Sarkozy. Conforme a las pautas europeas –no las argentinas– el Frente Nacional es una agrupación de la ultraderecha, heredera de los movimientos fascistas que tantos horrores provocaron en la primera mitad del siglo pasado. En cierto modo lo es, ya que el fundador, Jean-Marie Le Pen, el padre de Marine, sí comulga con el fascismo antisemita, pero su hija se ha esforzado por alejarlo de sus orígenes turbios, lo que le ha permitido conseguir la adhesión de sectores, sobre todo de la clase obrera que antes apoyaba a los comunistas, que históricamente se han opuesto a la derecha extrema. En la Europa actual la “ultraderecha” se caracteriza no sólo por el autoritarismo sino también por la resistencia nacionalista a subordinarse a los dictados de “Bruselas”, o sea, las instituciones de la Unión Europea, y por la convicción de que el Islam plantea una amenaza muy grave a la identidad de los distintos países. Los intentos de los alarmados por el surgimiento de partidos como el Frente Nacional galo de desprestigiarlos por su oposición al proyecto europeo y a la presencia de grandes comunidades de costumbres incompatibles con las de sociedades modernas han sido contraproducentes porque tales sentimientos distan de ser irracionales. No cabe duda de que la UE sufre un “déficit democrático”, ya que los funcionarios de Bruselas se han acostumbrado a pasar por alto las opiniones ajenas y el Parlamento Europeo carece de autoridad. Asimismo, la larga crisis socioeconómica de la Eurozona se ha visto agravada por el hecho evidente de que medidas acaso apropiadas para Alemania o Finlandia no lo serán en absoluto para Grecia, España o Italia. Asimismo, es natural que los menos sofisticados se sientan amenazados por la inmigración masiva de personas de formación cultural y religiosa muy distinta de la europea y que, para colmo, no tienen interés alguno en dejarse asimilar sino que, por el contrario, incluyen entre sus líderes a quienes se afirman resueltos a imponer su propio credo por los medios que fueran. Por miedo a la reacción popular frente a lo que muchos toman por una invasión facilitada por elites acomodadas, conservadores y socialistas se han sentido obligados a adoptar medidas que algunos años antes hubieran repudiado por “xenófobas”, prohibiendo el uso del velo islámico en público y expulsando a religiosos por predicar a favor de la guerra santa contra los infieles, además de intervenir en países africanos atacados por islamistas como Malí. Para frenar el avance de movimientos como el encabezado por Marine Le Pen, los líderes de los partidos tradicionales han tenido que reconocer que su auge se ha debido menos a sus propios méritos que a la negativa de los demás a hacer frente a los problemas muy difíciles, pero así y todo genuinos, planteados por el fracaso del multiculturalismo y por la evolución reciente de las economías avanzadas.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Viernes 4 de abril de 2014
Para sorpresa de nadie, el electorado francés aprovechó la oportunidad brindada por los comicios del domingo pasado para manifestar su desaprobación del gobierno del presidente François Hollande que, de acuerdo común, se las ha arreglado para decepcionar a quienes lo llevaron al poder hace dos años. Aunque los socialistas lograron triunfar en París, donde Anne Hidalgo, de origen andaluz, se anotó una victoria fácil, en otros distritos sus candidatos se vieron superados por sus rivales de la conservadora Unión por un Movimiento Popular del expresidente Nicolas Sarkozy. Con todo, a ojos de muchos el principal ganador de la jornada resultó ser el Frente Nacional liderado por Marine Le Pen. Aunque el desempeño de su partido en las urnas no fue tan bueno como algunos habían previsto, los observadores coinciden en que se ha consolidado como una tercera fuerza. Pues bien, si la francesa Marine Le Pen fuera una política argentina, su fervor nacionalista no sería considerado del todo excepcional. Tampoco motivarían inquietud sus ideas acerca de la realidad económica ya que, en términos generales, se asemejan mucho a las que suelen reivindicar peronistas, radicales e izquierdistas. Pero en Europa tanto el nacionalismo como el populismo económico están mal vistos, de ahí la alarma que ha provocado el avance del Frente Nacional que, en la segunda vuelta de las elecciones municipales que se celebraron el domingo pasado, logró apoderarse de 14 alcaldías, desplazando a socialistas o conservadores del partido de Sarkozy. Conforme a las pautas europeas –no las argentinas– el Frente Nacional es una agrupación de la ultraderecha, heredera de los movimientos fascistas que tantos horrores provocaron en la primera mitad del siglo pasado. En cierto modo lo es, ya que el fundador, Jean-Marie Le Pen, el padre de Marine, sí comulga con el fascismo antisemita, pero su hija se ha esforzado por alejarlo de sus orígenes turbios, lo que le ha permitido conseguir la adhesión de sectores, sobre todo de la clase obrera que antes apoyaba a los comunistas, que históricamente se han opuesto a la derecha extrema. En la Europa actual la “ultraderecha” se caracteriza no sólo por el autoritarismo sino también por la resistencia nacionalista a subordinarse a los dictados de “Bruselas”, o sea, las instituciones de la Unión Europea, y por la convicción de que el Islam plantea una amenaza muy grave a la identidad de los distintos países. Los intentos de los alarmados por el surgimiento de partidos como el Frente Nacional galo de desprestigiarlos por su oposición al proyecto europeo y a la presencia de grandes comunidades de costumbres incompatibles con las de sociedades modernas han sido contraproducentes porque tales sentimientos distan de ser irracionales. No cabe duda de que la UE sufre un “déficit democrático”, ya que los funcionarios de Bruselas se han acostumbrado a pasar por alto las opiniones ajenas y el Parlamento Europeo carece de autoridad. Asimismo, la larga crisis socioeconómica de la Eurozona se ha visto agravada por el hecho evidente de que medidas acaso apropiadas para Alemania o Finlandia no lo serán en absoluto para Grecia, España o Italia. Asimismo, es natural que los menos sofisticados se sientan amenazados por la inmigración masiva de personas de formación cultural y religiosa muy distinta de la europea y que, para colmo, no tienen interés alguno en dejarse asimilar sino que, por el contrario, incluyen entre sus líderes a quienes se afirman resueltos a imponer su propio credo por los medios que fueran. Por miedo a la reacción popular frente a lo que muchos toman por una invasión facilitada por elites acomodadas, conservadores y socialistas se han sentido obligados a adoptar medidas que algunos años antes hubieran repudiado por “xenófobas”, prohibiendo el uso del velo islámico en público y expulsando a religiosos por predicar a favor de la guerra santa contra los infieles, además de intervenir en países africanos atacados por islamistas como Malí. Para frenar el avance de movimientos como el encabezado por Marine Le Pen, los líderes de los partidos tradicionales han tenido que reconocer que su auge se ha debido menos a sus propios méritos que a la negativa de los demás a hacer frente a los problemas muy difíciles, pero así y todo genuinos, planteados por el fracaso del multiculturalismo y por la evolución reciente de las economías avanzadas.
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