Frente al encierro venezolano
Panorama nacional
Con el correr de las semanas, casi no quedan dudas de que la salida de Susana Malcorra tuvo una relación directa con la situación en Venezuela. Tal vez sea cierto que la ex canciller asumió una gestión que llevaba fecha de vencimiento; ya lo insinuaba desde el inicio su voluntad de disputar la secretaría general de las Naciones Unidas, voluntad con la que se involucró el gobierno, y que resultó una expedición frustrada. Pero el alejamiento de Malcorra del Palacio San Martín siguió a un giro de la posición de la Argentina en relación al ahora sangriento conflicto en Caracas. Ella misma lo expresó sin vueltas en una entrevista con el diario Clarín, al día siguiente de su renuncia, en mayo pasado: “No siempre coincidí en un ciento por ciento con la Jefatura de Gabinete”.
Hay que decir que junto al giro argentino, también giró el escenario en Venezuela. Todo lo que allí podía empeorar, empeoró. Las protestas en la calle han dejado más de 125 muertos y miles de heridos y detenidos desde finales de marzo, cuando el Tribunal Supremo de Justicia se atribuyó funciones legislativas en un intento de disolución de la Asamblea Nacional, dominada por la oposición. Ese intento se consumó el viernes, con la apertura de la Asamblea Constituyente, que para las ensoñaciones chavistas, representa una suerte –es más bien un sucedáneo–, de Comité de Salvación Nacional de la Revolución Francesa. Aquel Comité, que también era un poder constituyente, con funciones ejecutivas, dio origen en Francia al período del Terror.
Desde San Pablo, funcionarios del gobierno argentino se apuraron en enviar ayer a sus contactos en Whatsapp la resolución adoptada por el Mercosur que dispone la suspensión de Venezuela del espacio regional por la ruptura del orden democrático. Es una decisión que había sido postergada por falta de consenso –se opuso Uruguay– en la reciente reunión de jefes de Estado en Mendoza. Sobre Caracas ya pesaba una sanción administrativa, de diciembre pasado, por incumplimiento de normativas del bloque. Esa sanción en realidad enmascaraba una condena ante la degradación de la situación institucional y la violación sistemática de los derechos humanos en ese país. Esa máscara finalmente ayer cayó (ver página 26).
La declaración de San Pablo cumple con las aspiraciones del presidente Mauricio Macri de endurecer la postura frente al régimen chavista. Esa era la posición original de Macri y de sus asesores en la jefatura de Gabinete en política exterior. La canciller Malcorra hizo cambiar la percepción del presidente sobre el abordaje del conflicto. Llevó incluso a que la Argentina moderara posiciones más duras en la OEA en favor de la expulsión de Caracas de la organización y contribuyó a la apertura de un diálogo con la oposición. El giro comenzó con Malcorra todavía en funciones, tras la destitución de Dilma Rousseff en Brasil y en paralelo al tropiezo de las iniciativas de diálogo propiciadas por la Santa Sede y Unasur.
La receta gradualista de Malcorra se reveló como un fracaso. Veinte estados, entre ellos la Argentina, los Estados Unidos y la UE y la Santa Sede, cuestionaron la elección de la Asamblea Constituyente y desconocieron sus resultados. Y el martes se reunirán en Perú los cancilleres de la OEA en una sesión urgente para aplicar la carta democrática contra Venezuela. Sin embargo, las razones que esgrimió entonces Malcorra siguen vigentes: la presión internacional sobre el régimen podría conducir a una explosión de violencia y a una crisis humanitaria en una escala incluso mayor a la que hemos conocido hasta ahora.
Las vacilaciones y dudas que ha mostrado la diplomacia en todos sus niveles revelan la complejidad de la crisis. Venezuela es un desafío para el que la región –y ahora el mundo– sigue ensayando salidas. La situación allí no ha derivado en una guerra civil sólo porque no existe correlación de fuerzas entre el régimen y la disidencia. Y sostener que hay equivalencia entre la responsabilidades de uno y de otra en esta tragedia es de un cinismo insoportable. El escenario que presenta Caracas es el de un encierro. Y acaso no hemos visto lo peor.
Las vacilaciones de la diplomacia en todos sus niveles revelan la complejidad de la crisis. El escenario es el de un encierro. Y acaso no hemos visto lo peor.
Datos
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