Fujimori se borra

A menos que el sucesor de Fujimori consiga formar un polo político fuerte, al Perú le esperará más inestabilidad.

Por Redacción

Al enviar desde Tokio, la capital del país de sus antepasados, su carta de dimisión a la presidencia del Perú, Alberto Fujimori parece haber puesto fin a una de las carreras públicas más extrañas y más polémicas que ha visto una región en la cual, según las pautas que la mayoría dice respetar, la política siempre ha sido pródiga en trayectorias insólitas y personajes extravagantes. Semanas antes de triunfar en las elecciones de 1990, Fujimori era un ingeniero agrónomo desconocido por la inmensa mayoría de sus compatriotas, condición que le resultó muy provechosa en un país en que la ciudadanía se sentía harta de las mañas inútiles de los políticos tradicionales, pero una vez en el poder logró gobernar con firmeza hasta que por fin le llegó la hora de rendir cuentas por su escaso respeto por las normas constitucionales o por la ley. Según sus muchos críticos, su caída se ha debido en buena medida a su pacto con Vladimiro Montesinos, un individuo misterioso acusado de una multitud de delitos, que se encargó de los trabajos sucios considerados necesarios para mantener el poder del presidente, pero que terminaron privándolo de lo que le quedaba de su legitimidad después del tristemente célebre «autogolpe» de abril de 1992 y de las reformas constitucionales destinadas a permitir la reelección presidencial.

Con todo, a pesar de su falta casi absoluta de experiencia política antes de ser elegido y su dependencia del «monje negro», Montesinos, la gestión de diez años de Fujimori no fue totalmente estéril. Logró derrotar a Sendero Luminoso, la organización terrorista más cruel de América Latina, e impulsó muchas reformas económicas sin duda dolorosas pero con toda seguridad necesarias. ¿Pudo haber hecho tanto un presidente de instintos menos autoritarios? Es probable que no. Como sabemos muy bien, en los países en que el orden político es corporativo y por lo tanto se resiste a permitir cambios que perjudicarían a los intereses creados, en ocasiones conviene que el presidente sea un «transgresor» dispuesto a violar las reglas tácitas y, por desgracia, es frecuente que los dirigentes de esta especie pasen por alto las reglas explícitas también. Así, pues, puede argüirse que los vicios que hundirían la «fujicracia» constituían el envés de las virtudes que le permitieron anotarse algunos logros muy importantes en las fases iniciales de su largo período en el poder. Por supuesto, sería mejor que países en graves dificultades como el Perú fueran gobernados por mandatarios a la vez fuertes y rigurosamente respetuosos de la Constitución y de los derechos ajenos, pero ocurre que la cultura política común a la región parece reacia a producir muchos estadistas de este tipo.

Por motivos comprensibles, casi todos los peruanos, encabezados por los miembros del gobierno, han reaccionado con indignación frente a la forma nada ortodoxa de dimitir

de «el Chino», líder

personalista que no supo crear un movimiento político capaz de asegurar que su país siguiera por el «rumbo» que había elegido. Ahora, a los miembros del gobierno actual les corresponde arreglar un interinato para después celebrar elecciones y al eventual ganador a reconstruir un sistema de poder que pueda reemplazar aquel que durante tanto tiempo ha girado en torno de la figura de Fujimori. Esta segunda tarea no será del todo fácil. A menos que el sucesor de Fujimori -el cual bien podría resultar ser el líder opositor Alejando Toledo- consiga formar un polo político lo bastante fuerte como para gobernar con la decisión exigida por circunstancias muy duras sin por eso caer en las tentaciones planteadas por el autoritarismo y la corrupción que andando el tiempo arruinarían a Fujimori, al Perú le esperará un período de inestabilidad creciente que le impediría adaptarse al mundo globalizado hipercompetitivo que está configurándose. Por cierto, el que sean tan inciertas las perspectivas frente a la Argentina, la cual en muchos sentidos es el país más avanzado de América Latina, no estimula el optimismo en cuanto a las posibilidades de que el Perú logre completar en las próximas décadas la transición desde el caudillismo corporativo tradicional hacia la democracia procapitalista y liberal, que es la característica más evidente del mundo desarrollado.