¿Gabinete de vagos?
Es poco probable que el país cuente con un gobierno coherente antes de que la generación actual de “dirigentes” haya sido reemplazada.
Que el presidente Fernando de la Rúa quisiera que los integrantes de su gobierno trabajaran con más ahínco, que se esforzaran por obrar con más eficacia y que hicieran lo posible por “desterrar” el pesimismo, es comprensible. Después de todo, su propio éxito, para no hablar del futuro del país, depende en cierta medida del desempeño del equipo gobernante. Lo que no es tan fácil de entender es su motivo para formular tales exhortaciones en público, como en efecto hizo, al celebrar una reunión multitudinaria en la quinta presidencial de Olivos. Aun cuando logre su propósito de convencer a la ciudadanía de que es un jefe auténtico, rebosante de autoridad, lo haría a costa de difundir la impresión de que a su juicio hasta ahora los miembros de su gobierno se han mostrado poco aplicados, ineficaces y demasiado pesimistas. De ser así, debería despedirlos enseguida, no intentar humillarlos aunque sólo sea de manera colectiva.
Aunque es de suponer que una proporción excesiva de los funcionarios jerárquicos del gobierno está más interesada en temas relacionados con las candidaturas que en sus tareas formales, preferencia ésta que comparte con el resto de la “clase política” nacional, las deficiencias evidentes de la gestión delarruista se deben a algo más que la haraganería o desprolijidad típicas de individuos obsesionados con las internas. En la raíz de su mala performance está la ausencia de un programa de gobierno claro con el cual todos los funcionarios puedan sentirse comprometidos. Se trata del pecado original tanto de la Alianza como de la dirigencia política nacional en su conjunto. El presidente Carlos Menem consiguió superarlo entregándose vigorosamente a la variante del “liberalismo” en la que se basaría el “modelo”, con la seguridad de que en su condición de jefe de un movimiento caudillista no tendría que preocuparse por las protestas de sus compañeros. En cambio De la Rúa, además de ser menos vehemente que su antecesor, tiene que colaborar con personas menos dispuestas a obedecerlo sin chistar.
Con todo, parecería que luego de más de un año en el poder los dirigentes de la Alianza están familiarizándose con el hecho de que, les guste o no, tendrán que gobernar el país tal como efectivamente es, en un mundo que no se ajustará a fin de complacer a la UCR o al Frepaso y que por lo tanto les convendría obrar con la mayor eficacia posible. Una de las razones principales del estancamiento que ha caracterizado a los años últimos consiste en que tanto el segundo gobierno de Menem como el actual se han visto trabados por lo que podría calificarse de una oposición interna, o sea, por la propensión de muchos funcionarios ya a trabajar con tristeza, ya a procurar frustrar o desvirtuar las distintas iniciativas porque las creen impuestas por fuerzas en su opinión malignas como el “mercado”, el Fondo Monetario Internacional o “el liberalismo” autóctono. El movimiento de resistencia así supuesta se ha anotado muchos triunfos, pero ocurre que el gran derrotado ha sido el país, no los “neoconservadores” o sus aliados extranjeros habitualmente fustigados por líderes aliancistas como Raúl Alfonsín y, de modo menos furibundo, Federico Storani. Asimismo, si bien los “disidentes” hiperpopulistas que se oponen a las medidas oficiales no cumplen tareas en el gobierno mismo, sus actividades inciden en la actitud de los funcionarios, contribuyendo a convencerlos de que en circunstancias determinadas hasta los alardes de inoperancia más flagrantes pueden justificarse.
Por razones políticas conocidas, es poco probable que el país cuente con un gobierno coherente cuyos integrantes crean firmemente en el valor de lo que hagan antes de que la generación actual de “dirigentes” haya sido reemplazada por otra de formación muy distinta. Sin embargo, a menos que tengamos un gobierno plenamente consustanciado con su propia estrategia, conformado por funcionarios idóneos de gran capacidad, seguirá siendo muy difícil que el país finalmente logre aprovechar el vigor y los talentos de sus habitantes. He aquí el gran desafío que enfrenta no sólo De la Rúa sino también todos los demás integrantes de la clase dirigente. Es innecesario decir que para superarlo se requerirá algo más que algunas exhortaciones presidenciales.