Gastronomía neuquina: una mesa con identidad a orillas del Nahuel Huapi

Referente en capacitaciones, ferias y encuentros gastronómicos dentro y fuera de la provincia, el chef Martín Páez comparte una experiencia que combina identidad, paisaje e ingredientes regionales.

Nacido en Buenos Aires, el chef Martín Páez eligió el sur para hacer crecer su proyecto profesional y formar familia. Foto: Sebastián Puentes.

Es temprano en Bahía Manzano, en Villa La Angostura. El lago Nahuel Huapi está calmo, apenas intervenido por el paso lento de un kayak que cruza la bahía y por algunos turistas que caminan con sus perros por la orilla. La villa despierta sin apuro. El día se abre de a poco, como si también necesitara entrar en clima.

En ese escenario, a orillas del lago, comienza a desplegarse una experiencia gastronómica que tiene algo de ritual cotidiano y mucho de identidad territorial. El chef Martín Páez cocina con productos de la provincia del Neuquén y convierte la escena en una síntesis clara: paisaje, ingredientes, saberes y cultura reunidos en una misma mesa.

Nada está puesto al azar. Cada producto que aparece sobre la mesa tiene un origen preciso dentro de la provincia. Hay peras y manzanas neuquinas, aceite de oliva elaborado en Centenario, vinos patagónicos de San Patricio del Chañar. También hay un licor artesanal de hierbas y especias que llega desde Villa Meliquina, producido por la familia Casolli, y salsas de rosa mosqueta y sauco elaboradas por productores locales de Villa La Angostura.

Martín Páez no enumera ingredientes: los contextualiza.

A medida que la cocina avanza, se suman los productos silvestres que definen buena parte de la identidad gastronómica de la región: hongos de pino recolectados en los bosques de San Martín de los Andes, trucha y ciervo ahumados en emprendimientos locales, elaborados con técnicas tradicionales y tiempos largos de cocción.

Martín Páez no enumera ingredientes: los contextualiza. Cada producto – emblemático y típico-, viene acompañado de una historia, de un modo de recolección, de una familia o de una práctica que se transmite desde hace generaciones. En ese gesto aparece su rol como divulgador de la gastronomía neuquina, una tarea que sostiene desde hace años en capacitaciones, ferias y encuentros gastronómicos dentro y fuera de la provincia. Y que bien hace, al representarla como Embajador.

La biografía también explica esa mirada. Páez nace en Buenos Aires y se forma allí como cocinero. Más tarde decide venir al sur y establecerse en Villa La Angostura. No es un paso circunstancial: es una elección de vida. Aquí construye su proyecto personal y profesional, y aquí forma su familia. Su hijo, Tahiel —nombre mapuche que forma parte del himno provincial— sintetiza ese arraigo elegido y profundo.

Esa decisión atraviesa su cocina. Neuquén aparece como una provincia de múltiples capas: un territorio que alguna vez fue océano, que conserva restos fósiles de millones de años, que guarda la presencia viva del pueblo mapuche y que se construye, generación tras generación, con personas que nacen aquí y con otras que llegan, se quedan y echan raíces. Todo eso convive en los platos.

La propuesta gastronómica se adapta al momento y al entorno. Es verano, el lago acompaña y la cocina busca frescura. Páez prepara bruschettas con pan casero y quesos artesanales de Junín de los Andes. A esa base se suman trucha ahumada de Villa La Angostura y ciervo ahumado, combinados con peras, frambuesas y frutillas recolectadas en la región.

Los condimentos terminan de construir el plato: aceite de oliva neuquino, mezclas de hongos de pino con romero, merkén y cebolla, y ralladura de limón para aportar notas cítricas. El resultado juega con texturas y contrastes —dulce, amargo, ahumado, fresco— sin perder equilibrio.

El ahumado ocupa un lugar central. Trucha y ciervo se elaboran con leña de lenga, proveniente de los cerros cercanos, en procesos de cocción prolongados que respetan el producto y potencian su sabor. En algunos casos se incorporan notas de naranja y miel, siempre con criterio de moderación.

Mientras la cocina avanza, la mesa también comunica. Los cuencos, las tablas, los textiles, la vajilla y hasta los objetos que acompañan la escena pertenecen a Artesanías Neuquinas, la empresa provincial que pone en valor el trabajo de artesanos y artesanas de todo el territorio. No es un detalle menor: el cien por ciento de esa mesa —en sus cinco sentidos— es neuquinidad. Los sabores, los aromas, las texturas, los colores y los objetos cuentan una misma historia.

Algunos turistas se acercan con curiosidad. Preguntan qué se está cocinando, de dónde vienen los productos, cómo se combinan. El plato va tomando forma y también sentido. El lago sigue respirando tranquilo. La mañana avanza y la vida en Villa La Angostura se despliega con su ritmo habitual: paciente, relajado, sin estridencias.

Desde este rincón del sur neuquino, Páez desarrolla una cocina que no busca imitar tendencias globales, sino afirmar diferencias. En ferias y eventos nacionales e internacionales, los productos de Neuquén despiertan interés y preguntas: el piñón, los hongos de pino, los ahumados, los vinos, las frutas patagónicas. Cada uno funciona como embajador del territorio.

La experiencia en Bahía Manzano condensa esa mirada. Cocinar a orillas del Nahuel Huapi no es solo una elección escénica, sino una forma de reafirmar que la gastronomía neuquina está profundamente ligada a su ambiente, a su gente y a su historia. En cada plato hay paisaje, memoria y presente.

La mesa se comparte. El fuego sigue encendido.

Neuquén, una vez más, se cuenta a sí mismo a través de sus sabores.


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