Gerardo Burton: malos entendidos





Los malentendidos forman parte indisoluble de este oficio. Valga como ejemplo la publicación de mi primer libro de poemas. En ese entonces (1978), la editorial Botella al mar organizaba en un departamento del barrio del Once en Buenos Aires cursos y encuentros con poetas consagrados o en vías de serlo. Los más jóvenes –que jamás nos consagraríamos– íbamos con nuestros borradores manuscritos, a veces con poemas mecanografiados, que distribuíamos con ansiedad. Hebe Solves, poeta a quien considerábamos maestra –y bien que lo fue–, sugirió la publicación de unos textos que le había dado para leer. Lo gracioso fue que, cuando finalmente me decidí a editar, entregué otros poemas, peores y mal corregidos creyendo que eran los que habían motivado la recomendación y a los que nunca volví a ver. Los editados, pese a su discutible calidad, sirvieron para que continuara en la tarea de poeta. La confusión no despeja las incógnitas sobre el oficio. Por ejemplo: ¿qué mecánica tiene la escritura de un poema? ¿En qué condiciones se escribe? ¿Sentado? ¿De pie? ¿Caminando? ¿Acostado? ¿Conduciendo un automóvil o un camión mientras se aprovechan los semáforos? ¿Es más conveniente la pampa o la meseta para la escritura? La poesía, ¿se da mejor en el litoral tropical o en la Patagonia austera? ¿Cuál paisaje es más mágico? ¿Cómo conviene escribir? puede utilizarse la mano izquierda aunque uno sea diestro y mantener horarios y ritmos o acaso sean favorables ritos que necesariamente deben cumplirse, como en una liturgia pagana. O no hay ninguno, y todo es puro azar. Lo primero es aire: la palabra es aire, sea pronunciada o no. Silencio o voz. Aire interrumpido, entonado, cantado, gritado. Proferido. Luego es necesario buscar un soporte para almacenar el apunte del poema: un papel, una cinta de grabación (antes) o un dispositivo informático (ahora). Pero lo mejor es el papel, una libreta pequeña que quepa en un bolsillo, en una cartera. Una libreta y una lapicera o un lápiz. La lapicera, mejor que sea de tinta fluida: la mano corre ágil y la letra se dibuja casi sola, como arabesco, como línea o trazo que hiende un espacio hasta entonces virgen y desconocido. Nunca se sabrá cómo la imagen llega al papel. Tampoco si es una inspiración de la musa, un juego del demonio particular y doméstico o la simple eclosión de un pensamiento que se arrastra por calles, pasillos, veredas, parques. Como un reloj biológico paralelo que siempre trabaja, que no se detiene, que busca formas para que la materia se transforme y sea comulgada por todos. La forma es indigente, nunca llega a igualar la grandeza que se intuye en la materia, que ésta deja ver al trasluz. Y después, el tedioso trabajo de corregir: siempre, en el tórrido verano y en el helado invierno. En el otoño de ocres y en la primavera de vientos y polen. Corregir es, quizás, una actividad de mayor perseverancia que escribir. Pero la materia no es más que polvo, esquirlas, pequeños fragmentos de algo que se ha entrevisto: una luz, un movimiento, un gesto, un sonido, un pensamiento. Un mundo al que nos fue dado asomarnos, y del que alguna vez gozaremos. Otra orilla, nada más.


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