Gobernador golpeado
Desde hace aproximadamente diez años, los interesados en las vicisitudes políticas del país aguardan con impaciencia el momento en que Daniel Scioli rompa definitivamente con Cristina Fernández de Kirchner. Cuando eran respectivamente vicepresidente y “primera dama”, nadie ignoraba que la relación era francamente mala. A partir del 10 de diciembre de 2007 ha sido llamativamente peor. La presidenta está tan acostumbrada a aprovechar todas las oportunidades que surgen para castigar al gobernador de la provincia más importante del país por sus presuntos pecados ideológicos que pocos días transcurren sin que le aseste algunos golpes fuertes. Pero, para extrañeza de sus simpatizantes, hasta ahora Scioli se ha negado a reaccionar. Parece resignado a desempeñar un papel que, en sociedades arcaicas de rígidas tradiciones patriarcales, suele considerarse apropiado para la mujer, mientras que Cristina hace las veces del paterfamilias o esposo brutal. Así y todo, la imagen de Scioli no se ha visto afectada por su obsecuencia aparente. Acaso por su condición de exdeportista o porque, a pesar de las provocaciones a menudo groseras de la presidenta y sus laderos, sabe mantener la calma, sonriendo con frecuencia como si se creyera víctima de un chiste infantil, ha logrado defender un índice de aprobación que es superior al ostentado por Cristina, de ahí la frustración que claramente sienten los kirchneristas. Pues bien: últimamente se han multiplicado las versiones en torno a un eventual divorcio. Dependería de los cálculos de Scioli. Si llega a la conclusión de que los beneficios de continuar fingiendo estar dispuesto a dejar su destino en manos de Cristina serán escasos y las ventajas de actuar como líder de facto del poskirchnerismo, o sea, de la oposición, serían decididamente mayores, no tendría motivos para prolongar la comedia por mucho tiempo más. Por su parte, Cristina y sus incondicionales siguen apostando a que, si ayudan a hacer de la provincia un aquelarre movilizando a intendentes amigos y los estatales, comenzando con los docentes, finalmente lograrán privar al gobernador de aquella buena imagen que tanto los obsesiona. Entienden que, para gobernar, Scioli necesita más fondos, razón por la que el Poder Ejecutivo se los envía con cuentagotas, pero también temen que, de producirse demasiados estallidos sociales en el conurbano y el resto de la provincia, muchos no los atribuirían a las deficiencias de la gestión de Scioli sino a la mezquindad vengativa de Cristina y su gente. A juzgar por la evolución de las encuestas de opinión desde las elecciones de octubre del 2011, la hostilidad patente del gobierno nacional constituye una de las mejores cartas de triunfo de Scioli porque le permite endosar a otros la responsabilidad por la penurias de los bonaerenses. La paciencia sorprendente que durante años ha manifestado Scioli frente a los ataques kirchneristas le ha resultado muy provechosa pero, de agravarse mucho más la crisis económica, su negativa a reaccionar como haría un político más combativo, o más vanidoso, podría perjudicarlo, sobre todo en una etapa en la que la mayoría, sumamente preocupada por el agotamiento evidente del “modelo” de Cristina, quiere contar con una alternativa convincente. Según parece, Scioli y sus acompañantes prevén que el grueso de la ciudadanía preferiría una transición ordenada a una ruptura que podría ser traumática y que, luego de pensarlo, hasta los kirchneristas más vehementes comprenderían que sería de su interés encolumnarse detrás de una persona que, suponen, estaría dispuesta a defenderlos contra adversarios deseosos de obligarlos a rendir cuentas ante la Justicia. Puede que quienes piensan así pequen de optimismo. De deteriorarse con rapidez la situación socioeconómica, propenderán a achicarse las hipotéticas ventajas de ser el único político del país en condiciones de combinar la continuidad con el cambio. En tal caso, conseguir la aquiescencia resignada de Cristina y los miembros más pendencieros de su círculo áulico no contribuiría a hacer más atractiva la opción representada por Scioli sino que, por el contrario, la haría inaceptable a ojos de los decepcionados por el fracaso, quizás espectacular, del voluntarista proyecto K del que, mal que le pese, como vicepresidente y gobernador siempre ha sido una pieza esencial.
Desde hace aproximadamente diez años, los interesados en las vicisitudes políticas del país aguardan con impaciencia el momento en que Daniel Scioli rompa definitivamente con Cristina Fernández de Kirchner. Cuando eran respectivamente vicepresidente y “primera dama”, nadie ignoraba que la relación era francamente mala. A partir del 10 de diciembre de 2007 ha sido llamativamente peor. La presidenta está tan acostumbrada a aprovechar todas las oportunidades que surgen para castigar al gobernador de la provincia más importante del país por sus presuntos pecados ideológicos que pocos días transcurren sin que le aseste algunos golpes fuertes. Pero, para extrañeza de sus simpatizantes, hasta ahora Scioli se ha negado a reaccionar. Parece resignado a desempeñar un papel que, en sociedades arcaicas de rígidas tradiciones patriarcales, suele considerarse apropiado para la mujer, mientras que Cristina hace las veces del paterfamilias o esposo brutal. Así y todo, la imagen de Scioli no se ha visto afectada por su obsecuencia aparente. Acaso por su condición de exdeportista o porque, a pesar de las provocaciones a menudo groseras de la presidenta y sus laderos, sabe mantener la calma, sonriendo con frecuencia como si se creyera víctima de un chiste infantil, ha logrado defender un índice de aprobación que es superior al ostentado por Cristina, de ahí la frustración que claramente sienten los kirchneristas. Pues bien: últimamente se han multiplicado las versiones en torno a un eventual divorcio. Dependería de los cálculos de Scioli. Si llega a la conclusión de que los beneficios de continuar fingiendo estar dispuesto a dejar su destino en manos de Cristina serán escasos y las ventajas de actuar como líder de facto del poskirchnerismo, o sea, de la oposición, serían decididamente mayores, no tendría motivos para prolongar la comedia por mucho tiempo más. Por su parte, Cristina y sus incondicionales siguen apostando a que, si ayudan a hacer de la provincia un aquelarre movilizando a intendentes amigos y los estatales, comenzando con los docentes, finalmente lograrán privar al gobernador de aquella buena imagen que tanto los obsesiona. Entienden que, para gobernar, Scioli necesita más fondos, razón por la que el Poder Ejecutivo se los envía con cuentagotas, pero también temen que, de producirse demasiados estallidos sociales en el conurbano y el resto de la provincia, muchos no los atribuirían a las deficiencias de la gestión de Scioli sino a la mezquindad vengativa de Cristina y su gente. A juzgar por la evolución de las encuestas de opinión desde las elecciones de octubre del 2011, la hostilidad patente del gobierno nacional constituye una de las mejores cartas de triunfo de Scioli porque le permite endosar a otros la responsabilidad por la penurias de los bonaerenses. La paciencia sorprendente que durante años ha manifestado Scioli frente a los ataques kirchneristas le ha resultado muy provechosa pero, de agravarse mucho más la crisis económica, su negativa a reaccionar como haría un político más combativo, o más vanidoso, podría perjudicarlo, sobre todo en una etapa en la que la mayoría, sumamente preocupada por el agotamiento evidente del “modelo” de Cristina, quiere contar con una alternativa convincente. Según parece, Scioli y sus acompañantes prevén que el grueso de la ciudadanía preferiría una transición ordenada a una ruptura que podría ser traumática y que, luego de pensarlo, hasta los kirchneristas más vehementes comprenderían que sería de su interés encolumnarse detrás de una persona que, suponen, estaría dispuesta a defenderlos contra adversarios deseosos de obligarlos a rendir cuentas ante la Justicia. Puede que quienes piensan así pequen de optimismo. De deteriorarse con rapidez la situación socioeconómica, propenderán a achicarse las hipotéticas ventajas de ser el único político del país en condiciones de combinar la continuidad con el cambio. En tal caso, conseguir la aquiescencia resignada de Cristina y los miembros más pendencieros de su círculo áulico no contribuiría a hacer más atractiva la opción representada por Scioli sino que, por el contrario, la haría inaceptable a ojos de los decepcionados por el fracaso, quizás espectacular, del voluntarista proyecto K del que, mal que le pese, como vicepresidente y gobernador siempre ha sido una pieza esencial.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora