Hijos II

Columna semanal

Redacción

Por Redacción

El disparador

En el tren hay dos flacos que rondan los 35 años. Uno cuenta que va ser papá otra vez. El otro lo felicita, le da una palmada en la espalda y se disculpa por ser inoportuno, pero no puede dejar de preguntarle qué pasó con eso de que se estaba por separar. El embarazado sonríe y le dice que eso era la semana pasada. Que, ahora, con el segundo hijo, cambia todo. “Estamos mucho mejor”.

En el kiosco, la vendedora atiende a una mina que llegó delante mío. Es evidente que se conocen. La mina le cuenta que está triste porque se indispuso y eso significa que no está embarazada. Imagino que lleva tiempo deseando un hijo que no llega, y me da pena. Pero no. La mina dice que quiere tener un hijo, aunque no lo estaban buscando. “Pero como se me había atrasado la regla, ya me había ilusionado con estar embarazada. Y ahora que me vino, me puse triste”. La vendedora le recuerda que el día anterior le había dicho que estaba preocupada porque no le llegaba la regla. La mina sonríe, le dice que eso fue ayer y se va.

En el hotel están los cinco protagonistas de una nota que voy a hacer para una revista. Mientras toman café, hablan sobre “los niños de hoy”. Uno tipo dice que algunos nenes ahora creen que el agua viene de la canilla. Una mujer cuenta que cuando le preguntó a su hija si sabía de dónde viene la leche, la niña de seis años le respondió: “Me la das vos”.

-¿Pero de dónde viene? -insistió la madre.

-De la heladera.

En la mesa todos se ríen. Luego sostienen que las nuevas generaciones dominan las tecnologías más avanzadas pero en el medio se perdieron los procesos y procedimientos, que tienen una dificultad para ir hacia atrás y que por eso creen que la lechuga viene del supermercado.

Hay una morocha que está callada y, entonces, uno le dice que ella todavía es joven. En lugar de sonreír y dejarlo pasar, ella cuenta que de niña lo deseaba pero ahora no sabe si tendrá hijos. “A los 31 años ya debería tener ganas. Pero no aparecen. En mi familia los hijos fueron siempre muy imaginados y deseados. Yo quisiera que fuera así, pero no es. Y si no es, prefiero que no sea”.

En el camino de regreso a casa pienso en un amigo que lleva diez años en pareja y su mujer le dijo que quiere tener un hijo. Le pregunté si tenía ganas y él me respondió: “Está bien, a mi no me molesta”. Me quedo con lo que decía mi amigo Juanca: “El acto más importante de la concepción tiene que hacerse en el grado más alto de amor”.

En casa recuerdo que casi dos años atrás escribí sobre los hijos en esta columna. Recibí varios comentarios. Una lectora decía: “Ojalá todos los que vienen al mundo fueran engendrados por padres que anhelan hacer un aporte a la humanidad. Hace poco leí que la crianza de un hijo puede pensarse como plantar un árbol. Si creés en poner la semilla en la tierra y dentro de unos años tener un árbol fenomenal, estarás haciendo las cosas mal. Debemos poner la semilla y preocuparnos de que esa tierra esté bien nutrida, enriquecida. El árbol, vendrá solo”.

En otro mail, le decía a una lectora que creo que hay algo “más allá” y que el modo en que una pareja engendra un hijo también debe influir. No sé, será algo astral también, pero no me parece que sea lo mismo fabricar un pibe durante la Segunda Guerra Mundial que hoy en día. La lectora me dijo que está segura de que en la panza materna nace todo y confesó que postergó la búsqueda de su primer hijo durante tres años porque su abuelo -que era como un padre- estaba muy enfermo y ella no quiso embarazarse hasta cerrar bien ese ciclo -de vida y de duelo posterior-.


El disparador

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