HISTORIAS PATAGONICAS: El Gral. Pershing bailó tango en la estancia de Jones

Aunque no pudo atrapar a Pancho Villa, se consagró en la Primera Guerra Mundial y visitó Bariloche a mediados de enero de 1925. Una tormenta lo obligó a pernoctar en Blest y su hospedaje en el pueblo fue la sucursal del Banco de la Nación.

Redacción

Por Redacción

Resulta curioso pero cierto. Varios ex presidentes norteamericanos visitaron Bariloche a lo largo de ocho décadas: Teodoro Roosevelt (1913); Dwight D. Eisenhower (1959); Bill Clinton (1997). Contrasta con los pocos presidentes argentinos que lo hicieron, sólo en las últimas décadas y en mayoría militares. Los civiles más notorios lo hicieron en calidad de detenidos tras un golpe de estado: Isabel Martínez, en El Messidor de Villa La Angostura, y Arturo Frondizi, primero en un chalet de laguna Trébol cercana a Bariloche, y luego en el hotel Tunquelén, que también había albergado a Einsenhower, pero con todos los honores.

Una visita de menor jerarquía pero igualmente relevante fue la del comandante de ejército de los Estados Unidos, general John J. Pershing. Llegó «al muelle de Capraro» el miércoles 14 de enero de 1925 desde Chile por la travesía que servía la empresa de Ricardo Roth desde Puerto Varas al paso Pérez Rosales que asomaba al lago Nahuel Huapi en Puerto Blest.

El militar fue famoso y decisivo para el triunfo aliado en la guerra europea de 1914-1919. Había nacido en 1860 y muy joven pudo demostrar «la ruda enseñanza (adquirida en) la academia de West Point en la difícil campaña contra los indios de Nueva Méjico y de Arizona…».

Lo informaron los diarios de Buenos Aires que esperaban la llegada del norteamericano desde la Patagonia en ese tórrido verano.

Sobresalían anécdotas de sus combates en Cuba o en la selvática Filipinas, mayoritariamente las de la Primera Guerra Mundial y desde París donde hoy funciona el Hotel Pershing, de lujo singular y en el mismo edificio de su comandancia.

 

A tango y mate amargo

 

Pershing ya tenía 65 años cuando llegó desde Chile por el paso Pérez Rosales hasta el Nahuel Huapi y hasta bailó un tango en la estancia Tequel Malal de Jarred A. Jones «con una de las niñas de la casa», según la crónica que registró La Nación a propósito de aquel viaje. También esa edición del 16 de enero de 1925 señala que «las señoritas de Jones ofrecieron al general Pershing un mate amargo que el obsequiado gustó valientemente, expresando su opinión en una sonrisa muy cortés y obsequiosa».

El viaje con su comitiva debía seguir un día después en automóvil hasta Comallo (km 559) y allí, en tren especialmente preparado por los Ferrocarriles del Estado rodaría por la hoy llamada «línea sur» hasta San Antonio Oeste y Viedma. Tras cruzar el río Negro en lancha hasta Patagones, el viaje seguiría en tren del británico del Ferrocarril Sud hasta Constitución.

La invitación cursada por el vaquero texano Jones al encumbrado visitante para que conociera su pionera estancia, no podía evitarla un militar de a caballo, como prefirió estamparlo la revista Caras y Caretas en su tapa del número que sintetizó la visita de Pershing a la Argentina y que ilustra esta página.

A orillas del Nahuel Huapi casi no ha quedado memoria lugareña de aquel visitante. Sin embargo, hace algo más de cuatro décadas lo recordó a este cronista, Rosa Schumacher, la esposa del ingeniero Emilio Frey, en ese momento al frente del Parque Nacional de Sud y cuando aún no había sido creada la dirección de Parques Nacionales.

Con su proverbial modestia, Rosa de Frey silenció el protagonismo que tuvo su marido durante la visita de Pershing: pero «don Emilio» presidió el comité de recepción y le reportó telegráficamente cada paso del visitante al ministro de agricultura Le Bretón.

En realidad, la gira sudamericana del general Pershing estaba motivada por su tarea con Chile y Perú, porque a nombre de su gobierno actuaba en el arbitraje por el caso de Tacna y Arica. Un barco de la flota norteamericana el Utah-, había transportado al viajero y su nutrida delegación por el Pacífico y los retomaría en Montevideo.

Quienes habían seguido los pormenores de la Gran Guerra y recordaban a los protagonistas destacados, sabían quién era Pershing. Pero no del todo si ignoraban su fracaso en la zona donde ahora el gobierno norteamericano decidió erigir un muro fronterizo.

 

El sombrero de Pancho Villa

 

Sucedió a principios de 1916, cuando Pancho Villa y sus guerrillas cruzaron la frontera y atacaron a una población que albergaba a quien se apropió de los fondos de la guerrilla. Atacaron y luego retornaron a Méjico (era el primer ataque en territorio norteamericano desde la guerra de la independencia). La devastación fue tal que el presidente Wilson ordenó a Pershing entrara en la Méjico a aniquilar a Villa.

El ayudante de Pershing era nada menos que George Patton y otro oficial, el más tarde presidente Einsenhower. Este último visitaría Bariloche en 1959 durante la presidencia de Arturo Frondizi y hospedaría en el hotel Tunquelén. Saldría de pesca con el texano y barilochense adoptivo Sam Wagner.

Para cumplir la orden presidencial, Pershing cruzó la frontera con algo más de cinco mil hombres pero su campaña fracasó.

No solo las casi fantasmales apariciones y desapariciones de la guerrilla despistaron a los norteamericanos, sino que por todas partes Pershing encontró lápidas en las que se leía «Aquí yace Pancho Villa». Antes de morir en 1948, el general norteamericano, quizás en reconocimiento de aquel fracaso, solía recordar que lo único que encontró de Villa fue su sombrero.

¿Pensaría en aquel fracaso cuando con su comitiva- quedó inmovilizado en Puerto Blest el 13 de enero de 1925? La lluvia no cesaba y la tormenta batía las aguas del Nahuel Huapi. Era imprudente toda navegación. Ese contratiempo fue mencionado en el telegrama que al día siguiente despachó Frey al ministro de Agricultura, mientras en la casi flamante sucursal barilochense del Banco Nación en la calle Mitre y Villegas, el gerente Domingo H. Pita, disponía los últimos detalles en las dependencias de la sede bancaria para hospedar al visitante. Otro tanto sucedía en el hotel España, acicalado para la comitiva del general y una comida de despedida al general que demandó conseguir anticipadamente banderas norteamericanas. En la estancia de Jarred A. Jones había gran alboroto por la llegada donde Pershing se haría tanguero, mate en mano, por un rato.

(Continuará)

 

FRANCISCO N. JUAREZ

fnjuarez@sion.com


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