Hollande va a la guerra

Redacción

Por Redacción

Es irónico que le haya tocado al presidente socialista de Francia, François Hollande, liderar el esfuerzo occidental por impedir que Mali caiga en manos de islamistas. Hasta hace muy poco los izquierdistas galos, entre ellos Hollande, criticaban con ferocidad el intervencionismo de los norteamericanos y sus aliados británicos en distintos lugares del mundo musulmán, atribuyéndolo a sus instintos imperialistas y a su voluntad de apoderarse de reservas de petróleo. Asimismo, se oponían al apoyo discreto que les había brindado el entonces presidente Nicolas Sarkozy. Pero los tiempos han cambiado. Hollande y otros integrantes de su gobierno entienden que no sería de su propio interés permitir que se consolide un Estado yihadista, vinculado con Al Qaeda, en el norte de África y que por ser Mali una excolonia les corresponde intervenir militarmente. Asimismo, si bien los norteamericanos y británicos se muestran dispuestos a aportar cierta ayuda logística, insisten en que no se les ocurriría enviar unidades de combate a la región. Tal actitud puede comprenderse; preferirían no acercarse a otro avispero islamista. Aunque los franceses se han afirmado sorprendidos por la capacidad militar de los islamistas malienses, los riesgos que enfrentan tienen menos que ver con una eventual derrota en un campo de batalla africano que con la posibilidad de que los islamistas contraataquen en su propio territorio. Una proporción significante de los aproximadamente seis millones de musulmanes que viven en Francia simpatiza con los guerreros santos, aunque sólo fuera por la hostilidad que siente hacia quienes en teoría son sus compatriotas, y pocos días transcurren sin que se produzcan conflictos violentos entre islamistas y partidarios de laicismo oficial. Para los militantes, Hollande ha resultado ser un “cruzado” en guerra contra el islam, lo que desde su punto de vista será más que suficiente como para justificar atentados terroristas. Asimismo, los islamistas malienses ya han amenazado con matar no sólo a los rehenes franceses que ellos y sus correligionarios tienen secuestrados sino también, según el vocero del grupo insurgente Ansar Dine, a “todos los ciudadanos franceses que se encuentran en el mundo musulmán”. Hollande, consciente del peligro así planteado, ha ordenado que se tomen más medidas de seguridad en todos los aeropuertos y otros lugares públicos en el territorio metropolitano. Por ahora, Hollande cuenta con el respaldo de la mayoría de los franceses que se han sentido horrorizados por las atrocidades perpetradas por los islamistas que en Mali no han vacilado en aplicar la ley coránica –la sharía–, amputando manos y pies a ladrones y apedreando a muerte a mujeres acusadas de adulterio o conducta a su juicio indecente, pero si la intervención se prolonga y provoca repercusiones violentas en Francia misma, no tardará en producirse una reacción. El exministro de Asuntos Exteriores Dominique Villepin ha advertido que, a menos que haya una “solución política” en Mali, un presunto triunfo militar sólo serviría para que surjan conflictos aún más feroces en el futuro. Puede que esté en lo cierto, pero sucede que no es concebible un arreglo “político” entre el extremismo islamista, que es intransigente por naturaleza, y el pluralismo democrático que, para Hollande y todos los demás líderes occidentales, es necesario para que los distintos pueblos y sectas religiosas puedan convivir en paz. Por desgracia, las sociedades pluralistas no tienen más opción que la de oponerse militarmente al fanatismo religioso que se ha intensificado mucho últimamente merced en gran medida a la sensación de que los países occidentales ya no están dispuestos a defender sus propios valores y que, por tanto, se han resignado a batirse en retirada con la esperanza vana de que otros, impresionados por su voluntad de respetar las culturas que les son ajenas, terminen reconociendo que, como tantos dirigentes europeos nos han asegurado, las guerras nunca sirven para resolver nada. Por desgracia, no existe motivo alguno para suponer que los yihadistas se sentirán tentados a deponer las armas hasta que hayan sido totalmente derrotados, de ahí la decisión de Hollande, un político que siempre ha reivindicado ideas pacifistas, de arriesgarse en los desiertos del norte de África.


Es irónico que le haya tocado al presidente socialista de Francia, François Hollande, liderar el esfuerzo occidental por impedir que Mali caiga en manos de islamistas. Hasta hace muy poco los izquierdistas galos, entre ellos Hollande, criticaban con ferocidad el intervencionismo de los norteamericanos y sus aliados británicos en distintos lugares del mundo musulmán, atribuyéndolo a sus instintos imperialistas y a su voluntad de apoderarse de reservas de petróleo. Asimismo, se oponían al apoyo discreto que les había brindado el entonces presidente Nicolas Sarkozy. Pero los tiempos han cambiado. Hollande y otros integrantes de su gobierno entienden que no sería de su propio interés permitir que se consolide un Estado yihadista, vinculado con Al Qaeda, en el norte de África y que por ser Mali una excolonia les corresponde intervenir militarmente. Asimismo, si bien los norteamericanos y británicos se muestran dispuestos a aportar cierta ayuda logística, insisten en que no se les ocurriría enviar unidades de combate a la región. Tal actitud puede comprenderse; preferirían no acercarse a otro avispero islamista. Aunque los franceses se han afirmado sorprendidos por la capacidad militar de los islamistas malienses, los riesgos que enfrentan tienen menos que ver con una eventual derrota en un campo de batalla africano que con la posibilidad de que los islamistas contraataquen en su propio territorio. Una proporción significante de los aproximadamente seis millones de musulmanes que viven en Francia simpatiza con los guerreros santos, aunque sólo fuera por la hostilidad que siente hacia quienes en teoría son sus compatriotas, y pocos días transcurren sin que se produzcan conflictos violentos entre islamistas y partidarios de laicismo oficial. Para los militantes, Hollande ha resultado ser un “cruzado” en guerra contra el islam, lo que desde su punto de vista será más que suficiente como para justificar atentados terroristas. Asimismo, los islamistas malienses ya han amenazado con matar no sólo a los rehenes franceses que ellos y sus correligionarios tienen secuestrados sino también, según el vocero del grupo insurgente Ansar Dine, a “todos los ciudadanos franceses que se encuentran en el mundo musulmán”. Hollande, consciente del peligro así planteado, ha ordenado que se tomen más medidas de seguridad en todos los aeropuertos y otros lugares públicos en el territorio metropolitano. Por ahora, Hollande cuenta con el respaldo de la mayoría de los franceses que se han sentido horrorizados por las atrocidades perpetradas por los islamistas que en Mali no han vacilado en aplicar la ley coránica –la sharía–, amputando manos y pies a ladrones y apedreando a muerte a mujeres acusadas de adulterio o conducta a su juicio indecente, pero si la intervención se prolonga y provoca repercusiones violentas en Francia misma, no tardará en producirse una reacción. El exministro de Asuntos Exteriores Dominique Villepin ha advertido que, a menos que haya una “solución política” en Mali, un presunto triunfo militar sólo serviría para que surjan conflictos aún más feroces en el futuro. Puede que esté en lo cierto, pero sucede que no es concebible un arreglo “político” entre el extremismo islamista, que es intransigente por naturaleza, y el pluralismo democrático que, para Hollande y todos los demás líderes occidentales, es necesario para que los distintos pueblos y sectas religiosas puedan convivir en paz. Por desgracia, las sociedades pluralistas no tienen más opción que la de oponerse militarmente al fanatismo religioso que se ha intensificado mucho últimamente merced en gran medida a la sensación de que los países occidentales ya no están dispuestos a defender sus propios valores y que, por tanto, se han resignado a batirse en retirada con la esperanza vana de que otros, impresionados por su voluntad de respetar las culturas que les son ajenas, terminen reconociendo que, como tantos dirigentes europeos nos han asegurado, las guerras nunca sirven para resolver nada. Por desgracia, no existe motivo alguno para suponer que los yihadistas se sentirán tentados a deponer las armas hasta que hayan sido totalmente derrotados, de ahí la decisión de Hollande, un político que siempre ha reivindicado ideas pacifistas, de arriesgarse en los desiertos del norte de África.

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