Hugo divino
Al brindar el aval de la Iglesia al activismo de una figura como Moyano, Primatesta contribuye a atizar el fuego del estallido social.
Es de suponer que a los príncipes de la Iglesia Católica local les es sumamente gratificante que tantos pobres sigan confiando más en la Virgen de su zona que en los economistas, pero aun así sorprendió a algunos la voluntad del cardenal Raúl Primatesta de tomar al pie de la letra el mensaje así supuesto manifestando su plena solidaridad con el sindicalista «rebelde» Hugo Moyano, un individuo matonesco que como tantos otros dice estar convencido de que el autor de todos los males del país es el Fondo Monetario Internacional. Hasta ahora, los voceros de la Iglesia se han cuidado de avalar medidas determinadas, sin duda por no querer compartir la responsabilidad por su eventual fracaso. Pareció que Primatesta había optado por comprometerse con los planteos del camionero que encarna la oposición más frontal no sólo contra la política económica del gobierno del presidente Fernando de la Rúa sino contra cualquier estrategia económica concebible, algo que el propio Moyano dejó bien en claro al formular su llamado ya «golpista», como dijo José Luis Machinea, ya «subversivo», como dirían muchos otros, a la «desobediencia fiscal», aunque al desautorizar a su «observador» en el acto del miércoles por haber aprovechado la ocasión para pronunciar una diatriba anticapitalista fogosa, el Episcopado mostró ya tener dudas sobre los méritos de abandonar su ambigüedad tradicional.
Se dice que la economía es la ciencia de la escasez porque nunca ha habido bienes suficientes como para dejar satisfechos a todos, pero Moyano y sus aliados clericales hablan como si a su entender la única razón por la cual hay pobreza consistiera en la inmoralidad de los gobiernos de los países ricos. Una vez establecido este principio, todo lo demás se vuelve maravillosamente sencillo: primero, habrá de reemplazar a Machinea por alguien más «humano»; después, el Papa sermoneará a los Estados Unidos y otros para que en lugar de obligar a la Argentina a honrar sus deudas, los grandes del mundo acepten ya perdonarlas, ya formar un «fondo de reparación» en beneficio de los relativamente atrasados. En resumen, lo que estos personajes quieren es que el resto del mundo dé subsidios a la Argentina para que sus habitantes más acomodados -entre ellos, los sindicalistas y muchos católicos piadosísimos- sigan como antes, evadiendo impuestos, coimeándose los unos a los otros, pirateando patentes ajenas y, en el caso de los políticos, votándose dietas decididamente más generosas que las disponibles en las naciones desarrolladas. Por supuesto, no existe la más mínima posibilidad de que los Estados Unidos, la Unión Europea y el Japón presten atención a estos reclamos a la vez grotescos y profundamente inmorales.
Si todos atribuyeran el surgimiento del eje Moyano-Primatesta a nada más serio que la voluntad de un santo hombre que nunca se haya interesado por el funcionamiento del pecaminoso mundo terrenal de manifestar su «solidaridad» para con ciertos obreros, el tema sería meramente anecdótico. Sin embargo, ocurre que al brindar al activismo del camionero combativo el aval de la Iglesia, el cardenal está contribuyendo a atizar un fuego que podría desencadenar el «estallido social» que tantos quisieran ver producirse. Aunque sería comprensible que muchos rezagados se plegaran a un movimiento destinado a protestar con violencia contra el statu quo aun cuando oportunistas se las arreglaran para dirigirlo no contra los responsables sino contra el FMI, ninguna persona medianamente sensata podría creer que serviría para impulsar cambios positivos. Por el contrario, una vez apagadas las llamas y sepultados los muertos, el país se encontraría peor parado que antes y el gobierno, sea el actual o uno de «emergencia» de características netamente autoritarias, se vería constreñido a aplicar una política económica que sea mucho más «derechista» que la que está procurando instrumentar el presidente De la Rúa. Puede que en el cielo y en la imaginación de algunos cardenales existan «soluciones» indoloras para la crisis socioeconómica argentina, pero en el mundo real en el que personas menos privilegiadas que los líderes eclesiásticos tienen que vivir, las cosas son muy distintas.