Huida hacia adelante

Redacción

Por Redacción

Hasta hace poco sólo se trataba de “profundizar el modelo”, una consigna que muchos consideran un tanto enigmática porque no entienden muy bien en qué consiste dicho modelo. A fin de aclarar las dudas, el viceministro de Economía, Roberto Feletti, dice que lo que hay que hacer es “radicalizar el populismo”. Aunque el propio Feletti coincide en que en el pasado el populismo “no era sustentable”, parece que confía en poder superar el problema así supuesto apropiándose de “factores de renta importantes”, o sea confiscando todo cuanto se encuentre a su alcance para entonces repartirlo según criterios que él llamaría “populares” pero que otros calificarían de políticos. Huelga decir que no es del todo nuevo el operativo que tiene en mente la nueva estrella intelectual del kirchnerismo. A partir de mayo del 2003 los éxitos anotados por el gobierno nacional se han debido casi por completo a su voluntad de mantener llena “la caja” por los medios que fueren, apoderándose del dinero de los jubilados y de las reservas del Banco Central además, desde luego, del procedente de impuestos cada vez más altos, y emplearla para premiar a quienes lo apoyan, de ahí su afición al “capitalismo de los amigos”, y castigar a sus adversarios. Que los kirchneristas quisieran “profundizar” o “radicalizar” este método de construir poder, dignificándolo al hablar de “modelo de inclusión social” o, con cierta astucia, de “populismo” con el propósito de privar a los críticos de un término que suelen usar para desacreditar a aquellos políticos que anteponen su propia popularidad al futuro del conjunto del país, tomando medidas que les sirven para congraciarse con sectores esquivos del electorado sin preocuparse en absoluto por las consecuencias a mediano plazo, no es sorprendente. La alternativa, que sería ponerse a gobernar en serio para que la Argentina se hiciera más productiva y más equitativa, les parece demasiado difícil. Tendrían que intentar frenar la inflación que tanta angustia está causando entre los millones que ven reducirse día a día su poder de compra, interesarse en asuntos complicados y antipáticos como la seguridad jurídica, procurar reconciliarse con financistas locales y extranjeros que siguen quejándose por el default más reciente, estimular la inversión y dejar de pelearse con Brasil, China, la Unión Europea y Estados Unidos. Dadas las circunstancias, el populismo, es decir el facilismo sensiblero supuestamente principista, constituye una opción decididamente más atractiva. Por desgracia, el planteo de personajes como Feletti es típico no sólo de los ideólogos, por llamarlos así, del gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner sino también de buena parte de la clase política nacional. Para su gratificación, hace ya más de medio siglo los populistas se dieron cuenta de que podrían endosar a otros –los “liberales”, los inversores extranjeros, el mundo– los costos políticos de los fracasos fenomenales que se las ingeniaron para protagonizar, de suerte que, lejos de debilitarlos, las crisis ocasionadas por la implosión del “modelo” de turno los fortalecerían todavía más. Al desplomarse la convertibilidad por resultar incompatible con las costumbres dispendiosas de dirigentes de instintos irremediablemente populistas, hubo un momento en que parecería que la ciudadanía entendió que la había traicionado la elite política nacional, pero los kirchnerista lograron poner fin a lo que aún quedaba de la rebelión de quienes habían gritado “que se vayan todos” informándoles que los auténticos culpables de sus penurias eran los malos de siempre. Pues bien, de salirse con la suya los que, como Feletti, se han propuesto rellenar la caja con aportes aún más abultados de las empresas privadas, la posibilidad de que la Argentina aproveche la oportunidad histórica que le ha supuesto una coyuntura internacional sumamente favorable se reduciría a cero, ya que todos los recursos adicionales serían usados para prolongar la vida de un “modelo” cuyo mérito principal, desde el punto de vista de sus artífices, consiste en que les permite disfrutar de más poder y, en algunos casos, enriquecerse personalmente, ya que no es ningún secreto que, a juicio de los interesados en el tema, nuestro país está entre los más corruptos de América Latina.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 860.988 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Martes 17 de mayo de 2011


Hasta hace poco sólo se trataba de “profundizar el modelo”, una consigna que muchos consideran un tanto enigmática porque no entienden muy bien en qué consiste dicho modelo. A fin de aclarar las dudas, el viceministro de Economía, Roberto Feletti, dice que lo que hay que hacer es “radicalizar el populismo”. Aunque el propio Feletti coincide en que en el pasado el populismo “no era sustentable”, parece que confía en poder superar el problema así supuesto apropiándose de “factores de renta importantes”, o sea confiscando todo cuanto se encuentre a su alcance para entonces repartirlo según criterios que él llamaría “populares” pero que otros calificarían de políticos. Huelga decir que no es del todo nuevo el operativo que tiene en mente la nueva estrella intelectual del kirchnerismo. A partir de mayo del 2003 los éxitos anotados por el gobierno nacional se han debido casi por completo a su voluntad de mantener llena “la caja” por los medios que fueren, apoderándose del dinero de los jubilados y de las reservas del Banco Central además, desde luego, del procedente de impuestos cada vez más altos, y emplearla para premiar a quienes lo apoyan, de ahí su afición al “capitalismo de los amigos”, y castigar a sus adversarios. Que los kirchneristas quisieran “profundizar” o “radicalizar” este método de construir poder, dignificándolo al hablar de “modelo de inclusión social” o, con cierta astucia, de “populismo” con el propósito de privar a los críticos de un término que suelen usar para desacreditar a aquellos políticos que anteponen su propia popularidad al futuro del conjunto del país, tomando medidas que les sirven para congraciarse con sectores esquivos del electorado sin preocuparse en absoluto por las consecuencias a mediano plazo, no es sorprendente. La alternativa, que sería ponerse a gobernar en serio para que la Argentina se hiciera más productiva y más equitativa, les parece demasiado difícil. Tendrían que intentar frenar la inflación que tanta angustia está causando entre los millones que ven reducirse día a día su poder de compra, interesarse en asuntos complicados y antipáticos como la seguridad jurídica, procurar reconciliarse con financistas locales y extranjeros que siguen quejándose por el default más reciente, estimular la inversión y dejar de pelearse con Brasil, China, la Unión Europea y Estados Unidos. Dadas las circunstancias, el populismo, es decir el facilismo sensiblero supuestamente principista, constituye una opción decididamente más atractiva. Por desgracia, el planteo de personajes como Feletti es típico no sólo de los ideólogos, por llamarlos así, del gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner sino también de buena parte de la clase política nacional. Para su gratificación, hace ya más de medio siglo los populistas se dieron cuenta de que podrían endosar a otros –los “liberales”, los inversores extranjeros, el mundo– los costos políticos de los fracasos fenomenales que se las ingeniaron para protagonizar, de suerte que, lejos de debilitarlos, las crisis ocasionadas por la implosión del “modelo” de turno los fortalecerían todavía más. Al desplomarse la convertibilidad por resultar incompatible con las costumbres dispendiosas de dirigentes de instintos irremediablemente populistas, hubo un momento en que parecería que la ciudadanía entendió que la había traicionado la elite política nacional, pero los kirchnerista lograron poner fin a lo que aún quedaba de la rebelión de quienes habían gritado “que se vayan todos” informándoles que los auténticos culpables de sus penurias eran los malos de siempre. Pues bien, de salirse con la suya los que, como Feletti, se han propuesto rellenar la caja con aportes aún más abultados de las empresas privadas, la posibilidad de que la Argentina aproveche la oportunidad histórica que le ha supuesto una coyuntura internacional sumamente favorable se reduciría a cero, ya que todos los recursos adicionales serían usados para prolongar la vida de un “modelo” cuyo mérito principal, desde el punto de vista de sus artífices, consiste en que les permite disfrutar de más poder y, en algunos casos, enriquecerse personalmente, ya que no es ningún secreto que, a juicio de los interesados en el tema, nuestro país está entre los más corruptos de América Latina.

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