Humanismo e inseguridad vial

Redacción

Por Redacción

Podríamos preguntarnos si apelar a esta “medicina espiritual” mitigaría los graves problemas que afligen al mundo de hoy. Si su valor para una tarea tan amplia como compleja sería reconocido y cultivado por las sociedades. Desgracias y maldades hubo siempre, pero ante el cúmulo de muertes y lesiones en ocasión violenta se apuesta a una suerte de integración de las áreas involucradas en tal problemática. Por ejemplo, recientemente, al conocerse la trágica cifra de decesos en siniestros viales de la provincia de Córdoba durante el 2012. Realidad mediante, una fantasía pesimista crece ante la magnitud de los hechos. Son tantos y sucesivos estos tropiezos y dolores que apenas deja asomar el “idealismo” que vaticinan los planes preventivos y concretan nuestros gobiernos. Se hacen presentes, entonces, quejas ante supuestas ineficiencias y la desmesurada publicidad oficial. El tema es a todas luces significativo pues está planteado desde lo académico –en sociedades científicas y congresos– y a través de los medios de información y organizaciones sociales diversas. Además, vívidamente por el testimonio de quienes han sufrido esta grave e inesperada dolencia, la enfermedad trauma, en los mal llamados accidentes. La horrenda estadística (495 muertos, “La Voz del Interior”, suplemento especial 2/1/2013), un documento extraordinario para quien desee conocer la trágica situación social, se difundió a los cuatro vientos alrededor del mundo. Sorprende si se confronta con las de Suecia, donde cualquier transporte público no podría circular con su conductor alcoholizado o sin las horas de descanso reglamentarias. Allá, la tecnología puesta al servicio de la comunidad logra éxitos incalculables al detectar precozmente estos incidentes. Aquí se la ignora para tales fines y hasta podría ser tomada como una tecnología deshumanizante que afecta la interacción en sociedad. Sin pretender hablar de mí mismo, el Hospital de Urgencias de Córdoba me permitió integrar su equipo de trauma durante 30 años. Por ende, si bien estos párrafos se escriben en la serenidad de un papel, llevan implícito el martirio que viven los afectados, tanto violentados y/o violentos. En la diaria asistencia es evidente que estamos ante un estado de agresión y quebranto reiterado del espacio sociocultural, cada cual viviendo su “drama”, en estado tenso y beligerante, por lo tanto con pocas posibilidades de integración. Ante esta irremediable emergencia nacional, ¿podrá ser el humanismo la salida y protección que confusamente reclama y busca una sociedad?, entregada a otros logros predominantemente materiales. O, en su defecto, aceptar el estado de situación imperante que viene sometiendo espiritual y cotidianamente al que no consiente este desorden mental. Quienes toman verdadera conciencia de su servicio al prójimo, quienes se resisten a dejar esta herencia cultural, seguramente no se ilusionarán ante un fin y comienzo de calendario. Ni crédulos ni confiados en el porvenir saben que estas bajas humanas se han incorporado como habituales. El humanismo, alude Thomas Mann (1875-1955), “no tiene nada de escolar y, directamente, no tiene nada que ver con la erudición. El humanismo es más bien un espíritu, una disposición intelectual, un estado del alma que implica justicia, libertad, conocimiento y tolerancia, amenidad y serenidad”. Con excepciones, los jóvenes y no tan jóvenes de hoy ignoran la tarea enriquecedora sobre sí mismos y están entregados a la vida colectiva. Los adultos, como en un estado de hipnosis, esporádicamente asumen reacciones desesperadas y desmesuradas, solicitando endurecer las puniciones. La sardónica categoría de animal pero con capacidades inteligentes lo hace al hombre acreedor a vivir mejor, pero no debería desdeñar construir en paralelo sobre las potencialidades del espíritu, que son enormes si acompañan el progreso de la humanidad. Tal cambio de actitud moral será posible si favorecemos en nuestros congéneres un ámbito propicio que les posibilite razonar y hacerlos sensibles para comprender y responder a los múltiples mensajes en el propio cuerpo y en el del otro. Entonces, la organización de todos los actores de la sociedad para revertir la actual siniestralidad vial generará responsabilidades, participación constante y maduración. Cuando alguien cree tener un futuro promisorio, brillante, y todo cambia en un abrir y cerrar de ojos, desandar el camino hacia una recuperación significativa y la felicidad es posible. Parece abrumadoramente difícil pero, si todo está planificado y articulado sobre un optimismo realista, el estado de bienestar llegará con el esfuerzo del paciente y el apoyo familiar, de los amigos y del Estado. Es angustiante para un ciudadano con interés por los valores de la vida ver a una joven con su miembro inferior completamente amputado desplazándose sobre muletas: algo está faltando. (*) Profesor de Emergentología. Hospital de Urgencias. FCM. UNC

Rolando B. Montenegro (*)


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