Imagen esquiva

En vez de indirectas alusiones o esquivas actitudes, el gobierno debería emprender una ofensiva feroz contra los políticos y legisladores que despilfarran dineros públicos.

Por Redacción

Durante los primeros meses de su gestión, el presidente Fernando de la Rúa intentó impresionar a la ciudadanía con su conducta austera y honesta por estar convencido de que la sociedad, harta de la “frivolidad” menemista, reclamaba las virtudes así supuestas. Hacia fines del 2000, empero, optó por modificar su estrategia propagandística. Si bien los voceros oficiales no han tratado de minimizar el valor de la frugalidad ni de la rectitud, dan a entender que, no obstante las apariencias, el gobierno aliancista es un dechado de dinamismo que está por inaugurar una época de crecimiento económico “espectacular”. Por ahora nadie les cree, pero es factible que el desempeño de la economía mejore pronto aunque sea por motivos desvinculados de la prédica gubernamental: tanto aquí como en el resto del mundo, los períodos de auge suelen ser tan imprevisibles como las recesiones, realidad que no parece inquietar demasiado a los “gurúes”, cuyos vaticinios raramente se concretan con precisión “científica”. En tal caso, el gobierno atribuiría el crecimiento a su propio alarde de voluntarismo.

En la actualidad, es normal que los gobernantes presten mucha atención a “la comunicación”, pero acaso convendría que la Alianza lo hiciera de forma menos ostentosa. Entre las causas de la transformación muy rápida de De la Rúa de mandatario “moderno”, si bien un poco “aburrido” pero así y todo respetado, en blanco de una multitud extraordinaria de chistes irrespetuosos, está la conciencia de que a menudo repite las palabras que le escriben miembros de su equipo mediático. Por motivos evidentes, no lo ayuda en absoluto la idea de que en el fondo sea un actor incompetente. Antes bien, sirve para confirmar las opiniones nada halagüeñas de aquellos críticos que cuestionan su capacidad para conducir el país en un momento muy difícil.

De todos modos, tanto De la Rúa como otros miembros de la Alianza parecen haber interpretado mal el éxito electoral de una campaña basada en la necesidad de recuperar el respeto por la austeridad y la honestidad. Aunque la ciudadanía esperaba que el presidente y sus colaboradores más inmediatos encarnarían tales cualidades, también creía que la sociedad en su conjunto debería reconciliarse con ellas cuanto antes. Desde su punto de vista, no era cuestión de gastar menos en la decoración de la Casa Rosada y de la Quinta de Olivos o de vender un avión presidencial sultanesco, sino de reducir drásticamente los gastos superfluos del Estado y de “la política”. ¿Lo han hecho los aliancistas? Claro que no. Si bien el gobierno nacional ha procurado advertir a la población sobre el despilfarro escandaloso por parte de los políticos del dinero aportado por los contribuyentes al señalar que casi todas las legislaturas provinciales cuestan muchísimo más que sus equivalentes de los países ricos, lo ha hecho de manera tan discreta que pocos se han sentido indignados por la actitud bochornosa de una corporación política que nada en la prosperidad, mientras millones están hundiéndose en la miseria.

Irónicamente, la casi ruptura de la Alianza ocasionada por el “portazo” del hasta entonces vicepresidente Carlos “Chacho” Alvarez pudo atribuirse a que el frepasista tomara al pie de la letra los sermones del primer De la Rúa en favor de la austeridad y la honestidad. De haber entendido el presidente que para convertir sus palabras en algo más que alusiones indirectas a sus propios méritos tendría que emprender una ofensiva sumamente fuerte contra miles de individuos que lucharían con tenacidad en defensa de los intereses creados, Alvarez no hubiera tenido motivos para sentirse aislado. Sin embargo, como sabemos, De la Rúa no parece tener deseo alguno de enfrentarse con los demás integrantes de la clase política y es más por la debilidad así supuesta que por el estancamiento de la economía que la imagen con la cual iniciaba su gestión resultó ser tan inapropiada. Al fin y al cabo, sólo a los comprometidos con el lema “roba pero hace” les parecerá incompatible el crecimiento con la honestidad: aunque el gobierno nunca soñaría con reivindicar aquel viejo principio de la politiquería criolla, el que se haya sentido constreñido a cambiar de forma repentina la imagen presidencial para que sea más “dinámica” podría dejar a muchos con la impresión contraria.