Índices perdidos

Por Redacción

La manera más sencilla de combatir la pobreza consiste en bajar el umbral correspondiente para brindar la impresión de que Jesucristo se equivocaba y que, en la Argentina por lo menos, no siempre tendremos pobres con nosotros. Es lo que hizo el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Según los índices más recientes proporcionados por el Indec, 1,6 millones de personas se encuentran por debajo de la línea de pobreza oficial, ya que a juicio de los técnicos del organismo a fines del año pasado un matrimonio con dos hijos debía poder alimentarse adecuadamente con 787,28 pesos por mes. Otros discrepan: creen que necesitarían al menos cinco veces más, de suerte que en la Argentina habrá 15,4 millones de pobres, o sea, más de la tercera parte de la población. Por motivos comprensibles, al gobierno no le gustaría para nada confesar que, lejos de virtualmente eliminar la pobreza como afirma Cristina, el modelo sólo ha asegurado que la situación actual sea casi la misma que la de los años noventa y, lo que es peor aún, no podrá sino deteriorarse en los próximos meses. Desde su punto de vista, una cosa es difundir índices inflacionarios más verosímiles que los confeccionados por el equipo del entonces secretario de Comercio Interior Guillermo Moreno y otra muy distinta actualizar los de pobreza e indigencia. Para explicar la demora en publicar tales datos, los voceros del Indec juran que se debe a “severas carencias metodológicas”. Estarán en lo cierto: en el mundo actual definir la pobreza no es del todo fácil, ya que hay que distinguir entre la pobreza absoluta y la relativa. Mientras que en países subdesarrollados los índices suelen aludir a la pobreza absoluta de quienes apenas consiguen lo mínimo imprescindible para sobrevivir, en otros, merced al accionar de militantes igualitarios, prefieren subrayar las diferencias entre los más acomodados y los que, sin sufrir penurias comparables con las de los pobres de África, Asia o América Latina, perciben mucho menos que la mayoría de sus compatriotas. Una consecuencia paradójica es que, en los países avanzados, en un período signado por la expansión económica puede aumentar la proporción de los calificados de pobres, aun cuando ellos hayan compartido los beneficios del crecimiento, porque otros han prosperado todavía más. Es posible que algo similar haya sucedido aquí en las etapas de crecimiento macroeconómico a “tasas chinas”, pero de ser así la inflación no tardó en privar a los sectores más rezagados de las eventuales mejoras conseguidas. Sea como fuere, la resistencia oficial a permitir la difusión de datos de pobreza actualizados es menos importante que su propia negativa, y la de muchos que están aprovechando el episodio para mofarse del gobierno, a reconocer el fracaso total de una estrategia basada en la redistribución del ingreso a través de organismos estatales y entidades clientelistas. Puede que la caridad politizada sirva para atenuar el drama de los más necesitados e impedir que haya hambrunas en un país que cuenta con recursos para alimentar a centenares de millones, pero sólo se trata de medidas apropiadas para una emergencia pasajera. Una solución permanente requeriría una auténtica revolución cultural destinada a reeducar a los que no pueden o, en muchos casos, no quieren cumplir funciones que les permitirían valerse por sí mismos en una economía que ha dejado de ser rudimentaria, pero pocos políticos han manifestado mucho interés en la alternativa así supuesta. Parecería que el consenso es que sería suficiente –y, en términos políticos, más provechoso– afirmarse solidario con los pobres, tratándolos como víctimas de un sistema injusto contra el cual deberían luchar. Huelga decir que tal actitud, reivindicada a su modo por casi todos los partidos políticos, los sindicatos y la Iglesia Católica, sólo sirve para perpetuar el statu quo. Por cierto, no ha ayudado a modificar la realidad. Antes bien, ha contribuido a consolidarla, razón por la que convendría a todos que los preocupados por el estado del país pensaran menos en sus propios sentimientos caritativos y más en lo que sería necesario hacer para desmantelar los muchos obstáculos, tanto culturales como sociales, que impiden salir de la pobreza a los más de 15 millones de personas que, según algunos expertos, están sumidas en ella.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Domingo 27 de abril de 2014


Exit mobile version