Injusticia interna

Pedir la condonación de la deuda externa es una forma de confesar que la Argentina ya no es capaz de valerse por sí sola.

Por Redacción

Toda vez que los líderes de las naciones más ricas aluden a la necesidad de condonar las deudas externas de los países más pobres, los políticos, sindicalistas y eclesiásticos locales que dicen querer que la Argentina sea beneficiada por una medida de este tipo se sienten reivindicados, pero, como muchos entienden muy bien, no existe posibilidad alguna de que los acreedores extranjeros -y ni hablar de los nativos- tomen en serio sus protestas o súplicas. ¿Por qué deberían hacerlo? La Argentina no es un país africano con un ingreso per cápita de cien dólares anuales sino uno cuyos casi 10.000 dólares anuales lo ubican bastante cerca de Portugal y Grecia, integrantes plenos de la Unión Europea, y por lo tanto está en condiciones de superar sus propias dificultades por sus propios medios. A diferencia de Etiopía o Malí, no tiene por qué mendigar la caridad ajena. Si, como afirma el representante más vocífero de los contrarios a la deuda, el camionero Hugo Moyano, «no se puede pagar con la sangre, el sufrimiento y la vida de los argentinos», los responsables de este lamentable estado de cosas son otros argentinos, no aquellos inversores extranjeros que se arriesgaron comprando bonos emitidos por el gobierno de turno.

Paradójicamente, los más entusiasmados con la idea de repudiar la deuda, gente como Moyano, los aliancistas «disidentes» Alfredo Bravo y Elisa Carrió, Adolfo Pérez Esquivel y una cohorte de clérigos, también suelen creerse paladines de la «independencia» nacional frente al mundo exterior. Parecería que no entienden lo que significaría ya una moratoria unilateral, ya un acuerdo destinado a aliviar los pagos. Entre otras cosas, se trataría de una forma de confesar a los demás que la Argentina ya no es capaz de valerse por sí sola y que por lo tanto tendrá que depender de la ayuda externa, iniciativa que por cierto no contribuiría en absoluto a aumentar el poder de decisión nacional. De borrarse de la lista de países que procuran honrar sus obligaciones y que por lo tanto tienen acceso a los mercados crediticios, la Argentina se haría totalmente dependiente de la buena voluntad de los países más poderosos, lo cual sería una manera muy extraña de oponerse a la «globalización» en nombre de la independencia nacional.

Mal que les pese a los miembros del elenco estable de los «disidentes», hay un solo modo de que el país se libere de su deuda externa: consiste en pagarla cuanto antes y después rehusar pedir prestado un centavo más. Pero, como todos saben, los indignados por la deuda ni siquiera han pensado en esta alternativa. A diferencia de los nacionalistas de otras latitudes, a los nuestros les encanta que el país reciba más créditos -lo cual, dicen, refleja la confianza extranjera en el futuro argentino-, pero no les gusta para nada que se vea obligado a devolverlos con los intereses correspondientes, actitud que por razones evidentes produce más fastidio que simpatía en las capitales del Primer Mundo.

La verdad es que en el fondo, quienes participan, desinteresadamente o por motivos políticos, en marchas contra el FMI y hablan sin pausa de lo malos que son los acreedores no están protestando contra la deuda sino contra la extrema desigualdad de la sociedad argentina. Puesto que casi todos cuentan con ingresos que son muy superiores a los percibidos por el grueso de sus compatriotas, prefieren intentar exportar el problema atribuyéndolo a factores más remotos. Esta costumbre sirve para que se crean «víctimas», categoría que a su juicio es mucho mejor que la de los «privilegiados», pero tal beneficio personal aparte es sumamente negativo porque les impide prestar la debida atención a lo que está ocurriendo en el país mismo. Si les angustia tanto la desigualdad, lo lógico sería que se pusieran a exigir un aumento espectacular de los impuestos más una campaña realmente eficaz contra los evasores, pero sucede que entre los que se verían perjudicados por un programa igualitario están ellos mismos, sus amigos, correligionarios y, obvio es decirlo, una cantidad significativa de votantes, razón por la cual les conviene más enfurecerse con el resto del mundo, achacándole la culpa por males de origen casi exclusivamente interno.