Inmigrantes problemáticos



Luego de décadas de multiculturalismo en que casi todos los políticos europeos procuraban dar la impresión de sentirse agradecidos por el aporte valioso a la diversidad de hasta los inmigrantes menos calificados, está produciéndose una reacción fuerte contra la tendencia así supuesta. Ya no se trata de figuras marginales como el francés Jean Marie Le Pen o el fallecido austríaco Jörg Haider sino de mandatarios como el presidente de Francia, Nicolas Sarkozy, y el primer ministro italiano Silvio Berlusconi. En otros países de Europa, como el Reino Unido y Alemania, dirigentes de todas las corrientes significantes se afirman preocupados por “la identidad nacional” y por la presunta necesidad de definirla para entonces poder defenderla. Son reacios a decirlo sin ambages, pero lo que todos temen es que a la larga resulte imposible “asimilar” la creciente minoría musulmana por ser cuestión de personas cuyos valores son en muchos casos claramente incompatibles con los vigentes en la Europa laica, pluralista y democrática actual. Últimamente, en Francia se han aprobado leyes destinadas a prohibir el uso en los edificios públicos del velo integral, “el burka”, so pretexto de que equivale a una máscara, si bien el motivo auténtico es que el gobierno entiende que quienes lo llevan lo hacen ya porque sus familiares las obligan a cubrirse totalmente, ya porque ellas mismas quieren llamar la atención a su propia militancia islamista. Por razones similares, los suizos votaron en contra de permitir la construcción de minaretes. Aunque el debate cada vez más tenso en torno a la inmigración masiva se debe principalmente al malestar provocado por la presencia en Europa de más de veinte millones de musulmanes, no constituyen la única minoría afectada por el endurecimiento de las actitudes oficiales. En Francia, el gobierno de Sarkozy ha empezado a expulsar a miles de gitanos oriundos de Rumania y Bulgaria, países recién incorporados a la Unión Europea cuyos ciudadanos tienen derecho a trasladarse a otros con tal que dentro de tres meses consigan un trabajo y un seguro médico. Por los motivos que fueran, pocos gitanos han podido cumplir con dichas obligaciones, de suerte que es indiscutible que las autoridades francesas tienen derecho a devolverlos a sus países de origen. Con todo, la manera expeditiva de “solucionar” el problema planteado por los asentamientos –en efecto, villas miseria– que se han formado elegida por el gobierno francés, y también por el italiano, ha dado pie a una multitud de protestas. Incluso el papa Benedicto XVI ha sumado su voz al coro que condena “la política de exclusión” adoptada por Francia. En cambio, según un sondeo, el 48% de los franceses dice estar plenamente a favor de las medidas, mientras que sólo un 42% las cree excesivas. En Francia como en otros países, entre ellos el nuestro, la inmigración masiva, sea legal o no, divide a la sociedad. Por un lado están los que, por principio, son contrarios a cualquier forma de discriminación por motivos étnicos o religiosos; por el otro están quienes entienden que los miembros de grupos determinados son más proclives que otros a cometer delitos, a depender de la asistencia pública o de la mendicidad o, en el caso de algunos musulmanes exaltados, a asumir posturas militantes amenazando a sus anfitriones con una guerra santa. Hasta hace muy poco, los primeros dominaban en Europa y Estados Unidos, de ahí el aumento fenomenal de la inmigración, pero parecería que la tolerancia ha alcanzado su límite. Conscientes de que para millones de nativos, y también para muchos inmigrantes ya integrados, la llegada constante de personas de cultura radicalmente distinta plantea un problema sumamente grave, políticos como Sarkozy han decidido comenzar a actuar. Otros gobernantes en Europa y dirigentes locales en Estados Unidos lo están emulando, aunque prefieren hacerlo de manera más discreta por temor a verse acusados de xenofobia, cuando no de racismo, de suerte que es de prever que en adelante se hará cada vez más difícil trasladarse de un país a otro con el propósito de quedarse, a menos que uno posea mucho dinero o, por lo menos, calificaciones académicas o laborales que sean lo bastante buenas como para impresionar a las autoridades inmigratorias.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 860.988 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA - Lunes 6 de septiembre de 2010


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