Intenso buceo por la Guerra Civil
Sigue sacándose las ganas. Con la tenacidad de quien sabe de trancas y barrancas. Una marcha a puro desbrozar la historia para inyectarle ficción. Almudena Grandes, madrileña, 53 años, rostro de rasgos duros, ojos negros muy negros y proyección bien ganada en la literatura española de la transición, sigue su marcha rumbo a publicar seis novelas en el marco de una vetusta serie: “Episodios de una guerra interminable”. Su reciente “El lector de Julio Verne” –el segundo de la serie (Tusquets Editores, 417 páginas)– se aproxima a la novela total tal cual la define Mario Vargas Llosa: la magnitud de la realidad que expresa a partir de un micromundo muy aldeano. Una novela que atrapa y atrapa.
Algo menos de una década atrás, la cabeza de doña Almudena Grandes quedó preñada de seis novelas. Y ella, con estilo directo, sentenció: “Las tengo todas bien atrapadas, las conozco, las miro, las leo, las corrijo, les saco esto y les coloco aquello… Pero las tengo, ya las iréis conociendo. Calma!”. Y sí, las fue pariendo. En realidad, ya se sacó dos de encima: “Inés y la alegría” y “El lector de Julio Verne”. Impecables. No ajenas, claro, a opinión. Quizá, por caso, muchas páginas. ¡Pero atrapan! A quien gusta de la historia y no teme al revoltijo que le da forma, Almudena entrega dos aportes que una vez asumidos por el lector formarán parte de su cotidianidad. El embarazo de doña Almudena comenzó en un tiempo en que ella descubrió que no lo sabía todo sobre la Guerra Civil española. Dos España. Irreductibles. Mirándose a todo o nada. La larga sangría que aún conmueve. Banco de prueba de otro horror que ya acicateaba un austríaco que aún es el alemán más conocido: Adolf Hitler… Doña Almudena, formada en historia de la Complutense, se metió mecida por espíritu inquieto en la década del 40. La post Guerra Civil. Tiempo de dictadura sangrienta. Francisco Franco. “La muerte había sido el oficio de este hombre pequeño y rechoncho, de voz atiplada. Un hombre frío, una crueldad casi impersonal, casi imparcial, sin estallido de sadismo o de desmesura, exclusivamente orientada a reforzar su poder”, reflexiona Jorge Semprún, que en la resistencia al franquismo fue Federico Sánchez. Doña Almudena escribe con una cautela de etnógrafo propia de la que Mario Vargas Llosa detecta en Víctor Hugo. Avanza sobre los pequeños mundos de aquella España de la escasez y el control social extremo, la censura. Y la Iglesia Católica, franquista, inquisitorial. Las aldeas, el campo, el monte y el poder de la benemérita Guardia Civil y su tricornio de siglo y medio largo, y gente humilde, callada, sufrida, familias arrasadas por la muerte, gente que por momento recuerdan a “Los santos inocentes”… y una biblioteca casi clandestina y un Cencerro, audaz, temerario, mezcla de todo lo que el franquismo asumía desde un único lugar: el odio. Doña Almudena no se desliza a complejas orfebrerías de palabras para armar su novela. Su estilo es limpio, despojado de todo trastorno para el lector. Busca su lealtad. Y el lector avanza en el libro empujado por una trama cuya seducción está en la sencillez con que se la despliega. En todo caso hay en algunos tramos cataratas de comas que tornan muy ligera la lectura. Rápida. Como cuando Nino reflexiona sobre todo lo que no quiere ser. Y lo que sí quiere ser. Nino tiene nueve años. Y en él se expresa una de las habituales sugerencias que definen mucho de la literatura de doña Almudena. A partir de uno de los personajes de su obra, alentar en el lector la imaginación como para sacarlo de la novela. Instalarlo fuera de ella con peso propio para ser una novela dentro de la novela. Y de ahí en más, vincularlo con otros pibes propios de la buena literatura. Nino –hijo del un guardia civil– tiene por caso algo de Gavroche, personaje apasionante de “Los Miserables”, de Víctor Hugo. Uno y otro nacen y se crían en tiempos, sociedades y espacios personales muy diferentes. Gavroche es la calle, la lucha cotidiana por la vida. Nino, un hogar. Padre y madre que se preocupan por él. Pero uno y otro comparten el espíritu inquieto con que van descubriendo los claroscuros que definen la vida. También como aquel pibe inglés de aristocracia en la que pivotea “El imperio del sol”, de Ballard. Ese pibe que Christian Bale inmortalizó en el cine de la mano de Spielberg. Como doña Almudena inmortaliza aquella España post Guerra Civil que tan nuestra, tan argentina, también fue… Ahora, a esperar el próximo parto de doña Almudena.
Carlos torrengo carlostorrengo@hotmail.com
Almudena Grandes, autora de “El lector de Julio Verne”