Inverness , la “Patagonia escocesa”

La cuarta escala del diario de viaje fue en una zona de gran parecido con el paisaje cordillerano del sur de la Argentina, pero minada de castillos en sus alrededores verdes y boscosos. Uno de ellos es el de Urquhart, lleno de historias y leyendas, a orillas del lago Ness. El enviado no encontró al famoso monstruo, pero sí un hostal para mochileros, música, onda y seducción en los pubs y la experiencia de ver el mundo desde el otro lado de la ruta.





1
#

ECOS DEL PASADO. El castillo de Urquhart, sobre el lago Ness

2
#

El lago Ness es profundo y de 56,4 km de superficie.

3
#

TIEMPOS LEJANOS. Hay indicios de que el castillo fue construido en el siglo VI.

4
#

DUEÑO ROQUERO. El castillo fue comprado por el guitarrista de Led Zeppelin. Hoy es patrimonio de la nación

5
#

7 LIBRAS. Para entrar al castillo. Los guías son sin cargo.

6
#

ATRACCIÓN. El lago Ness, un imán para los turistas que llegan a Inverness.

7
#

OTRA VISIÓN. Para manejar en las rutas británicas hay que acostumbrarse a andar por el carril contrario.

8
#

VOLANTE A LA DERECHA. Es recomendable alquilar un auto para recorrer la zona.

9
#

¿Y NESSIE? Sin rastros del célebre monstruo en el lago.

10
#

ÚLTIMA PARADA DEL DÍA Paisaje en el pequeño pueblo de Carrbridge

11
#

LAGOS Y LADERAS. En las Highlands

12
#

LA MOVIDA DE LOS PUBS. Música, juegos de seducción y cerveza, cerveza, cerveza...

13
#

NAVEGANTES. Otra vista del lago Ness desde el castillo de Urquhart

14
#

EL RÍO NESS. Cruza la ciudad

15
#

FOOTBRIDGE. Puente sobre el Ness

16
#

DESDE EL AIRE. El hermoso Inverness Club

17
#

DE COMPRAS. En el centro de Inverness

La imagen se venía repitiendo en los últimos días pero siempre tenía algún matiz que la hacía especial. El paisaje ahora era más boscoso y los árboles más altos y había mayor variedad de vacas y ovejas. Era maravilloso. Empezaba a anochecer cuando bajé del cómodo tren en Inverness , unos 250 kilómetros al norte de Edimburgo, de donde había salido tres horas y media antes.

La capital de las Highlands estaba colapsada. No era lo que esperaba pero fue lo que pasó. Tampoco vi al monstruo del lago Ness pero sí dormí, con otras 15 personas, en el suelo de la recepción de un hostal para mochileros. Creo que los imprevistos nos ponen a prueba, algo que me resulta atractivo y, esta vez, fue divertido. Además, las coincidencias ya me causaban gracia.

A los últimos lugares en los que había estado siempre llegaba en el momento de mayor ocupación del año. La situación se repetía de manera absurda. No se trata de que había mucha gente porque era época de vacaciones. Así como en York me habían tocado las carreras de caballos que son furor, en Inverness se volvía a reunir una banda de música que hacía cuatro años que no se subía a un escenario. No retuve el nombre del grupo pero era como si el Indio Solari tocara en Tandil.

“No vacancy”: el cartelito estaba colgado por todos lados en esta adorable ciudad con 58.000 habitantes, casas bajas y calles tranquilas. Entré a veinte lugares diferentes y obtuve la misma respuesta: está completo. Llamé a otros diez en las afueras, busqué por internet y nada. No había alojamiento en 30 kilómetros a la redonda. Recién a unos 40 kilómetros encontré una habitación en un hotel, de mil estrellas, a 300 libras la noche. A eso había que sumarle un taxi para llegar hasta el lugar. Mi economía iba camino a la ruina.

Después de tres horas dando vueltas, a las diez de la noche entré a Highlander, un hostal en High Street, una de las peatonales más transitadas y comerciales, en pleno centro. La lógica me indicaba que estaría repleto. La realidad me lo confirmó. Pero muchas veces hay espacio para algo más, o para una persona más: “No tengo disponibilidad”, me dijo el recepcionista, que me pareció amable. Casi a modo de chiste, le comenté que en las mesas de pool no había nadie. “No, está reservadas, pero en el piso te podés quedar”. Pagué diez libras y el desamparo quedó de lado. Me acomodé donde pude. A mi alrededor había chinos, polacos, rusos, canadienses, estadounidenses... El techo era altísimo, los ventanales enormes y la luz de un fosforescente asesino.

De pronto, la calle se transformó en una marea de gente de todas las edades. Había terminado el recital. Me compré un döner kebab, típica comida árabe que vendría a ser como una especie de sandwich con trozos de carne cortada a cuchillo y ensalada. Mientras intentaba que no se me desarmara, miraba el desfile de gente. Una chica de unos 25 años, ebria por completo, se arrimó del otro lado del vidrio. Fingió que se ponía a llorar, le ofrecí comida, abrió la boca, sacó la lengua y gesticuló como si se hubiera tragado un bocado. Cuando me pidió gaseosa le dije que no. Se puso a llorar. Me reí. Se rió y siguió caminando. Al rato salí por la peatonal.

En los alrededores había muchos bares, en pocos metros. Entré en uno que no me acuerdo el nombre. Pedí una cerveza y me divertí viendo a los borrachos. Uno, que apenas se mantenía en pie, se las ingenió para hacer el karaoke de tres temas. Intentaba seducir a una chica que estaba aún más embriagada. Pero ella estaba enfocada en otro muchacho, el cual sintió vergüenza ajena cuando ella subió a balbucear un tema. Al bajar, el chico se había ido. Ella dio una vuelta por el bar, rechazó al simpático veinteañero borracho y caminó hacia la puerta para irse. Una mujer policía la llamó y le dijo: “Esto es tuyo”. Se había olvidado la cartera en el suelo. Antes de entrar en un estado similar, volví al hostal y me tiré a dormir en el suelo.

MANEJANDO AL REVéS

A la mañana siguiente alquilé un auto y salí a recorrer. “Todos los lugares son para quedarse”, me había dicho Roy, un simpático joven en la oficina de turismo. No mintió: en los 140 kilómetros planificados, cada pueblito invitaba a frenar y pasar el día. Todos tenían algo para hacer: caminatas, parapente, circuitos en bicicleta o paseos a caballo.

La vuelta en auto bordeando el lago Ness fue imperdible: un paisaje muy fácil de confundir con la Patagonia, aunque la mayor diferencia tal vez sea la gran cantidad de verde y de castillos que hay en los alrededores. Pero antes de empezar a disfrutar, la pasé mal. Fue raro manejar sentado en el asiento derecho. Los dos primeros minutos resultaron una pesadilla: me sentía un inútil y tenía la sensación de que en cualquier momento iba a chocar. Quería devolver el auto. Me perdí en la primera curva y no tenía GPS. El hombre que me alquiló el auto me había dado un solo consejo: “Andá por la parte gris”. Tardé un rato en estar algo más cómodo. Igual, me seguía equivocando, sobre todo los movimientos automatizados. Cuando quería mirar por el espejo retrovisor del medio levantaba la cabeza hacia la derecha y sólo me encontraba con el cielo despejado. También fue raro pasar los cambios con la mano izquierda y manejar por el carril contrario. La primera parada fue para bajar caminando hasta el lago Ness, ir al baño y sacar unas fotos.

Una hora y media después de empezado el recorrido, estacioné en el castillo de Urquhart, que está en ruinas. Valió la pena pagar siete libras para entrar. Parece de cuento: está sobre un enorme parque verde a orillas del lago Ness. Se puede caminar libremente por dentro y también hay guías que cuentan historias, para lo que no se paga aparte. Así me enteré de que Jimmy Page, líder de Led Zeppelin, compró el castillo en algún momento y lo tuvo varios años. Hoy es Patrimonio Nacional. No se sabe la fecha exacta de su construcción aunque hay indicios de que por primera vez se edificó ahí en el siglo VI. Los primeros registros del castillo datan del siglo XIII. Desde entonces pasó por las manos de distintas familias hasta que en 1962 fue destruido por los ingleses. El objetivo fue evitar que lo ocuparan los jacobitas, quienes intentaron devolver el trono a la Casa de Estuardo, la dinastía que reinó en Escocia entre 1371 y 1600.

Después de una fugaz clase de historia, almorcé en el restaurante que está en el centro de visitantes. Luego volví al volante. Fue como si el descanso me hubiera servido para fijar la idea de manejar al revés, algo que ya casi no me costó. Animal de costumbre, dicen. Así, pude prestar más atención al paisaje que me rodeaba: flores amarillas y lilas, pájaros, vacas, ovejas y dos bambis que se cruzaron en el camino. El tiempo pasó rápido y llegué antes de lo previsto a Carrbridge, la última parada del día. Siguiendo un cartel en la ruta, terminé en un bed and breakfast que de afuera no prometía mucho.

Una señora de 60 años, con bastante aliento a alcohol, abrió la puerta de su casa. Hacía pocas semanas que la había transformado en alojamiento. Mientras dudaba si quedarme ahí, ella casi no me dio opción a irme. A los pocos pasos, ya me trataba como a un hijo al que no veía hace años: me abrazaba, hablaba sin parar y sonreía. “Mirá esto”, me dijo. Apretó un botón y un siervo que estaba colgado en la pared empezó a cantar y moverse. Ella no paraba de reírse a carcajadas. “Ese bicho está medio borracho”, le dije. “¡Ey! Pobrecito, no le digas eso a mi amiguito”, me respondió la señora mientras acariciaba el cadáver. “¿Cómo llegué a este lugar desopilante?”, me preguntaba.

La casa era tan antigua como enorme y muy linda por dentro: pisos de madera, dos habitaciones grandes para huéspedes con cafetera y un baño enorme. Era como si hubiera caído en la casa de una tía a la que todavía no conocía, aunque tuvo que pagarle 27 libras por la noche. Le pedí si en lugar del desayuno me podía dar la cena. No sólo aceptó sino que preparó unos deliciosos panes, fiambres, aceitunas y ensalada de frutas.

Mientras tomamos unas cervezas, ella contó que estaba divorciada hacía cinco años y que sus cuatro hijos ya habían armado su vida en otro lugar. “Amo Carrbridge pero si me gano la lotería me voy a vivir a Francia, aunque no a París. Escocia me encanta pero no me gustan los escoceses, somos muy débiles. En cambio los franceses son más fuertes. Dicen ‘no’ y es ‘no’”, dijo. Contó que le gustaría volver a encontrar un compañero pero que a su edad le resultaba difícil: “Igual, me siento acompañada por los turistas que van llegando. Ya vinieron japoneses, alemanes, franceses...”. Hasta que en un momento confesó que no podía soportar que su exmarido se hubiera vuelto a casar. Entonces se quebró: no soportó imaginar a su exmarido feliz en otro matrimonio. Seguimos charlando y prometió que al día siguiente se levantaría a las seis de la mañana para despedirse. No estuvo ni cerca de hacerlo.

Había amanecido nublado. La puerta de entrada estaba sin llave. Salí, subí al auto y manejé hacia Inverness , que estaba a menos de una hora. En el medio cargué nafta (autoservicio) y después devolví el auto. Había sido una buena decisión alquilarlo un día por 40 libras. La otra opción era un tour de tres horas a Urquhart que costaba 23 libras. En auto el recorrido fue bastante más extenso: empecé en la mañana de un día y terminé en la del día siguiente. Por suerte, la terminal de tren estaba a doscientos metros, así que caminé con la valija (es clave que tenga rueditas), me senté en un café y empecé a repasar los apuntes del diario de viaje. Aún me quedaba bastante por delante. El siguiente destino era el encantador Pitlochry, otro pueblito de cuento.

DATOS UTILES

• Hostal en Inverness: http://www.highlanderhostel. com

• Hostal en Carrbridge: 27 libras la noche con desayuno.

• Alquiler de auto: 40 libras por día. Hay que dejar un depósito de 600 libras como garantía, que se hace congelando esa suma

con la tarjeta de crédito.

• Castillo de Urquhart: 7 libras la entrada. Está en ruinas pero vale la pena ir.

• Tren de Edimburgo a Inverness: 14 libras el pasaje, tres horas y media de viaje. http://www.eastcoast.co.uk Sacando con anticipación o más de un pasaje, baja mucho

el precio regular.

JUAN IGNACIO PEREYRA

pereyrajuanignacio@gmail.com


Comentarios


Inverness , la “Patagonia escocesa”