JFK y el museo del sexto piso



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Entra, susurraba la ventana del sexto piso. Echa un vistazo… Sube al sexto piso… En tu época esto es un museo, viene gente de todo el mundo y algunos aun lloran por el hombre que fue asesinado y por todo lo que podía haber hecho…”. Esa ventana del sexto piso que Stephen King hizo hablar en su novela “22/11/63” incita a Jake a cambiar el curso de la historia.

En la plaza Dealey de Dallas, inexorablemente, las miradas se dirigen hacia esa ventana. La primera de la derecha, en lo alto del edificio rojizo. Aún parece entreabierta, amenazante. Desde allí, el 22 de noviembre de 1963, Lee H. Oswald supuestamente disparó contra el presidente John F. Kennedy. El paisaje transporta a ese mediodía, invitando a entrar en el pasadizo del tiempo, como lo hizo Jake, el personaje de “22/11/63” que vuelve a los años 60 con la misión de perseguir a Oswald y evitar que suenen los disparos de su rifle.

A poco de cumplir treinta años, justo en el día de los presidentes –que en los Estados Unidos se celebra el tercer lunes de febrero–, el museo del sexto piso, en el antiguo depósito de libros escolares de Texas, es el testimonio insoslayable de aquel dramático día. Símbolo de una época turbulenta en ese país y en el mundo. El lugar, que estuvo a punto de ser demolido en 1970, recibe anualmente más de medio millón de personas que llegan para recrear el trayecto de la caravana presidencial y, también, el del asesino. Algunos solo intentan rendir tributo a los ideales del ex presidente, otros van en busca de teorías sobre su muerte. Sin embargo, y a medida que se desclasifican nuevos documentos y se esperan otros que aparecerán antes del 2021, aún permanece la pregunta sobre lo que ocurrió aquel mediodía.

Enormes paneles con fotografías, documentos y objetos y toda clase de explicaciones desgranan el contexto político y social de la década de 1960: la carrera presidencial, los tres años de gobierno, el viaje a Texas, la investigación de la Comisión Warren y las teorías conspirativas, y su legado. La ventana de la esquina, la ventana que King, hace hablar, está allí protegida con una mampara de vidrio. Inmortal.

El museo es una suerte de exorcismo final contra los demonios empeñados en culpar en parte a la ciudad por aquel crimen. A pesar de que las imágenes y fotografías que se exhiben reflejan el júbilo de los miles de personas que se habían congregado ese día para recibir al presidente, ser vecino de Dallas fue durante largos años la peor tarjeta de presentación en los Estados Unidos.

Son muchas las historias que se recuerdan sobre la reacción de indignación y reproche por no haber evitado lo que muchos parecían presentir. Cuentan los periódicos y la leyenda que una joven de Dallas recibió una carta en la que el nombre de la ciudad había sido reemplazado por: Vergüenza, Texas. Estigma, sin embargo, que no soportaron otras ciudades como Washington D. C., escenario del asesinato del presidente Lincoln, o Memphis, donde mataron a Martin Luther King, emblema indiscutible de los derechos civiles de aquella década sangrienta.

Alrededor del mundo hay cientos de recordatorios a la memoria de Kennedy. “Desde una montaña en Canadá hasta una calle de tierra en la Argentina”, dice un mural instalado en una de las salas del museo. En Ascochinga (Córdoba), la iglesia Sagrado Corazón de Jesús tiene una placa que recuerda el paso de Kennedy en 1941, cuando apenas tenía 24 años y salió a la aventura por estas tierras del sur. Tres años después de su asesinato, Jacqueline y sus hijos repitieron el periplo, también invitados por Miguel Ángel Cárcano, exembajador argentino en París a quien el entonces joven Kennedy conoció en 1939 en el Vaticano, en la asunción del papa Pío XII.

Para la generación que llegó al mundo cuando las grandes guerras ya quedaban atrás, el asesinato de Kennedy puso fin a un periodo de previsto progreso en el que solo la tensión de la Guerra Fría y la amenaza nuclear empañaban lo que parecía venir. Pero la admiración por sus ideales fue pasando de una generación a otra. Hoy, los visitantes del museo no son solo aquellos que tienen recuerdos personales sobre ese trágico episodio, son también esos jóvenes que ni siquiera habían nacido en 1963.

Tras haber deseado olvidar este episodio, Dallas mantiene el museo del sexto piso como recuerdo del drama y un monumento dedicado a su memoria. Pero la plaza Dealey, a pesar de las transformaciones de la ciudad, permanece igual que hace medio siglo. Allí desfilan los transeúntes que siguen preguntándose, como en la novela de King, qué hubiese ocurrido si…


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