“Juan Raúl Rithner dejó un camino
de luces”
Tenía 72 años y nos dejó. Todos aquellos que lo conocimos y pudimos disfrutar de su amistad, su sencillez, su amplia generosidad, no podemos sentir más que dolor. Hace tiempo que nos tenía medio asustados por la fragilidad de su salud, pero apenas se sentía bien allí estaba escribiendo, impulsando un proyecto, disertando, comprometiéndose con la actividad de otros artistas, docentes, alumnos. Dejó atrás un gran legado de cuentos para chicos y grandes, de obras de teatro, escritos, ensayos y ponencias sobre comunicación social e investigación en temas de cultura popular. Recopilador en muchos de sus trabajos de la memoria oral de pobladores de la Patagonia, testimonios que consideraba centrales para ir trazando ese universo de la diversidad cultural de la región. Quizás el mayor conocedor de los mitos y leyendas patagónicas. Comprometido con la causa y la reivindicación de la cultura y los derechos de las comunidades indígenas, a veces me asombraba que, despojado ya de todo condicionamiento de una sólida educación y trayectoria universitaria, se sentía más cercano a la mística y religión de esos pueblos originarios o lo que llamaba “presencias” y “sensaciones presenciales” de la cultura popular. En una de sus últimas ponencias, en el congreso sobre folclore e identidad rionegrina que se hizo en Choele Choele el año pasado, están expresadas muchas de sus convicciones. Los universos míticos propios de la identidad de cada pueblo son herramientas de defensa ante la actitud invasiva del, eventualmente, más poderoso. Son la resistencia a lo hegemónico. Y son el reclamo de justicia alzado por las mujeres de esta Abya Yala, rebautizada América. Reclamos de justicia pero también fundación de la esperanza… Los sustratos oligárquicos hegemónicos descalifican relatos heredados y retransmitidos a través de las generaciones y tapados de olvido o, aún más perverso, resignificados. Expertos en enmascarar, una leyenda o creencia o simple saber popular que reaparece les produce escozor; los saben elementos de la resistencia cultural, potentes metáforas de identidad. Si uno se cierra en la visión soberbia de su simulacro como “verdad absoluta”, coarta las posibilidades de generar un acto de alquimia que, de darse, ampliaría la mirada, estimularía la vecindad de los saberes, promovería la interculturalidad y sería real herramienta del desarrollo social. La cultura, definida con precisión por el guatemalteco Celso Lara Figueroa como “síntesis de valores materiales y espirituales que expresa, con su sola presencia, la experiencia histórica particular de un pueblo, y representa las resultantes de su fisonomía social peculiar, de su personalidad colectiva” (1998) fue oprimida, junto a la Educación, por dictaduras y gobiernos neoliberales en Argentina y América que acotaron la mirada, alimentaron la univocidad, el simulacro de la objetividad y falsas realidades hegemónicas, y negaron la “empatía” y la interculturalidad. La luz será más potente cuando estemos más atentos a la realidad de todos los sectores sociales y no sólo a la de los artistas, actores sociales a los que se considera únicos protagonistas de lo cultural, internalizado y perverso simulacro que se convalida para sujetar el crecimiento del entramado social. Como escribió Walter Benjamin, consideraba que estábamos demasiados informados “sobre las novedades del planeta, pero sin embargo pobres en historias singulares”. Una de sus tareas fue dedicarse a esa tarea contracultural de retrucar el incesante flujo de comunicación e información dominante. Optimista, tenía la convicción de que “¡La amanecida es posible!”, aunque seguramente este último tiempo de retorno a ese neoliberalismo que repudiaba y a un presidente que reivindica a Roca le debe haber causado, como al admirado Osvaldo Bayer, indignación y un sentimiento de frustración.
Claudio García
DNI 14.584.593
“Dejó atrás un gran legado de cuentos para chicos y grandes, de obras de teatro, escritos, ensayos y ponencias sobre comunicación social e investigación en temas de cultura popular”.
Datos
- “Dejó atrás un gran legado de cuentos para chicos y grandes, de obras de teatro, escritos, ensayos y ponencias sobre comunicación social e investigación en temas de cultura popular”.
Tenía 72 años y nos dejó. Todos aquellos que lo conocimos y pudimos disfrutar de su amistad, su sencillez, su amplia generosidad, no podemos sentir más que dolor. Hace tiempo que nos tenía medio asustados por la fragilidad de su salud, pero apenas se sentía bien allí estaba escribiendo, impulsando un proyecto, disertando, comprometiéndose con la actividad de otros artistas, docentes, alumnos. Dejó atrás un gran legado de cuentos para chicos y grandes, de obras de teatro, escritos, ensayos y ponencias sobre comunicación social e investigación en temas de cultura popular. Recopilador en muchos de sus trabajos de la memoria oral de pobladores de la Patagonia, testimonios que consideraba centrales para ir trazando ese universo de la diversidad cultural de la región. Quizás el mayor conocedor de los mitos y leyendas patagónicas. Comprometido con la causa y la reivindicación de la cultura y los derechos de las comunidades indígenas, a veces me asombraba que, despojado ya de todo condicionamiento de una sólida educación y trayectoria universitaria, se sentía más cercano a la mística y religión de esos pueblos originarios o lo que llamaba “presencias” y “sensaciones presenciales” de la cultura popular. En una de sus últimas ponencias, en el congreso sobre folclore e identidad rionegrina que se hizo en Choele Choele el año pasado, están expresadas muchas de sus convicciones. Los universos míticos propios de la identidad de cada pueblo son herramientas de defensa ante la actitud invasiva del, eventualmente, más poderoso. Son la resistencia a lo hegemónico. Y son el reclamo de justicia alzado por las mujeres de esta Abya Yala, rebautizada América. Reclamos de justicia pero también fundación de la esperanza... Los sustratos oligárquicos hegemónicos descalifican relatos heredados y retransmitidos a través de las generaciones y tapados de olvido o, aún más perverso, resignificados. Expertos en enmascarar, una leyenda o creencia o simple saber popular que reaparece les produce escozor; los saben elementos de la resistencia cultural, potentes metáforas de identidad. Si uno se cierra en la visión soberbia de su simulacro como “verdad absoluta”, coarta las posibilidades de generar un acto de alquimia que, de darse, ampliaría la mirada, estimularía la vecindad de los saberes, promovería la interculturalidad y sería real herramienta del desarrollo social. La cultura, definida con precisión por el guatemalteco Celso Lara Figueroa como “síntesis de valores materiales y espirituales que expresa, con su sola presencia, la experiencia histórica particular de un pueblo, y representa las resultantes de su fisonomía social peculiar, de su personalidad colectiva” (1998) fue oprimida, junto a la Educación, por dictaduras y gobiernos neoliberales en Argentina y América que acotaron la mirada, alimentaron la univocidad, el simulacro de la objetividad y falsas realidades hegemónicas, y negaron la “empatía” y la interculturalidad. La luz será más potente cuando estemos más atentos a la realidad de todos los sectores sociales y no sólo a la de los artistas, actores sociales a los que se considera únicos protagonistas de lo cultural, internalizado y perverso simulacro que se convalida para sujetar el crecimiento del entramado social. Como escribió Walter Benjamin, consideraba que estábamos demasiados informados “sobre las novedades del planeta, pero sin embargo pobres en historias singulares”. Una de sus tareas fue dedicarse a esa tarea contracultural de retrucar el incesante flujo de comunicación e información dominante. Optimista, tenía la convicción de que “¡La amanecida es posible!”, aunque seguramente este último tiempo de retorno a ese neoliberalismo que repudiaba y a un presidente que reivindica a Roca le debe haber causado, como al admirado Osvaldo Bayer, indignación y un sentimiento de frustración.
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