Juegos con el FMI
Por motivos comprensibles, al gobierno del presidente Eduardo Duhalde no le gusta para nada la idea de que la estabilidad relativa de los meses últimos se haya debido menos a su propia sabiduría que a su negativa a tomar medidas antipáticas, de ahí su resistencia a firmar un acuerdo con el FMI que, entre otras cosas, lo obligaría a aumentar las tarifas, eliminar el control de cambios, garantizar que las provincias arrojen un superávit fiscal y, desde luego, mantenerse al día con los pagos a los organismos internacionales, entre ellos el propio Fondo. Reacio a poner fin al «veranito» que el país está experimentando, ha optado por enfrentarse con el Fondo declarándose dispuesto a luchar contra sus dictados en defensa de los intereses nacionales que, supone, son idénticos a los duhaldistas. Según parece, Duhalde, el ministro de Economía Roberto Lavagna y otros funcionarios creen que las advertencias que están formulando distintos economistas y también, huelga decirlo, sus interlocutores del exterior sobre las eventuales consecuencias nefastas de tal actitud resultarán tan equivocadas como han sido los vaticinios más apocalípticos que abundaban a comienzos del año cuando muchos preveían que el colapso sería aún más espectacular que el que efectivamente se concretó, que el país, después de quedarse sin bancos -y por lo tanto sin ahorros- se precipitaría sin remedio en una nueva pesadilla hiperinflacionaria. Tales calamidades no se han producido, pero esto no quiere decir que todas las advertencias se inspiren en nada más que los deseos malignos de los adversarios ideológicos o políticos de Duhalde.
Tal como era el caso cuando Fernando de la Rúa aún estaba en el poder, parecería que los encargados de manejar la economía se las han ingeniado para convencerse de que con un poco de suerte la situación imperante podrá perpetuarse porque, al fin y al cabo, los alarmados por «los números» eran meramente lobbistas sectoriales al servicio de alguno que otro interés creado. Por desgracia, los que en aquella ocasión creían que el país lograría zafarse porque el mundo no lo dejaría caer estaban viviendo en Jauja. Mal que les pese a los gobernantes, a veces sí les es necesario actuar a fin de prevenir males mayores incluso cuando preferirían prolongar una situación que les parece favorable. Asimismo, si bien siempre les es posible reducir los costos políticos atribuyendo los desastres al FMI o a «los mercados», esto no sirve para que sean menos dolorosos para quienes hayan perdido sus ahorros o sus ingresos.
Nadie ignora que representantes del FMI y de los grupos financieros de Wall Street tienen sus propias prioridades que no necesariamente coinciden con aquellas del país, de manera que siempre es positivo que el gobierno nacional de turno negocie con dureza, discriminando entre las exigencias que podrían considerarse razonables y otras basadas en nada más que prejuicios o intereses que nos son ajenos. Sin embargo, hay una diferencia muy grande entre la defensa resuelta de los intereses propios por un lado y una actitud combativa asumida por razones exclusivamente políticas por el otro. En la actualidad, la terquedad de la que están haciendo gala Lavagna y otros integrantes del estado mayor duhaldista parece tener tanto que ver con la interna peronista cuanto con su compromiso con el bienestar futuro del país. Conscientes de que el duhaldismo se ha visto beneficiado por la tranquilidad reciente -o, como algunos se han puesto a llamarla, el «amesetamiento»- que ha permitido que los depósitos bancarios hayan aumentado y que la tasa de cambio bajara un poco, sueñan con que la «normalidad» así supuesta se estire hasta bien entrado el año que viene. Tal aspiración podría considerarse legítima, pero sería imperdonable que un gobierno «de transición» lograra realizarla a costa del futuro, legando a su sucesor una situación incomparablemente peor que la recibida luego de la caída de De la Rúa y que, de «estallar», sembraría más miseria. Tarde o temprano, alguien tendrá que hacer frente a las asignaturas pendientes que Duhalde se ha negado a ver so pretexto de que «los ajustes» son una obsesión malsana del FMI, no una consecuencia ineludible de las distorsiones y deficiencias de la economía misma.
Por motivos comprensibles, al gobierno del presidente Eduardo Duhalde no le gusta para nada la idea de que la estabilidad relativa de los meses últimos se haya debido menos a su propia sabiduría que a su negativa a tomar medidas antipáticas, de ahí su resistencia a firmar un acuerdo con el FMI que, entre otras cosas, lo obligaría a aumentar las tarifas, eliminar el control de cambios, garantizar que las provincias arrojen un superávit fiscal y, desde luego, mantenerse al día con los pagos a los organismos internacionales, entre ellos el propio Fondo. Reacio a poner fin al "veranito" que el país está experimentando, ha optado por enfrentarse con el Fondo declarándose dispuesto a luchar contra sus dictados en defensa de los intereses nacionales que, supone, son idénticos a los duhaldistas. Según parece, Duhalde, el ministro de Economía Roberto Lavagna y otros funcionarios creen que las advertencias que están formulando distintos economistas y también, huelga decirlo, sus interlocutores del exterior sobre las eventuales consecuencias nefastas de tal actitud resultarán tan equivocadas como han sido los vaticinios más apocalípticos que abundaban a comienzos del año cuando muchos preveían que el colapso sería aún más espectacular que el que efectivamente se concretó, que el país, después de quedarse sin bancos -y por lo tanto sin ahorros- se precipitaría sin remedio en una nueva pesadilla hiperinflacionaria. Tales calamidades no se han producido, pero esto no quiere decir que todas las advertencias se inspiren en nada más que los deseos malignos de los adversarios ideológicos o políticos de Duhalde.
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