Juegos sin sentido
Es absurdo culpar al FMI por la evasión, la corrupción, la magnitud escandalosa del gasto público o el deterioro de la educación.
No extraña en absoluto que en las capitales del Primer Mundo haya muchos que sospechan que la Argentina tendrá que experimentar otra crisis feroz antes de decidirse a hacer frente a sus problemas económicos estructurales más evidentes, si es que un día atina a hacerlo. Aunque todavía no existen motivos concretos para que la abandonen a su suerte, ya se habrán dado cuenta de que sus líderes se sienten tan alarmados por la evolución socioeconómica que muchos están tratando de pensar en razones para lavarse las manos de una situación que les está resultando demasiado difícil. Para llegar a esta conclusión, a los interesados por el destino de la Argentina les habrá sido más que suficiente analizar las declaraciones recientes de políticos y otros, las cuales han estado insinuando que, una vez más, la clase dirigente nacional no se cree a la altura de sus propias responsabilidades.
Aunque es evidente que el estado actual de la economía se debe principalmente a factores internos, casi todos los políticos se han puesto últimamente a hablar como si a su entender el país fuera víctima de una especie de conspiración internacional destinada a depauperarla. Huelga decir que lo que para los dirigentes locales podría ser meramente un intento de aprovechar las circunstancias haciendo gala de su propia indignación por la condición del país con la esperanza de no verse obligados a contribuir nada al pago de los «costos políticos», será interpretado por otros como un síntoma de debilidad extrema. No se equivocarán: al atribuir los males actuales a algo que no podrán modificar -el orden económico mundial, nada menos-, nuestros «dirigentes» están en efecto confesando su propia impotencia. Para colmo, lo están haciendo en un momento en el que otros países a primera vista menos favorecidos que la Argentina, como el Brasil y México, además de varias naciones del sudeste asiático, están empezando a salir vigorosamente de sus respectivas crisis más recientes, detalle que hace absurda la tesis de que la coyuntura internacional actual sea tan tremendamente negativa que ningún país atrasado estaría en condiciones de abrirse camino.
Otro síntoma de desmoralización consiste en la atención realmente extraordinaria que están prestando los líderes del gobierno y de la oposición, además de los medios de comunicación, a las declaraciones que han estado formulando los muchos eclesiásticos que se han puesto a «denunciar» el estado de la sociedad, el cual atribuyen a la malevolencia del Fondo Monetario Internacional. Parecería que a amplios sectores, entre ellos el conformado por la clase política, los sermones furibundos de personajes como el arzobispo de Buenos Aires, Jorge Bergoglio, les proporcionan un placer masoquista. Después de todo, si bien tales clérigos -de los cuales muchos se ufanan de su desprecio por los «números» como si consideraran virtuosa la pereza mental así supuesta- propenden a culpar al mundo exterior por las tribulaciones nacionales, es de suponer que los políticos mismos son conscientes de que su propio aporte al statu quo ha sido notable. Por lo menos, es de esperar que lo comprendan; un político que no se siente capaz de incidir en el curso de los acontecimientos no es un dirigente de verdad sino un farsante.
Para que los funcionarios del Poder Ejecutivo y los legisladores finalmente acepten hacer un esfuerzo genuino por desempeñar los papeles para los cuales fueron elegidos, será forzoso que reconozcan que es francamente absurdo culpar al FMI por la evasión impositiva en escala industrial, la corrupción institucionalizada, la magnitud escandalosa de los gastos políticos, el deterioro de la educación y la inoperancia del sector público. Dichas deficiencias, lo mismo que muchas otras, no tienen nada que ver con el Fondo. Fingir lo contrario no sólo es deshonesto, también es propio de individuos que ya han perdido la fe tanto en ellos mismos como en el país y que, lejos de dedicarse a procurar mejorarlo, se conforman con inventar pretextos que, imaginan, les permitirían declararse inocentes de cualquier error que pudiera haber contribuido al desastre.