Jugada impúdica
Como cacique tradicional que es, Ruckauf está ampliando su aparato clientelar a costa de los contribuyentes.
No es ningún secreto que el gobernador bonaerense Carlos Ruckauf está resuelto a agregar la presidencia de la Nación a su colección de trofeos. Tampoco lo es que teme que un “estallido social” en sus dominios actuales podría desbaratar su proyecto. Así las cosas, le habrá parecido más que lógico anteponer sus propios intereses políticos no sólo a aquellos del país en su conjunto sino también a los de largo plazo de los bonaerenses creando una cantidad notable de cargos burocráticos: según el presupuesto provincial, en el curso del año 2001 habrá 11.255 más, muchos de ellos totalmente innecesarios, “inversión” que es de suponer le brindará una ganancia política notable.
Como el cacique tradicional que es, Ruckauf está ampliando su aparato clientelar a costa de los contribuyentes: sabe que los contratados, además de sentirse agradecidos y por lo tanto dispuestos a colaborar con entusiasmo con sus maniobras proselitistas, se opondrán con virulencia a sus adversarios por miedo a perder el trabajo. En todo el país militantes de esta categoría conforman pequeños ejércitos políticos al servicio del caudillo local de turno y es en buena medida gracias a su “lealtad” que tantas provincias sigan en manos de camarillas corruptas que a través de los años sólo han sabido sembrar injusticia, miseria, atraso y obsecuencia. En términos económicos, sociales y culturales el orden así supuesto es nefasto, pero desde el punto de vista de ciertos políticos funciona muy bien de suerte que no les interesa en absoluto que sea desmantelado en nombre del progreso nacional.
Con todo, es posible que en muchas jurisdicciones el caudillismo tradicional tenga los días contados al verse obligados distintos regímenes longevos a hacer frente a las consecuencias de su propio cinismo. Sin embargo, felizmente para él, Ruckauf no se cree destinado a compartir tal suerte. A su juicio, la provincia de Buenos Aires es meramente un peldaño que pronto dejará atrás, de manera que no le importaría en absoluto que cayera en bancarrota con tal que él ya esté en la Casa Rosada. Se trata de una actitud típica de dirigentes partidarios ambiciosos que, lejos de resignarse a administrar su jurisdicción con prolijidad austera, apuestan a que los beneficios políticos de una gestión netamente populista serán tan grandes que nunca tendrán que rendir cuentas por su irresponsabilidad sistemática. Al fin y al cabo, es lo que hizo Carlos Menem en su etapa como gobernador de La Rioja: durante la campaña electoral de 1989, el entonces presidente Raúl Alfonsín pudo calificarlo del “peor gobernador del país” en base a las cifras económicas riojanas, pero a pesar del desaguisado fabuloso que se las arregló para crear en su feudo, Menem logró zafar trasladándose a la Casa Rosada.
Por fortuna, La Rioja es una provincia pequeña. En cambio, Buenos Aires es inmensa y también lo serán los costos globales de los intentos de Ruckauf de emular a su ex jefe. Aunque sería de esperar que un personaje que aspira a gobernar el país procurara asegurar que una vez en el poder no se viera frente a una crisis colosal que lo forzaría a ordenar un ajuste acaso salvaje, parecería que Ruckauf, un operador sumamente movedizo cuyo escaso interés en el largo plazo no le ha supuesto ningún problema insuperable hasta ahora, prefiere concentrarse en los próximos dos o tres años sin preocuparse del todo por lo que suceda después.
Durante los primeros meses de la gestión de De la Rúa, Ruckauf aprovechó todas las oportunidades que surgieron para figurar como el mejor amigo del presidente, actitud que, claro está, convenció al Poder Ejecutivo nacional de la conveniencia de pasar por alto tanto la brutalidad de su política de seguridad como su manejo poco riguroso de las cuentas provinciales. Ultimamente, empero, Ruckauf se ha alejado del gobierno porque, luego de sacar el máximo provecho de su “amistad” con De la Rúa, intuye que de ahora en adelante le convendría mucho más culpar a la Alianza por problemas que de otro modo serían atribuidos a su propia impericia. Sus tácticas ya le han supuesto muchas ventajas políticas y puede que andando el tiempo le brinden suficientes como para permitirle instalarse en la Casa Rosada, para entonces quejarse amargamente por la “herencia”, a la cual él mismo habrá hecho un aporte insuperable.