Jugar con fuego
Los estallidos de violencia política nunca son espontáneos. Siempre son fruto de los esfuerzos de individuos que, acaso sin proponérselo, se han dedicado a prepararlos. Antes de que los partidarios de una causa determinada comiencen a atacar físicamente a sus adversarios, tienen que legitimar su propia conducta convenciéndose de que en vista de la importancia de lo que está en juego no les cabe más alternativa. Hace aproximadamente cuarenta años, era de prever que la Argentina pronto sería escenario de enfrentamientos feroces entre los emotivamente comprometidos con una “revolución” por un lado y, por el otro, los resueltos a oponérsele costara lo que costare porque tantos ya se habían acostumbrado a hablar en términos maniqueos. Por fortuna, el clima actual dista de ser tan propicio para el fanatismo asesino como el imperante entonces, pero a menos que se restablezca la cordura, podríamos estar en vísperas de un nuevo período de luchas fratricidas. Consciente del peligro así supuesto, el titular de la Convención Nacional de la UCR, Hipólito Solari Yrigoyen, acaba de afirmarse “preocupado” por la posibilidad de que el vicepresidente Julio Cobos, el blanco de una campaña de denigración kirchnerista excepcionalmente virulenta, sea víctima de un atentado. Según la lógica perversa de quienes quieren obligarlo a renunciar, uno podría justificarse ya que, en su opinión, es un “traidor”. Los correligionarios de Cobos no son los únicos que tienen motivos para temer que la furia oficialista adquiera formas que no sean meramente verbales. Representantes de todas las corrientes políticas han manifestado su alarma por el riesgo de que se multipliquen “los escraches” contra periodistas que trabajan en distintos medios del Grupo Clarín. Además de los opositores, kirchneristas como el senador Miguel Pichetto, el ministro del Interior, Florencio Randazzo, y –para sorpresa de muchos– el jefe de Gabinete, Aníbal Fernández, se han afirmado contrarios a “la metodología del escrache” y aseguran que el gobierno no está detrás de los afiches costosos producidos por simpatizantes de los Kirchner con el propósito evidente de intimidar a los periodistas retratados. En cambio, Felipe Solá y los líderes radicales dan por descontado que, en palabras del peronista disidente, “el gobierno no es cómplice sino autor intelectual del escrache gráfico y el ataque verbal contra periodistas”. Por lo demás, cuesta creer que funcionarios como Randazzo y Fernández desconozcan el origen de la campaña de escraches; puede que la Policía y los servicios de Inteligencia oficiales sean sumamente ineficaces, pero deberían estar en condiciones de mantener informado al gobierno sobre las actividades de grupos que se dedican a sembrar miedo y de tal modo socavar la democracia. El clima de “crispación” cada vez más alarmante que se ha difundido por el país es la consecuencia lógica de los intentos de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y de su marido, el ex presidente y actual diputado Néstor Kirchner, de hacer pensar que sus adversarios son forzosamente militantes de la derecha extrema oligárquica y golpista resueltos a restaurar un orden parecido al soñado por quienes apoyaron a la dictadura castrense más reciente. Al instalar la noción de que el país es un campo de batalla entre el bien, representado por ellos, y el mal, encarnado por buena parte de la oposición, suministraron a sus partidarios más exaltados las armas ideológicas que necesitaban para asumir actitudes agresivas. Que algunos integrantes del elenco kirchnerista se hayan sentido constreñidos a criticar a los grupos menos escrupulosos que rodean al gobierno, y que en muchos casos se han visto beneficiados por subsidios costeados por los contribuyentes, es una señal positiva, ya que hace pensar que entienden muy bien lo peligroso que es permitir que bandas de fanáticos amenacen a quienes no comparten todas las opiniones de los Kirchner, pero hasta que éstos se desvinculen por completo de los “grupos afines” y adopten posturas mucho más conciliadoras hacia la prensa y sus adversarios políticos, el país seguirá rodando cuesta abajo por la misma pendiente que, en los años setenta del siglo pasado, lo llevó a un período de caos que culminó, previsiblemente, con un baño de sangre.