Juzgar



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Isidoro Reyes cayó en un hotel en las afueras de Caracas, cerca del aeropuerto, para pasar la noche antes de viajar. Se imaginó relajado. Pero nada fue como había planeado: la decadencia del hotel lo condicionó y se olvidó de que estaba frente al mar, que tanto le gusta. Todos le parecían incapaces de resolver las situaciones más simples, como la conexión a internet. Desde la habitación llamó a la recepción para repreguntar la clave: “15macuto”. “¿Con números o letras?”. “Con letras: macuto”, le explicaron. Pero no hubo caso. Llamó otra vez y consultó si funcionaba en la habitación. Le dijeron que no: “Wifi sólo en el lobby”. Vencido, se durmió. Tras la siesta bajó a la recepción. –Eh, hermano, ahora sí te funciona internet, ¿no? –No. ¿Podrán reiniciar el módem? –No sabemos cómo se hace –le dijo uno de los empleados–, tenemos que esperar al de sistemas. Pero, hermano, ¿seguro que no funciona? –No anda –bufó Reyes. –Qué raro... creo que funciona. –¿En los celulares pueden navegar ustedes? –desafió Reyes. –A ver... ay, no, no me anda –dijo el empleado. Frustrado, Reyes salió del hotel para ir a cenar. Al entrar al restaurante lo primero que escuchó fue: “Química, química, ooohhoo, sólo química”. Vestida con una blusa roja y un pantalón negro brilloso, una mujer chillaba sentada en un taburete. “Uf, lo que me faltaba, un meloso repertorio de canciones latinas”, resopló Reyes. “Grita como si la estuvieran ahorcando, ¿qué necesidad?”, rezongó, pidió el menú del día y se puso a escribir en su anotador. Mientras masticaba un insípido pedazo de pan seco se le acercó una señora. Sin hablarle soltó un plato de comida, que cayó sobre su anotador. “Gracias, gracias, deje nomás”, le pidió Reyes. Al segundo ella inundó la comida con aceite. “Bueno, pará, listo”, gruñó él. Ese día descubrió que el pescado a la plancha con puré de papas podía salir mal, pero mal mal. De repente Reyes olió un perfume que lo trasladó varios años atrás: lo usaba una chica con la que había estado. Recordó que le había llegado a gustar pero ahora le resultaba tan hediondo como el olor a chicle de tutti frutti. Dos mujeres, madre e hija, se sentaron enfrentadas. Estuvieron sin hablarse durante media hora. Reyes las miraba y se inventaba historias. La más joven, de unos 30 años, le chistó dos veces al mozo: le pidió la carta y le preguntó dónde estaba el baño. La madre desapareció, la chica miró a Reyes, se acomodó el pelo y con la punta de los dedos índice y pulgar acarició la comisura de sus labios. Agarró el celular y sonrió. Reyes se quedó observándola. Ella lo ignoró. La señora volvió. Reyes regresó al hotel. En la recepción le avisaron que había que esperar hasta el día siguiente para reiniciar el módem. Se fue a dormir pero se olvidó de algo: el aire acondicionado era como tener una aspiradora encendida arriba de la cama. “Esto no puede fallar”, dijo Reyes, que puso entre sus manos “El Principito”. Lo abrió al azar: “Es mucho más difícil juzgarse a sí mismo que juzgar a los demás. Si logras juzgarte bien a ti mismo eres un verdadero sabio”.

Juan Ignacio Pereyra


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