Kirchneristas al ataque

Redacción

Por Redacción

Lejos de brindar la impresión de que los integrantes del gobierno se sienten seguros de sí mismos, el lenguaje usado por personajes como el jefe de Gabinete, Aníbal Fernández, en sus intentos de defender la gestión de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner hace sospechar que son plenamente conscientes de sus deficiencias pero así y todo se sienten obligados a mostrarse tan agresivos como los santacruceños mismos, de esta manera manifestando su lealtad. Por cierto, al calificar de un “ser despreciable” al ex fiscal Julio Strassera por haber señalado que en el transcurso de la investigación que encabezaba no encontró prueba alguna de que la viuda del banquero David Graiver, Lidia Papaleo, hubiera sufrido presiones para firmar la transferencia de acciones de la empresa Papel Prensa a Clarín y “La Nación”, Fernández nos dijo mucho más sobre su propia mentalidad que sobre la del blanco de su invectiva. Parecería que ya no le importan los detalles concretos que, como subrayó Strassera, están registrados en los expedientes sino que sólo quiere desacreditar a cualquiera que se atreva a cuestionar el “relato” oficialista. Según Strassera, los kirchneristas no respetan ningún límite cuando de atacar a sus adversarios se trata. Tiene razón el ex fiscal. Los Kirchner nunca han procurado disimular su apego al método político recomendado por aquellos pensadores, como el jurista alemán Carl Schmitt, según los cuales conviene construir poder en base a la hostilidad, que muchos compartirán, contra un enemigo bien elegido. Durante algunos años la modalidad así supuesta resultó eficaz, ya que abundaban los dispuestos a acompañar a la pareja en su cruzada contra el FMI, el “neoliberalismo”, los protagonistas de la década de los años noventa, los militares y los grandes inversores extranjeros, pero andando el tiempo la necesidad de seguir agregando nuevos nombres a la lista negra de enemigos de la patria la haría contraproducente. Desgraciadamente para los Kirchner, sólo los ya comprometidos con su “proyecto” tomaron por oligarcas, golpistas y violadores de los derechos humanos a los chacareros. Asimismo, pocos realmente creen que el problema principal que enfrenta el país hoy en día consista en la influencia del matutino porteño “Clarín” y su CEO, Héctor Magnetto. Mientras tanto, sólo motiva preocupación la noción de que haya llegado la hora de iniciar lo que el camionero por ahora kirchnerista Hugo Moyano llama la batalla final contra el “poder concentrado”, el “poder invisible” y “las corporaciones” que la presidenta suele denunciar en sus arengas ya rutinarias. Lo entiendan o no los encargados de gobernar el país, la mayoría siente escaso interés por los conflictos ideológicos que, de tomarse en serio las palabras que están empleando, los obsesionan. Hace algunos años, la violencia verbal que siempre ha sido propia del “estilo K” producía buenos resultados porque una proporción sustancial de la ciudadanía se sentía víctima de una gran injusticia y quería ensañarse con los presuntamente responsables, pero luego del reemplazo de Néstor Kirchner por su esposa en la presidencia el humor de la gente cambió. Puede que aún haya una minoría reducida a la que le gusten los conflictos supuestamente épicos, pero es evidente que la mayoría quisiera que los políticos se tranquilizaran para que fuere por lo menos posible poner en marcha reformas consensuadas destinadas a mejorar la calidad de vida del país. Esta realidad plantea un desafío difícil a quienes forman parte del arco opositor. Tienen que reaccionar vigorosamente ante las embestidas furiosas de los Kirchner y ser intransigentes en defensa de la libertad de expresión y el respeto por la Justicia, ya que no pueden permitirse intimidar por el oficialismo, pero también les es necesario conservar la calma. Caso contrario, se daría el riesgo de que el clima político se enrarezca tanto que para muchos ciudadanos la moderación equivalga a debilidad, lo que beneficiaría a hombres como Kirchner a quienes les convendría que se difundiera la sensación de que la gobernabilidad pende de un hilo y que por tal motivo sería muy peligroso confiar en que los radicales, los miembros de la Coalición Cívica o los peronistas disidentes menos combativos resultaran capaces de brindarle al país la clase de gobierno que necesitaría.


Lejos de brindar la impresión de que los integrantes del gobierno se sienten seguros de sí mismos, el lenguaje usado por personajes como el jefe de Gabinete, Aníbal Fernández, en sus intentos de defender la gestión de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner hace sospechar que son plenamente conscientes de sus deficiencias pero así y todo se sienten obligados a mostrarse tan agresivos como los santacruceños mismos, de esta manera manifestando su lealtad. Por cierto, al calificar de un “ser despreciable” al ex fiscal Julio Strassera por haber señalado que en el transcurso de la investigación que encabezaba no encontró prueba alguna de que la viuda del banquero David Graiver, Lidia Papaleo, hubiera sufrido presiones para firmar la transferencia de acciones de la empresa Papel Prensa a Clarín y “La Nación”, Fernández nos dijo mucho más sobre su propia mentalidad que sobre la del blanco de su invectiva. Parecería que ya no le importan los detalles concretos que, como subrayó Strassera, están registrados en los expedientes sino que sólo quiere desacreditar a cualquiera que se atreva a cuestionar el “relato” oficialista. Según Strassera, los kirchneristas no respetan ningún límite cuando de atacar a sus adversarios se trata. Tiene razón el ex fiscal. Los Kirchner nunca han procurado disimular su apego al método político recomendado por aquellos pensadores, como el jurista alemán Carl Schmitt, según los cuales conviene construir poder en base a la hostilidad, que muchos compartirán, contra un enemigo bien elegido. Durante algunos años la modalidad así supuesta resultó eficaz, ya que abundaban los dispuestos a acompañar a la pareja en su cruzada contra el FMI, el “neoliberalismo”, los protagonistas de la década de los años noventa, los militares y los grandes inversores extranjeros, pero andando el tiempo la necesidad de seguir agregando nuevos nombres a la lista negra de enemigos de la patria la haría contraproducente. Desgraciadamente para los Kirchner, sólo los ya comprometidos con su “proyecto” tomaron por oligarcas, golpistas y violadores de los derechos humanos a los chacareros. Asimismo, pocos realmente creen que el problema principal que enfrenta el país hoy en día consista en la influencia del matutino porteño “Clarín” y su CEO, Héctor Magnetto. Mientras tanto, sólo motiva preocupación la noción de que haya llegado la hora de iniciar lo que el camionero por ahora kirchnerista Hugo Moyano llama la batalla final contra el “poder concentrado”, el “poder invisible” y “las corporaciones” que la presidenta suele denunciar en sus arengas ya rutinarias. Lo entiendan o no los encargados de gobernar el país, la mayoría siente escaso interés por los conflictos ideológicos que, de tomarse en serio las palabras que están empleando, los obsesionan. Hace algunos años, la violencia verbal que siempre ha sido propia del “estilo K” producía buenos resultados porque una proporción sustancial de la ciudadanía se sentía víctima de una gran injusticia y quería ensañarse con los presuntamente responsables, pero luego del reemplazo de Néstor Kirchner por su esposa en la presidencia el humor de la gente cambió. Puede que aún haya una minoría reducida a la que le gusten los conflictos supuestamente épicos, pero es evidente que la mayoría quisiera que los políticos se tranquilizaran para que fuere por lo menos posible poner en marcha reformas consensuadas destinadas a mejorar la calidad de vida del país. Esta realidad plantea un desafío difícil a quienes forman parte del arco opositor. Tienen que reaccionar vigorosamente ante las embestidas furiosas de los Kirchner y ser intransigentes en defensa de la libertad de expresión y el respeto por la Justicia, ya que no pueden permitirse intimidar por el oficialismo, pero también les es necesario conservar la calma. Caso contrario, se daría el riesgo de que el clima político se enrarezca tanto que para muchos ciudadanos la moderación equivalga a debilidad, lo que beneficiaría a hombres como Kirchner a quienes les convendría que se difundiera la sensación de que la gobernabilidad pende de un hilo y que por tal motivo sería muy peligroso confiar en que los radicales, los miembros de la Coalición Cívica o los peronistas disidentes menos combativos resultaran capaces de brindarle al país la clase de gobierno que necesitaría.

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