La aceptación del consumo alternativo
COLUMNISTAS
En la Argentina el consumo de carne vacuna para el mercado interno es del 94% del total de la producción y solamente destinamos el 6% del producto cárnico para la exportación hacia otros países. En ese sentido, el pollo -consumo alternativo de las carnes rojas- presenta un 85% de consumo en el mercado interno y el 15% restante del producto se destina a la exportación.
Continuando con la información suministrada, se conoce que el promedio anual de consumo de las carnes rojas (vacuno) por persona en la República Argentina es de 60 kg por año (5 kg por mes), mientras que el consumo de las carnes blancas (pollo y pescado) arroja un resultado menor, aproximadamente 40 kg por año (3,300 kg por mes).
En ese orden también se debe ponderar que el pollo hace diez años atrás registraba un consumo de 17 kg por año por persona, mientras que su aceptación progresiva en la actualidad lo eleva al 40% señalado, registrando un aumento relevante del 35% durante el período indicado, con 40 kg promedio consumidos en el 2013.
Asimismo podemos afirmar que en nuestro país cada 4 kg de consumo de carnes rojas, los argentinos consumimos 3 kg de carnes blancas, pudiendo encontrarse ofertas razonables en la venta de productos elaborados de carnes blancas, cuyas ofertas al público consumidor se pueden obtener desde $120 los 3 kg ($ 40 el kilo), lo cual produce un sustancial abaratamiento en los productos de la canasta familiar. En ese sentido, mientras los 3 kg de cortes finos de carne vacuna en Río Negro los pagamos, en carnicerías, $ 255 ($ 85 el kilo), su sustituto lo podemos conseguir al 50% de ese valor.
Por otra parte, no existen mayores interrogantes sobre el crecimiento progresivo que se presenta en el aumento del consumo de la carne blanca, ya que el valor alcanzado en la actualidad por las carnes rojas lo justifica ampliamente. El parámetro establecido durante décadas anteriores transitaba únicamente por el sabor, y en la actualidad el aspecto más relevante que se contempla ha sido el exagerado precio de venta de las carnicerías.
Ocurre que nuestra cultura, arraigada durante años al consumo abundante y sostenido de carne vacuna -sobre todo asado-, ha disminuido notablemente en función de los valores registrados en los frigoríficos y carnicerías; para los consumidores resulta menos oneroso vestirse que degustar de un buen asado con hueso.
Paulatinamente los argentinos debemos resignarnos a mutar hábitos de consumo y aceptar, como alternancia de las carnes rojas, las blancas, aunque íntimamente no siempre estemos convencidos de ello. En la actualidad la decisión no transita por la valoración de los aspectos nutritivos del alimento sino, más bien, está directamente relacionada con la víscera más sensible del consumidor: el bolsillo.
Por lo pronto, también sabemos que algunos pescados contienen omega, lo cual favorece el nivel aceptado de colesterol en sangre, pero, por más persuasiones que nos quieran inculcar, el sabor de la carne vacuna argentina resulta único e insuperable y buscar su consumo alternativo resulta demasiado complejo porque quienes hemos nacido en este terruño y no abandonamos nuestra condición de hombre carnívoro, ya que solemos exacerbar dicha situación al sentarnos en un evento gastronómico de festejo familiar.
MIGUEL ÁNGEL KNECHT
Docente. Exconcejal por el PJ – Viedma
MIGUEL ÁNGEL KNECHT