La Angostura: “Esto, al lado de la erupción del Puyehue, parece el Paraíso”

El escritor Diego Rodríguez Reis relata cómo se vive en la villa la erupción del volcán chileno Calbuco y cómo aún reverbera aún el drama que desató el Puyehue en 2011.

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Foto agencia “Río Negro” de Villa La Angostura

EN PRIMERA PERSONA

CRÓNICAS VOLCÁNICAS, II. ABRIL, 22. Día 0. Nadie hablaba de volcán alguno. Más aún, la misma palabra volcán (desde aquél aparentemente lejano 2011) era pronunciada en voz baja, o en sorna, como queriendo exorcizar su recuerdo, sus demonios. Por eso, a eso de las 7 de la tarde, cuando una visita inesperada pasa por casa y, ante mi absoluta tranquilidad (estoy tomando unos mates, leyendo un libro), me pregunta ¿No sabés nada?, lo único que puedo hacer es responderle socráticamente No sé nada. Contraataco: ¿Qué es lo que tendría que saber?. Por toda respuesta, me agarra del brazo y literalmente me arrastra a la calle. Apunta el cielo hacia el Oeste y veo la evidente columna de un volcán ascendiendo (roja, violenta). Mi cuerpo, la memoria invisible de mi cuerpo me traslada, sin escalas, a ese sábado 4 de Junio de 2011. No pasó el tiempo, fue todo un

sueño (un hermoso sueño) este interín de cuatro años y acabo de despertar a la inconmovible realidad.

-Explotó el volcán- me dice mi visitante, reforzando esa horrible sensación.

-¿El Puyehue?- pregunto, qué otra cosa puedo preguntar.

Él sonríe, insólitamente, y me hace odiarlo por eso también.

-No- dice-. Es el Calbuco- y agrega:- Es uno de los peores.

El tiempo retoma su curso natural. Aliviado, me confirmo que no fueron un sueño estos cuatro años, que mis hijos (que en la erupción del Puyehue tenía un escaso añito cada uno) ciertamente crecieron, aprendieron a caminar, a hablar, a ser felices.

-Este es uno de los peores- repite mi visitante.

Le pregunto si estuvo en el 2011.

-No- admite.

Le digo que esto, al lado de la erupción del Puyehue, parece el Paraíso, al menos desde la perspectiva de Villa la Angostura. Se encoge de hombros y se va, a cargar combustible y comprar alimentos, me explica, repentinamente genérico. Me quedo mirando, alelado, la columna. Me digo a mí mismo y para consolarme (ya no sé si en voz alta o baja) que el viento parece dirigirla hacia el Sur, que quizá ni nos toque esa nube de cenizas que ya conocemos físicamente.

A las diez de la noche, más o menos, comienza a caer una leve lluvia de cenizas. Salgo, salimos, varios vecinos. No decimos nada, las miradas son ya demasiado elocuentes. Alguno que otro esboza un comentario positivo (eso siempre suma) sobre la dirección del viento, la mayor distancia entre este volcán y la Villa.

Entro, en la televisión, hablan y hablan, preocupadísimos por guarismos y estadísticas que nada le dicen a nuestros cuerpos ya experimentados. Un locutor advierte, casi feliz, que justo hoy es el Día de la Tierra.

Mientras escribo estas líneas, estas crónicas que nunca pensé en retomar, pienso (inevitablemente) si la Tierra, con esta nueva erupción, no nos estará diciendo que ella (como nosotros) también estuvo viva todo este tiempo.


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