La aplanadora en estado puro

Tres músicos y sus instrumentos. Eso es Divididos: el principio del rock.

Redacción

Por Redacción

Juan Thomes

“Cuesta escuchar un disco nuevo… cuesta”, decía Ricardo Mollo hace más de tres años cuando Divididos daba a conocer en el Ruca Che de Neuquén “Amapola del 66”. El rito del álbum nuevo presentado en vivo obliga siempre a una banda a repasarlo todo, y generalmente no todo suele estar masticado, digerido y procesado por los fans. “Amapola…” tiene temas intimistas, de susurro. La aplanadora del rock por ahí suele tomarse un descanso. Pero los que están abajo del escenario lo quieren todo, siempre. Y antenoche, otra vez en el templo del oeste neuquino, Divididos le regaló a la gente lo que vino a buscar: la furia del power trío hecha himno de rock, con sensaciones sanguíneas provocadas por ese bajo de Diego Arnedo retumbando en el pecho, por el sacudón inevitable cada vez que Catriel Ciavarella se enfrenta mano a mano con su batería. Sin la obligación del disco nuevo, Divididos le ofrendó a su público lo que en definitiva más desea: el más puro rock. Sin condiciones ni reservas. El minimalismo roquero de Divididos se refleja en un escenario carente de cualquier escenografía. Sobre la tarima no hay ni un atisbo de ambientación. No hay nada más que tres músicos, sus instrumentos y “una pared de equipos al re palo”, como reza “Mantecoso”, track insoslayable de su último trabajo, tema que formó parte de la primera parte de un recital que se extendió por más de dos horas. “Paraguay” fue el disparador que se soltó la adrenalina en el Ruca Che, “Tanto anteojo” mantuvo el nervio tensante de la masa, “Hombre en U” hizo lo suyo lo mismo que “Elefantes en Europa” y la “Ñapi de mamá”, donde el bajo de Arnedo parece perforar las entrañas. El momento de Diego se extiende hasta “Que tal”, donde hace alarde de su depurado slap, en un solo hipnotizante. ¿Puede un tipo tocar tan rápido y claro a la vez? Si puede. Aún más cuando el recital entra en su tiempo de súper funk con “Salir a asustar” (¡grita el argentino!) y “Dale Azulejo”, como Moyo perjurando que ya no más eso de “entre round y round te trabajás el tabique”. En el medio de toda esa bola de sonido que se mete por todos lados, Ciavarella se recorta en el fondo del escenario. Endemoniado y con esa sensación de que son varios los brazos que nacen desde su humanidad, Catriel bombea la sangre de la banda hacia el resto de sus compañeros. Abre sus válvulas, va el torrente imparable y tomá. Para vos, para mí y para regalar. Energía visceral por donde se lo mire. En la mitad del recital, la Aplanadora baja un cambio. Mollo y Arnedo hacen descansar instrumentos en sus piernas y ellos a la vez lo hacen en sus respectivas banquetas. Luz del alma y ‘Sister’, para ratificar la versatilidad del grupo con un reggae transportador. Guitarra y cítara, un recurso que Mollo empezó a usar en la ‘Narigón del Siglo’, aquí lo aplica para regalar una versión inolvidable de “Mañana en el Abasto”, cotejado de algún modo con el ingreso de la agrupación “Estrellas amarillas”, en su campaña de concientización vial y a la que Divididos decidió formar parte al hacerlos subir al escenario. Fin del recreo. Voodoo Child le hace recordar a Mollo su admiración por Hendrix, y le hace honor hasta punteando con una botellita de plástico. Es el preámbulo de tres sin pausa. “Billy Bond los juntó a todos a comienzos de los 70 y con La Pesada, hicieron esto…” cuanta Mollo antes de ‘Salgan al sol’. Los latigazos de Arnedo en ‘Ala Delta’ preparan a la gente para la ceremonia del pogo, que se corona con el “38” y “Rasputín”. Esto va llegando a su fin, pero nadie quiere saber nada de ello. Mollo juega con Led Zeppelin antes de versionar a Pappo con Sucio y desprolijo y de alguna manera emparenta época y situaciones. Mete todo en la cápsula del tiempo y lo junta en un escenario setentista. Como el Carpo en la era de Pappo’s Blues, como Plant & Page en algún club sin ostentación de Londres, como Divididos en Neuquén. Guitarra, bajo y batería. Distorsión, pulso y parche. Y nada más. Mollo comienza la despedida, evitando la clásica simulación del falso adiós y el regreso para el bis. Va todo de una, desempolvando a Sumo y mezclando el ‘Ojo blindado’ con ‘Banderitas y globos’, para finalizar con una versión híper explosiva de ‘Mejor no hablar de ciertas cosas’. Sin disco en puerta, sin curiosidad para ver qué hay de nuevo, antenoche en el Ruca Che se reunieron los que deseaban sentir correr la energía que la Aplanadora puede generar. Es en definitiva el principio del sentido de la música. Sólo eso, ni más ni menos

Walter Rodríguez wrodriguez@rionegro.com.ar


Juan Thomes

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