La apoteosis de Cristina

Redacción

Por Redacción

Hace casi ochenta años, Mustafá Kemal se hizo llamar Atatürk, “El padre de los turcos”, distinción que en pleno siglo XXI se otorgaría a sí mismo el entonces presidente de Turkmenistán, Saparmurat Niyázov, con la aprobación al parecer entusiasta de virtualmente todos sus hijos putativos. ¿Y Cristina? Aunque no le sería demasiado difícil convencer a sus muchos subordinados en el Congreso de nombrarla oficialmente “madre de los argentinos”, a juicio de sus simpatizantes más abnegados tal título, honorífico o formal, le quedaría corto. Según ellos, Cristina es el pueblo, de suerte que oponérsele equivale a declararse enemigo del bien y partidario del mal, ya que, como todos sabemos, el pueblo es bueno por antonomasia, víctima inocente de una caterva diabólica de sujetos perversos que a través de los años se las han arreglado para depauperarlo. En la actualidad, el príncipe de las tinieblas es el mandamás del grupo Clarín, el contador público Héctor Magnetto, quien con un grado de astucia que asombraría al mismísimo Maquiavelo sigue poniendo palos en las ruedas de la carroza presidencial con el propósito de privar a los argentinos (y a las argentinas) de los beneficios que de otro modo recibirían de manos de la mandataria más bondadosa del planeta. ¿Cristina toma en serio los esfuerzos denodados de sus seguidores más obsecuentes por hacer de ella un ser sobrenatural que, de algún modo que es difícil de explicar, encarna en su persona toda la parte sana de la Nación? ¿Realmente le gustan los aplausos automáticos de los empresarios, funcionarios y militantes que asisten a los ritos públicos que se celebran con frecuencia insólita? Puede que no, que la presidenta entienda muy bien que su presunto carisma se debe más a circunstancias determinadas y a la necesidad de tantos de creer en algo que a sus propias cualidades, por respetables que éstas sean, pero que haya optado por aprovechar la voluntad ajena de ver en ella la alta sacerdotisa de un culto mesiánico ya que no cabe duda de que en términos electorales el show ha sido muy eficaz. O puede que en ocasiones sí crea que el destino la ha condenado a ser protagonista de una epopeya nacionalista sociopolítica pero que en otras sienta vértigo, ya que en cierto modo es prisionera de una fantasía, una soñada por sus acompañantes más candorosos, que en cualquier momento podría transformarse en una pesadilla. Tanto en América Latina como en otras partes del mundo, casi todas las muchas aventuras voluntaristas de esta clase que se han ensayado han terminado mal, a veces muy mal. ¿Resultará la de Cristina ser una excepción a esta regla deprimente? Es poco probable. Gobernantes de su tipo siempre prometen demasiado y, por lo común, tratan de cumplir, gastando en exceso con la esperanza de que Dios, impresionado por su fervor y por la justicia de su causa, decida suspender por un rato las adustas leyes matemáticas. Puesto que durante varios años el mundo colaboró con los Kirchner, concediéndoles un “viento de cola” muy fuerte, además de las ventajas que les supusieron la devaluación brutal y el ajuste fenomenal que instrumentó Eduardo Duhalde y las inversiones abundantes que llegaron antes, cuando Carlos Menem protagonizaba su propia epopeya, el gobierno se ha dejado seducir por el facilismo. Pero últimamente el mundo parece haber cambiado de actitud. Aunque la coyuntura –es decir, el precio de los commodities que la Argentina está en condiciones de exportar– sigue siendo muy favorable, no lo es lo suficiente como para compensar las deficiencias de un “modelo” que resulta muy consumista pero escasamente productivo. Como es natural, Cristina ha reaccionado con indignación frente a la deslealtad así manifestada del resto del mundo que a su parecer se ha unido, una vez más, a las huestes del mal. Cuando los movimientos mesiánicos se enfrentan con dificultades, procuran aprovecharlas atribuyéndolas a sus enemigos. La inflación, en cuanto exista, será producto de medios de difusión hostiles manejados por el gran titiritero Magnetto y sus cómplices infames, no el resultado previsible de ciertos errores cometidos por los encargados de manejar la economía nacional. Otros problemas se deberán a la codicia sin límites de caciques sindicales antipatrióticos. La falta de inversiones será consecuencia de la mezquindad de empresarios a quienes no les importan los sufrimientos del pueblo trabajador. Puesto que en opinión de la presidenta y sus asesores la creciente crisis económica es forzosamente obra de personas malévolas, la combaten con métodos policiales, saturando los distritos financieros de gendarmes, agentes vestidos de civil e inspectores impositivos militantes. Huelga decir que las campañas en tal sentido nunca producen los resultados deseados. Por cierto, la que está en marcha no impedirá que el país caiga en recesión en los meses próximos. Por un par de días puede servir para intimidar a algunos ahorristas preocupados, pero en el mediano plazo será contraproducente. El gobierno de Cristina ha hecho de la intransigencia una de sus señas de identidad. Se supone obligado a ir por todo, a no conceder nada ya que, como nos informa una y otra vez, está llevando a cabo una transformación histórica en nombre del pueblo, construyendo por fin el tan ansiado modelo nacional y popular. Hasta ahora, tales pretensiones, tan distintas de las propuestas modestas de las anémicas agrupaciones opositoras, lo han ayudado mucho, posibilitando entre otras cosas la reelección de la presidenta por un margen aplastante, pero a partir de aquel triunfo la diferencia entre la Argentina del relato kirchnerista y el país que efectivamente existe se ha ampliado con rapidez. De continuar por mucho tiempo más la tendencia así supuesta, y es bien posible que se profundice, el gobierno no tardará en encontrarse tan aislado del grueso de la población como están los partidarios nostálgicos de relatos anteriores que, en su momento, gozaron del apoyo fervoroso de millones de personas. Los militantes que, en su mayoría, no sienten ningún respeto por la “democracia burguesa” procurarán demorar el desenlace previsible del drama, pero a menos que opten por darse por vencidos bien antes de que no les quede más alternativa, sólo conseguirían asegurar que resultara traumática la transición que tarde o temprano tendrá lugar y que, en países de instituciones firmes, sería rutinaria.

SEGÚN LO VEO

JAMES NEILSON


Hace casi ochenta años, Mustafá Kemal se hizo llamar Atatürk, “El padre de los turcos”, distinción que en pleno siglo XXI se otorgaría a sí mismo el entonces presidente de Turkmenistán, Saparmurat Niyázov, con la aprobación al parecer entusiasta de virtualmente todos sus hijos putativos. ¿Y Cristina? Aunque no le sería demasiado difícil convencer a sus muchos subordinados en el Congreso de nombrarla oficialmente “madre de los argentinos”, a juicio de sus simpatizantes más abnegados tal título, honorífico o formal, le quedaría corto. Según ellos, Cristina es el pueblo, de suerte que oponérsele equivale a declararse enemigo del bien y partidario del mal, ya que, como todos sabemos, el pueblo es bueno por antonomasia, víctima inocente de una caterva diabólica de sujetos perversos que a través de los años se las han arreglado para depauperarlo. En la actualidad, el príncipe de las tinieblas es el mandamás del grupo Clarín, el contador público Héctor Magnetto, quien con un grado de astucia que asombraría al mismísimo Maquiavelo sigue poniendo palos en las ruedas de la carroza presidencial con el propósito de privar a los argentinos (y a las argentinas) de los beneficios que de otro modo recibirían de manos de la mandataria más bondadosa del planeta. ¿Cristina toma en serio los esfuerzos denodados de sus seguidores más obsecuentes por hacer de ella un ser sobrenatural que, de algún modo que es difícil de explicar, encarna en su persona toda la parte sana de la Nación? ¿Realmente le gustan los aplausos automáticos de los empresarios, funcionarios y militantes que asisten a los ritos públicos que se celebran con frecuencia insólita? Puede que no, que la presidenta entienda muy bien que su presunto carisma se debe más a circunstancias determinadas y a la necesidad de tantos de creer en algo que a sus propias cualidades, por respetables que éstas sean, pero que haya optado por aprovechar la voluntad ajena de ver en ella la alta sacerdotisa de un culto mesiánico ya que no cabe duda de que en términos electorales el show ha sido muy eficaz. O puede que en ocasiones sí crea que el destino la ha condenado a ser protagonista de una epopeya nacionalista sociopolítica pero que en otras sienta vértigo, ya que en cierto modo es prisionera de una fantasía, una soñada por sus acompañantes más candorosos, que en cualquier momento podría transformarse en una pesadilla. Tanto en América Latina como en otras partes del mundo, casi todas las muchas aventuras voluntaristas de esta clase que se han ensayado han terminado mal, a veces muy mal. ¿Resultará la de Cristina ser una excepción a esta regla deprimente? Es poco probable. Gobernantes de su tipo siempre prometen demasiado y, por lo común, tratan de cumplir, gastando en exceso con la esperanza de que Dios, impresionado por su fervor y por la justicia de su causa, decida suspender por un rato las adustas leyes matemáticas. Puesto que durante varios años el mundo colaboró con los Kirchner, concediéndoles un “viento de cola” muy fuerte, además de las ventajas que les supusieron la devaluación brutal y el ajuste fenomenal que instrumentó Eduardo Duhalde y las inversiones abundantes que llegaron antes, cuando Carlos Menem protagonizaba su propia epopeya, el gobierno se ha dejado seducir por el facilismo. Pero últimamente el mundo parece haber cambiado de actitud. Aunque la coyuntura –es decir, el precio de los commodities que la Argentina está en condiciones de exportar– sigue siendo muy favorable, no lo es lo suficiente como para compensar las deficiencias de un “modelo” que resulta muy consumista pero escasamente productivo. Como es natural, Cristina ha reaccionado con indignación frente a la deslealtad así manifestada del resto del mundo que a su parecer se ha unido, una vez más, a las huestes del mal. Cuando los movimientos mesiánicos se enfrentan con dificultades, procuran aprovecharlas atribuyéndolas a sus enemigos. La inflación, en cuanto exista, será producto de medios de difusión hostiles manejados por el gran titiritero Magnetto y sus cómplices infames, no el resultado previsible de ciertos errores cometidos por los encargados de manejar la economía nacional. Otros problemas se deberán a la codicia sin límites de caciques sindicales antipatrióticos. La falta de inversiones será consecuencia de la mezquindad de empresarios a quienes no les importan los sufrimientos del pueblo trabajador. Puesto que en opinión de la presidenta y sus asesores la creciente crisis económica es forzosamente obra de personas malévolas, la combaten con métodos policiales, saturando los distritos financieros de gendarmes, agentes vestidos de civil e inspectores impositivos militantes. Huelga decir que las campañas en tal sentido nunca producen los resultados deseados. Por cierto, la que está en marcha no impedirá que el país caiga en recesión en los meses próximos. Por un par de días puede servir para intimidar a algunos ahorristas preocupados, pero en el mediano plazo será contraproducente. El gobierno de Cristina ha hecho de la intransigencia una de sus señas de identidad. Se supone obligado a ir por todo, a no conceder nada ya que, como nos informa una y otra vez, está llevando a cabo una transformación histórica en nombre del pueblo, construyendo por fin el tan ansiado modelo nacional y popular. Hasta ahora, tales pretensiones, tan distintas de las propuestas modestas de las anémicas agrupaciones opositoras, lo han ayudado mucho, posibilitando entre otras cosas la reelección de la presidenta por un margen aplastante, pero a partir de aquel triunfo la diferencia entre la Argentina del relato kirchnerista y el país que efectivamente existe se ha ampliado con rapidez. De continuar por mucho tiempo más la tendencia así supuesta, y es bien posible que se profundice, el gobierno no tardará en encontrarse tan aislado del grueso de la población como están los partidarios nostálgicos de relatos anteriores que, en su momento, gozaron del apoyo fervoroso de millones de personas. Los militantes que, en su mayoría, no sienten ningún respeto por la “democracia burguesa” procurarán demorar el desenlace previsible del drama, pero a menos que opten por darse por vencidos bien antes de que no les quede más alternativa, sólo conseguirían asegurar que resultara traumática la transición que tarde o temprano tendrá lugar y que, en países de instituciones firmes, sería rutinaria.

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