La bajeza inaceptable de Nicolás Maduro
Acabo de leer un cable lamentable. Es el que describe la actuación de sus “fuerzas de seguridad” (de choque) en la Universidad Central de Venezuela el 3 de este mes, actuación repulsiva que concentró (como es costumbre) el accionar de la Guardia Nacional, de la Policía Nacional Bolivariana y de los duros grupos de choque de matones que han sido especialmente entrenados para agredir a civiles inocentes y desarmados, tal como lo acaba de documentar en una carta pastoral la valiente Conferencia Episcopal Venezolana. Esos grupos de choque permiten al gobierno sostener que los muertos, heridos y damnificados por la violencia de la represión no son responsabilidad de la administración de Nicolás Maduro. Increíble, pero es así. Los nuevos ataques tiene un denominador común: la bajeza. Esto es el ser una serie de hechos viles y acciones indignas que ofenden al ser humano. Más aún, un conjunto de acciones cobardes, como las ha definido no sin coraje Sergio Massa. Esta vez no sólo hubo balazos, perdigonazos y gases lacrimógenos, por doquier: también violación de la autonomía universitaria. Y una serie de humillaciones gravísimas que descalifican a sus responsables, como el dejar, tras la proverbial golpiza, completamente desnudos a los estudiantes detenidos después de haberles robado miserablemente las ropas. Una vejación absolutamente indigna según queda claro. Despreciable, entonces. Esto ocurre cuando Nicolás Maduro ha organizado un mendaz –y obviamente tardío– Consejo de Derechos Humanos para tratar así de disimular las monstruosidades y tropelías que comete contra la juventud de su país. La noción de respeto no está en su diccionario. La de tolerancia tampoco. La de agresión impune, en cambio, sí está. Todo esto sucede mientras la región, intimidada, contempla en silencio las atrocidades represivas que se han acumulado contra los jóvenes venezolanos desde hace ya más de dos meses. Realmente depresiva como realidad. No obstante, el inicio del diálogo entre las partes alimenta nuestra esperanza. (*) Analista del Grupo Agenda Internacional
GUSTAVO CHOPITEA (*)
Acabo de leer un cable lamentable. Es el que describe la actuación de sus “fuerzas de seguridad” (de choque) en la Universidad Central de Venezuela el 3 de este mes, actuación repulsiva que concentró (como es costumbre) el accionar de la Guardia Nacional, de la Policía Nacional Bolivariana y de los duros grupos de choque de matones que han sido especialmente entrenados para agredir a civiles inocentes y desarmados, tal como lo acaba de documentar en una carta pastoral la valiente Conferencia Episcopal Venezolana. Esos grupos de choque permiten al gobierno sostener que los muertos, heridos y damnificados por la violencia de la represión no son responsabilidad de la administración de Nicolás Maduro. Increíble, pero es así. Los nuevos ataques tiene un denominador común: la bajeza. Esto es el ser una serie de hechos viles y acciones indignas que ofenden al ser humano. Más aún, un conjunto de acciones cobardes, como las ha definido no sin coraje Sergio Massa. Esta vez no sólo hubo balazos, perdigonazos y gases lacrimógenos, por doquier: también violación de la autonomía universitaria. Y una serie de humillaciones gravísimas que descalifican a sus responsables, como el dejar, tras la proverbial golpiza, completamente desnudos a los estudiantes detenidos después de haberles robado miserablemente las ropas. Una vejación absolutamente indigna según queda claro. Despreciable, entonces. Esto ocurre cuando Nicolás Maduro ha organizado un mendaz –y obviamente tardío– Consejo de Derechos Humanos para tratar así de disimular las monstruosidades y tropelías que comete contra la juventud de su país. La noción de respeto no está en su diccionario. La de tolerancia tampoco. La de agresión impune, en cambio, sí está. Todo esto sucede mientras la región, intimidada, contempla en silencio las atrocidades represivas que se han acumulado contra los jóvenes venezolanos desde hace ya más de dos meses. Realmente depresiva como realidad. No obstante, el inicio del diálogo entre las partes alimenta nuestra esperanza. (*) Analista del Grupo Agenda Internacional
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