La bici de Teófilo
Columna semanal
La Peña
Ninguno había tenido hasta ese día la brillante idea. Todos en el barrio discutían quién andaba más rápido, quién se animaba a más, quién podría competir cuando se hiciera la gran carrera a Belén.
Pero Teófilo no era del palo, no se distinguía por su afecto a la bici, aunque estaba claro que la utilizaba porque a diario se lo veía pasar por las calles del pueblo.
Teófilo era así, cuando hacía algo se distinguía del resto por los golpes de efecto. Desde la zapatilla llamativa que usaba, hasta la ropa colorida, no tan frecuente hace algunas décadas, eran distintas al resto. Es que no concebía la vida como una simple manera de copiar al resto.
Si decidía ir a la peluquería, ya en esos tiempos, aparecía con un corte diferente.
Lo que menos pensaron todos fue que el golpe de efecto vendría del lado de su gastada y desteñida bici de mujer.
Claro, Teófilo hasta se distinguió con eso, cuando todos usaban bicis con cuadro alto para hombre, él tenía una de mujer.
Pero no fue este detalle el que lo instaló en el centro de la admiración.
Un día nos dijo que en cualquier momento nos daría una sorpresa. Ni a sus más allegados les dio detalles.
Una tarde de verano Teófilo apareció con su bici de mujer y en ella se podía apreciar con claridad que estaba su sello.
La bici, pintada de un extraño color marrón, no tenía manubrio, tenía volante de camioneta, colocado perfectamente de manera que quien anduviera en la bici la conducía como si estuviera al frente de un vehículo de cuatro ruedas. Acostumbrados a las bicis tradicionales, era bastante complicado conducirla.
Pero claro, el freno que habitualmente va en el manubrio, esta vez tenía otro lugar.
Estaba puesto en el caño que baja en las bicis de mujer y se accionaba con el pie. Es decir, no sólo en el volante la bici se parecía a un auto, sino también en los frenos.
Si Teófilo buscaba repercusión hay que admitir que la logró con creces. El barrio entero hacía cola para admirar su bici, para cuestionarle alguna cosa, pero sobre todo para dar una vuelta.
Más de uno por hacerse el canchero cayó al piso sin escala, pero el grueso se la pedía para dar una vueltita y sentir la extraña sensación de andar en bici, pero sentir que andaba en auto.
El ingenio esa vez se llevó todos los aplausos.
Jorge Vergara
jvergara@rionegro.com.ar