La Conquista hecha literatura

El autor, bendecido por Gabriel García Márquez y por varios premios, reedita en estos días la trilogía que narra la invasión española, la trágica destrucción de las culturas preexistentes y la exuberancia del territorio encontrado: “Ursúa”, “El país de la canela” y “La serpiente sin ojos”.

Redacción

Por Redacción

–Cuando usted ganó el Premio Rómulo Gallegos de Literatura, García Márquez dijo que usted estaba en camino de convertirse en o era el mayor escritor colombiano, lo cual implicaba, de hecho, que él se corría…

–¡Bueno, bueno, no, no! No me meta en estas cosas, por favor. Cuando a Borges le decían que era el mejor, él decía que esa afirmación lo deprimía porque se preguntaba cómo serían los otros.

– ¿Cuál es la razón por la cual Colombia tiene desde muy lejos en la historia muy buena literatura?

–Quizá porque tenemos mucho para contar. Tenemos una historia voluptuosa, una geografía exuberante, montañas y cordilleras que se prestaban para todas las imaginaciones posibles, igual que los ríos, sus meandros y los pájaros, los pájaros con sus coros. Y la Conquista, claro.

¿La Conquista lo corre a usted de la poesía a la novela?

–Sí. Y le dedico una trilogía: “Ursúa”, “El país de la canela” y “La serpiente sin ojos”, novelas a las que llegué a través de una exploración rigurosa de la historia de la Conquista en Colombia.

–Cuando desde la literatura trepanó la historia en procura de ficcionar un capítulo de la Conquista, ¿surgió algún dato, alguna información, que le hiciera contener el aliento?

–Diríamos que me ratifiqué en la magnitud terminante, el absoluto excluyente de todo matiz que implicó el hecho conquistador, su cariz de aplastante para las sociedades indígenas que sometió. Suelo hablar del “corazón duro” de la Conquista. En “El país de la canela” rescato, desde la historia, el exterminio de 4.000 indígenas por parte de los conquistadores sólo por la sospecha de que les han mentido en cuanto a la existencia de canela en cercanías del Amazonas.

–Precisamente por la naturaleza contundente que tuvo, ¿cuesta inyectarle ficción a la Conquista?

–Yo hablo de detalles. Lo que le inyecto son detalles para que esa naturaleza sea “vivida” por el lector, que lo roce –por así definirlo– en su piel. Aliento su imaginación. Cuando reflexiono sobre esto suelo apelar a la palabra “hospedarlo”. Busco “hospedar” en un tiempo que fue, en el que nunca podremos “hospedarnos” plenamente pero podemos “hospedarnos” gracias a la literatura. Ése es mi aporte.

–¿Fuerza la historia? ¿No corre el riesgo de desnaturalizarla?

–No, no. Cada uno anda en lo suyo. Yo he dicho que mi esfuerzo está canalizado en ver lo no visto y contar lo no contado.

–¿Busca cerrar la historia?

–Tampoco. Digo, y siempre que abordo este tema lo machaco, que al historiador le está vedada la imaginación, apelar a ella. Puede conjeturar, especular, pero siempre debe remitirse al documento, a la prueba. Ahí está su límite a la hora del relato. Los escritores no tenemos esa atadura, aprovechamos lo que organiza y construye la historia y le situamos imaginación… no cerramos la historia, no le ponemos un sello, un lacre, no. Simplemente completamos el cuadro que nos ha legado el historiador. Ponemos cuatro conquistadores jugando a las cartas en la proa de un barco, ponemos caballos que relinchan, le ponemos tabaco y estornudo al conquistador, muchachas que suspiran; le ponemos detalles que hacen a la cotidianidad de la historia. Pero no traicionamos el relato de la historia. No se afecta la verdad que conlleva, la argumentación que lo sostiene… ¡nada de eso! Le colocamos datos, detalles que lo hacen más verosímil.

–¿Qué aceptación tiene este género en Colombia?

–Mucha, porque además desde distintos planos del poder siempre se escamoteó una lectura abierta de la historia colombiana. Se negó mucho de la naturaleza que tuvo la Conquista, el africanismo que nos signa, los valores de las culturas, testimonios existentes al momento de la Conquista; se negó en aras de una Colombia que se intentó definir nada más que desde su eurocentrismo.

–La Conquista la protagonizan hombres que son contemporáneos a una Europa bajo un proceso flamante: la salida del medioevo. ¿En qué podemos decir que marca esa salida al conquistador?

–En que a través de toda la fuerza que liberó el fin del medioevo se libera también el ansia de protagonizar, de salir del encierro en que se había vivido, de desafiar lo desconocido que late en un más allá sobre el cual sólo cabe la imaginación. Conquistador que llega a un espacio deslumbrante, exuberante, todo, todo.

–“Misterio y la leyenda”, lo define Galeano…

–Buena definición.

Siempre que se hace literatura sobre la Conquista “nos atrapa una realidad”, decía Carlos Fuentes: las cosas sin nombre con que se encontró el conquistador. Usted toca este tema. ¿Qué dimensión podemos imaginar que tuvo ese encontrarse con cosas nuevas y sin nombre?

–Bueno, me parece que una aproximación a una respuesta nos dice que la dimensión equivale a lo que se descubría: una fauna intensa, ruidos, serpientes inmensas, tormentas tropicales con cielos tajeados por fenómenos eléctricos, bosques inmensos de cedros tan altos que en la imaginación del conquistador arañaban el cielo… Y, claro, había que ponerles nombre a cosas ni siquiera soñadas y relatarlas en Europa, explicarlas. Yo creo que incluso todavía estamos descubriendo América Latina, lo cual implica aceptar que aún hoy hay carencia de nombres para muchas cosas. Es un tema apasionante.

–¿Por qué lo atrapa la figura del conquistador Miguel de Ursúa?

–Porque es un arquetipo del conquistador. Llega a estas tierras con 15 años, a los 17 es gobernador, funda pueblos… Él es el coraje, la aventura, lo bárbaro, lo despiadado; él resume el arquetipo del conquistador, como Aguirre, que lo asesina. Sí, sí, el “Aguirre, la ira de Dios”, la película de Werner Herzog.

–Volvamos a la Conquista consumada. ¿Qué es Borges para la literatura?

–¿Qué agregar sobre alguien que quizá sea el más importante escritor que haya dado nuestra lengua, de alguien que con naturalidad imposible de definir maneja y une las palabras con tanta naturalidad: “Zumban las balas en la tarde última…”?

–La tarde del “íntimo cuchillo en la garganta”…

–¿Qué más decir de él después del “Poema Conjetural”?

Carlos Torrengo

carlostorrengo@hotmail.com

Entrevista exclusiva con el colombiano William Ospina, poeta y escritor


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