La contraofensiva final

Redacción

Por Redacción

Mientras estuvo ausente por razones médicas la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, los preocupados por el futuro de la economía nacional se preguntaban si, al volver, optaría por resignarse al fracaso definitivo de su “modelo” o si procuraría “profundizarlo” con la esperanza de humillar a quienes se animaban a criticarlo. La tarde del lunes recibieron una respuesta. Hasta nuevo aviso, estará al mando de la maltrecha economía argentina el académico de formación marxista Axel Kicillof. Ya no tendrá cerca a Guillermo Moreno, un personaje especializado en intimidar a empresarios recalcitrantes y al que se atribuían ideas muy distintas de las del flamante ministro. Aun así, es de prever que con Kicillof y su equipo la inflación siga acelerándose, lo mismo que la pérdida de reservas del Banco Central, y que continúen boicoteándonos aquellos inversores que esperaban que el gobierno intentara mejorar el clima de negocios, para emplear un término que Kicillof desprecia casi tanto como “seguridad jurídica”. Si hubiera una novedad, consistiría en el desdoblamiento del mercado cambiario, o sea, una variedad de cepos que serían aplicados según criterios caprichosos. Cristina, pues, ha elegido redoblar la apuesta. En otras oportunidades, hacerlo le brindó resultados que, desde su propio punto de vista, fueron buenos, porque le permitió recuperar la popularidad que había perdido en los meses iniciales de su gestión debido a una recesión económica y al conflicto con el campo, pero tanto ha cambiado en los años últimos que es escasa la posibilidad de que la historia se repita. Al país ya no le queda margen alguno para una nueva aventura voluntarista del tipo que, a juzgar por los antecedentes de Kicillof, está por emprender el gobierno. Como es notorio, el ministro es partidario de más intervencionismo estatal y se cree plenamente capaz de planificar el futuro de la economía, pero sucede que la maraña de organismos que en nuestro país constituyen el Estado son tan extraordinariamente ineficientes que le faltarán los instrumentos necesarios para concretar sus propuestas. Para más señas, Kicillof nunca se ha destacado por su propia capacidad gerencial. Por el contrario, el aporte del funcionario y sus amigos de La Cámpora a la agonía de Aerolíneas Argentinas y a las desgracias de YPF, una empresa cuya expropiación impulsó, ha sido muy pero muy negativo. A menos que tengamos mucha suerte, al resto de la economía le aguarda un destino igualmente triste a aquel de las dos empresas nacionales más emblemáticas. No ayudará la propensión de Kicillof a formular expresiones provocativas a fin de escandalizar a los presuntamente ortodoxos. A diferencia de su antecesor Hernán Lorenzino, un hombre que nos regaló una sola frase célebre, “me quiero ir”, a Kicillof le encanta improvisar declaraciones que con toda seguridad serían festejadas en una asamblea estudiantil pero que suelen tener repercusiones desafortunadas en otros ambientes. No hay forma de estimar cuánto le ha costado al país su afirmación de que en su opinión la seguridad jurídica es un “concepto horrible”, de tal modo informando al mundo que en la Argentina impera la arbitrariedad, pero podría medirse en miles de millones de dólares. A menos que Kicillof logre controlar su locuacidad, no tardará en arreglárselas para asustar tanto a los inversores en potencia, los empresarios y, claro está, muchísimos ciudadanos, que la crisis resultante sería peor aún que la prevista por los más pesimistas. Mal que le pese a la presidenta Cristina, el país no está para experimentos fantasiosos. Según se dijo, Moreno llamaba “el soviético” a Kicillof. Tal vez exageraba, pero el que el integrante -hasta ayer- más influyente del “equipo económico” haya supuesto que el ministro responsable siente entusiasmo por un modelo tan disfuncional que al desplomarse llevó consigo el gigantesco imperio soviético, es de por sí motivo de inquietud. De ser el ministro de Economía partidario de un esquema teórico que aún no se había visto puesto a prueba entrañaría muchos riesgos en un país con tantos problemas graves como la Argentina, pero si, como muchos suponen, Kicillof siente nostalgia por uno que fracasó de manera catastrófica, los resultados de su gestión serían con toda seguridad desastrosos.


Mientras estuvo ausente por razones médicas la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, los preocupados por el futuro de la economía nacional se preguntaban si, al volver, optaría por resignarse al fracaso definitivo de su “modelo” o si procuraría “profundizarlo” con la esperanza de humillar a quienes se animaban a criticarlo. La tarde del lunes recibieron una respuesta. Hasta nuevo aviso, estará al mando de la maltrecha economía argentina el académico de formación marxista Axel Kicillof. Ya no tendrá cerca a Guillermo Moreno, un personaje especializado en intimidar a empresarios recalcitrantes y al que se atribuían ideas muy distintas de las del flamante ministro. Aun así, es de prever que con Kicillof y su equipo la inflación siga acelerándose, lo mismo que la pérdida de reservas del Banco Central, y que continúen boicoteándonos aquellos inversores que esperaban que el gobierno intentara mejorar el clima de negocios, para emplear un término que Kicillof desprecia casi tanto como “seguridad jurídica”. Si hubiera una novedad, consistiría en el desdoblamiento del mercado cambiario, o sea, una variedad de cepos que serían aplicados según criterios caprichosos. Cristina, pues, ha elegido redoblar la apuesta. En otras oportunidades, hacerlo le brindó resultados que, desde su propio punto de vista, fueron buenos, porque le permitió recuperar la popularidad que había perdido en los meses iniciales de su gestión debido a una recesión económica y al conflicto con el campo, pero tanto ha cambiado en los años últimos que es escasa la posibilidad de que la historia se repita. Al país ya no le queda margen alguno para una nueva aventura voluntarista del tipo que, a juzgar por los antecedentes de Kicillof, está por emprender el gobierno. Como es notorio, el ministro es partidario de más intervencionismo estatal y se cree plenamente capaz de planificar el futuro de la economía, pero sucede que la maraña de organismos que en nuestro país constituyen el Estado son tan extraordinariamente ineficientes que le faltarán los instrumentos necesarios para concretar sus propuestas. Para más señas, Kicillof nunca se ha destacado por su propia capacidad gerencial. Por el contrario, el aporte del funcionario y sus amigos de La Cámpora a la agonía de Aerolíneas Argentinas y a las desgracias de YPF, una empresa cuya expropiación impulsó, ha sido muy pero muy negativo. A menos que tengamos mucha suerte, al resto de la economía le aguarda un destino igualmente triste a aquel de las dos empresas nacionales más emblemáticas. No ayudará la propensión de Kicillof a formular expresiones provocativas a fin de escandalizar a los presuntamente ortodoxos. A diferencia de su antecesor Hernán Lorenzino, un hombre que nos regaló una sola frase célebre, “me quiero ir”, a Kicillof le encanta improvisar declaraciones que con toda seguridad serían festejadas en una asamblea estudiantil pero que suelen tener repercusiones desafortunadas en otros ambientes. No hay forma de estimar cuánto le ha costado al país su afirmación de que en su opinión la seguridad jurídica es un “concepto horrible”, de tal modo informando al mundo que en la Argentina impera la arbitrariedad, pero podría medirse en miles de millones de dólares. A menos que Kicillof logre controlar su locuacidad, no tardará en arreglárselas para asustar tanto a los inversores en potencia, los empresarios y, claro está, muchísimos ciudadanos, que la crisis resultante sería peor aún que la prevista por los más pesimistas. Mal que le pese a la presidenta Cristina, el país no está para experimentos fantasiosos. Según se dijo, Moreno llamaba “el soviético” a Kicillof. Tal vez exageraba, pero el que el integrante -hasta ayer- más influyente del “equipo económico” haya supuesto que el ministro responsable siente entusiasmo por un modelo tan disfuncional que al desplomarse llevó consigo el gigantesco imperio soviético, es de por sí motivo de inquietud. De ser el ministro de Economía partidario de un esquema teórico que aún no se había visto puesto a prueba entrañaría muchos riesgos en un país con tantos problemas graves como la Argentina, pero si, como muchos suponen, Kicillof siente nostalgia por uno que fracasó de manera catastrófica, los resultados de su gestión serían con toda seguridad desastrosos.

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